lunes, 20 de agosto de 2012

Las vacaciones de los jerarcas de La Habana.

Por Juan Juan Almeida.

Como cualquier lugar del mundo, Cuba tiene sus encantos. Y es suficiente razón para que, después de un curso escolar, al llegar las vacaciones, los nacionales intenten disfrutar de ello, si pueden.

La jet set nacionalista prefiere lo foráneo. Lugares paradisíacos, o glamorosos. No importa, la idea es despojarse, aunque sea por corto tiempo, del disfraz de la modestia y practicar el  consumismo, en toda la extensión de la palabra, sin miradas acusadoras.

Los mancebos de la cúpula revolucionaria eligen visitar Ibiza; y los menos jóvenes, Saint Tropez; los vetustos del poder son algo variable en cuanto a preferencias vacacionales. No es difícil entender que el lujo, y los deportes acuáticos, son  imanes perfectos que atraen miradas discretas de quienes gozan la abundancia.

La crème de la créme, el clan Castro Espín, ya no va a Varadero, les queda chiquito, y prefieren no alternar con la plebe. A los viajes de veraneo les llaman “viajes neo culturales”, suena más chic y nadie repara en ello. Una interesante opción que les permite descubrir de primera mano el pasado, la historia y las tradiciones de, por ejemplo, Mykonos; esa pintoresca isla griega que tanto visitan y "por ahora" pertenece al archipiélago Cícladas. Sí, por ahora; mañana no sabemos. Y cuando esta gente ilustrada viaja en busca de la historia; no escatima en gastos, Capri es uno de sus destinos favorito, allí estuvo Octavio Augusto; y un poco más tarde, Tiberio.

Para quienes no salen de Cuba, hospedarse en los hoteles antes estuvo prohibido; ahora es casi prohibitivo; así que un buen día en la playa se convierte en una opción, incluso cuando las ofertas de transporte y gastronomía continúan siendo pocas, malas y caras.

En las noches, La Habana brinda un panorama diferente. Siempre en moneda CUC. El Salón Rojo del  hotel Capri, se redescubre combinando el estilo clásico de cabaret con innovadoras propuestas que favorecen el contacto y la confidencia entre la oferta coctelera de ron con coca, o cocaína. 

La conocida Casa de la música de Galiano es un lugar espectacular que cuenta con un salón con tres grandes bares en la planta baja; y otro pequeño, en la planta alta. De ubicación inmejorable, y acertada programación. Lo lamentable, y a nadie preocupa,  son las pésimas condiciones en la estructura constructiva de ese local, joya del Art Deco. Lo que fuera el Cine Jigüe, y antes el Teatro Cuba, está en peligro de derrumbe. Poco les importa, cerca hay una funeraria, por si acaso, y además no es circuito de los delfines de la revolución.

En Miramar, zona exclusiva, está Don Cangrejo, una antigua casa familiar luego transformada en un mal restaurant, ahora convertido en sala de fiesta; entrar cuesta cinco pesos convertibles, y está muy de moda entre los jóvenes, de parentela con buen poder adquisitivo, deseosos de divertirse y especular.

Para la gran mayoría de los cubanos, las vacaciones son un tremendo dolor de cabeza, tanto como una pesadilla, las opciones son limitadas; sentarse en los parques, jugar dominó, ir al cine, con mucha suerte un campismo, pasear por el malecón, rezar porque termine el verano y, ver la televisión. Digo, siempre que no haya apagón.
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