martes, 14 de agosto de 2012

Acordes finales, desolación y sospechas.

Por Raúl Rivero.

El Socialismo del siglo XXI, predestinado por sus fundadores a marcar la historia de América hasta el fin de los tiempos, ha entrado en una etapa de desconcierto, rupturas, búsquedas de veredas y dispersión. La ardorosa corriente política solo ha podido dejar su huella perturbadora en los primeros años de la centuria. Los expertos de la región comienzan a señalar en los almanaques sus últimos seis meses de soledad.

El bloque de países -Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Cuba- se llegó a ver en un momento como una fuerza que haría renacer la influencia del llamado campo socialista, otro proyecto de eternidad muerto del susto a la vera del muro de Berlín.

Venezuela era, en aquel espejismo, la copia de la Unión Soviética. Y el dinero del petróleo de los venezolanos, repartido por sacos en aviones privados, hizo que de un día para otro Chávez consiguiera sin mucho esfuerzo un grupo numeroso de aliados y pedigüeños. Al núcleo duro se sumó Argentina y llegaron a formar una hermandad, como comienza a verse ahora, regida por los afectos de una logia de cuñados.

Fue una gran fiesta del populismo y el nacionalismo barato, un carnaval antiimperialista y anticolonial en el que, como se dice por allá, si la mujer de un compañero del partido se iba con otro se organizaba una protesta frente a la embajada yanqui o se mandaba a tumbar una estatua de Colón.

La pachanga sigue, pero algunos músicos se niegan a tocar; el dueño del salón se llevó el piano, repartieron los postres y las luces se apagan y se encienden. Quedan algunos bailadores dando vueltas. Otros invitados no se quieren separar de la barra donde dan gratis los rones y el pasapalo.

Es cierto que la enfermedad de Chávez ha acelerado la clausura de la parranda. Y los presidentes de la piña radical se han desgastado a la hora de enfrentar sus conflictos internos con bravatas, nacionalizaciones, expulsiones, censuras, cargas policiales y golpes efectistas provisionales.

En los últimos acordes de la bachata los une la intolerancia, una ideología de micrófonos y la incapacidad congénita para llevar adelante el desarrollo económico y las libertades.

Los salvadores del continente buscan en estos tiempos su salvación individual. Miran con miedo la silla vacía en Caracas y con suspicacia a La Habana, su fuente de inspiración original. Los dirigentes cubanos botaron a patadas de la Isla a la Iglesia y a los ricos cuando aquello del socialismo real. Ahora van a misa temprano y al mediodía llegan puntuales a los almuerzos con los millonarios (o sus descendientes) que ya empezaron a regresar.
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