martes, 14 de agosto de 2012

El problema del cubano no es el problema cubano.

Por Zoé Valdés.

Pareciera un trabalenguas, pero no lo es, es mucho más complejo que un simple trabalenguas que de tanto repetirlo podríamos deletrearlo a la perfección: El problema del cubano no es el problema cubano. Y es que el problema de cada cubano no es el problema de todos los cubanos. Cada cual ve a través de su asunto, desde su lente privado, lo que debería ser un asunto de todos: la libertad de Cuba.

De tal modo, acabo como quien dice -es una conversación que ha seguido a otras- de hablar con un amigo, que me cuenta que en Cuba las cosas han mejorado, que ya no es como antes, porque "fíjate", insiste, "que ya algunos exiliados antes prohibidos han podido viajar. Mira, yo mismo, me han publicado allá, con un texto mío dedicado al pueblo cubano que sufre".

Le pregunté si no había advertido que en su dedicatoria él había dejado espacio libre para la doble lectura, que por ejemplo "el pueblo cubano que sufre" para los oficialistas que dirigen la cultura y para los Castro, podría querer decir, "para el pueblo cubano que sufre el embargo norteamericano", y que en la ambigüedad de su frase cabía la coletilla que los castristas quisieran endosarle. Por supuesto que se molestó y añadió que yo exageraba.

Pero lo grave no está en la ambigüedad de la frase que se presta para cualquier adhesión originaria de sufrimiento. Lo grave es que este amigo que como podrán suponer dejó de serlo de inmediato, al preguntarle yo si no creía que veía las cosas de modo muy personal, porque todavía existían escritores prohibidos en Cuba, y que mientras a él le daban un espacio, otros escritores todavía no podían dar sus opiniones reales en contra del castrismo. "¿Hablas de ti? Mira, estoy seguro que si aflojas tu discurso, que si los dejas un poco tranquilos, y te callaras por un tiempo, ellos te perdonarían y te publicarían, y hasta te permitirían regresar." Ahí me voltee y me juré que nunca más lo volvería a ver, ni a hablar.

Así que su dedicatoria en el libro publicado en Cuba no era una ambigüedad escrita sin querer de su parte, no, sino que todo lo contrario, formaba parte de un plan, de su plan personal, que no respondía más que a su egotismo, a su egoísmo y egocentrismo. Él, publicado en Cuba, era lo único que le importaba.

Este ex amigo lleva muchos años exiliado, tantos que había comenzado a extrañar lo que según él sus padres no le habían permitido vivir porque se lo llevaron demasiado temprano, o sea, lo que no conocía más que de trasmano, a través de mis novelas: la lata de leche condensada rusa, la carne rusa, las escuelas al campo, las matazones en las colas, el hueco en el blúmer, los zapatos plásticos (los catarritos), las redadas policiales en el Vedado, las palizas y robos en La Habana Vieja, los solares, los albergues, los abusos de los militares con las mujeres y con las jóvenes, secuestros, violaciones, abortos obligados, el betún de zapato en las pestañas, las uñas pintadas con plástico derretido, los ajustadores y las íntimas ortopédicas con derecho a comprarlos una vez al año, la libreta de racionamiento, la cerrazón en la isla, mi padre preso, mi madre enferma de los nervios, alcohólica, el miedo a hablar demasiado, el miedo… Todo eso ese ex amigo había empezado a envidiarlo, como material para su trabajo, de una vida que no vivió, porque sus padres tuvieron el buen tino de salvarlo de semejante horror.

"¿No te das cuenta de que el embargo ha hecho mucho daño?"  Ya me había recalcado en una conversación anterior, sin notar siquiera el horrendo daño que la dictadura nos hizo, los presos políticos, la censura, la prohibición, el terror; el hecho de que un cantante de música protesta tenga a mal confesarse que hace música protesta, y hasta se vea obligado a esconderlo, y a promocionarse como lo que no es, para que no duden de sus buenas intenciones, que no son otras que las de venderse, saber venderse bien, al mejor postor, que siempre será el régimen, el único que apuesta por su mediocridad humana. Del escritor que hace malabares para que no le cojan la falta en una palabra salida de tono. La bailarina que debe ser más combativa que clásica. Los niños ultrajados por el adoctrinamiento. Y así, indefinidamente… "Oh –hizo una especie de trompetilla con la boca- ya se han acostumbrado, ¡ni se dan cuenta!".

Ese ex amigo no ignora la cantidad de padecimientos personales que yo le he contado, vividos bajo la dictadura; sin embargo, no los oía más que para envidiarlos. Mi padecimiento no hizo mella en él como experiencia horrenda, sino como aventura que él debió de haber vivido, y que no pudo, porque sus padres lo salvaron. No solamente es un egoísta, es un malagradecido, me dije mientras rememoraba nuestras conversaciones. No agradece a sus padres que lo sacaran del aquel horror, además no ha valorado mis confidencias, mi experiencia.

Hoy cumplo 53 años, nunca he escondido mi edad, pero sí debo confesar que siento una vergüenza enorme de lo que no hice dentro de Cuba, de lo que sabía que ya no podía hacer, porque no era posible, y así y todo creo que hice mucho más que otros que no hicieron absolutamente nada. Nunca he visto a mi país libre, en democracia, viviendo de manera normal, como ha dicho Paquito d’Rivera: "Los cubanos se merecen vivir de manera normal." Nunca me han dado nada, nada; todo lo que me he ganado lo he ganado con mi trabajo, lo mismo dentro que fuera de Cuba. Si no hubiera habido un trabajo detrás, un esfuerzo, no hubiera habido nada más, ni trofeos ni distinciones, ni nada. Pero sobre todo, si no hubiera habido un hondo sufrimiento, padecido muchas veces en silencio, bajo humillaciones y maltratos insoportables, no sería la que soy. Una más entre un montón de cubanos que han padecido lo mismo o peor.

Fue muy doloroso renunciar a la amistad de alguien querido, comprobar que su obra es falsa, que su persona no lo es menos, que ahora solo vive para que lo acepten los mediocres de la UNEAC, los arrastrados de Casa de las Américas, quienes para otorgar un premio de poesía tienen que verificar políticamente a los poetas a través del CDR (Comité de Defensa de la Revolución), o embarcarlos y venderlos de manera onerosa, y así de suite… Todo eso a cambio de ser publicado en una edición baratucha, de la que no hablará nadie, y la que leerán cuatro pelagatos, porque además la venden en dólares o en CUC. Es probable que si sigue como va, hasta se ganará la militancia comunista, le darán cualquiera de esos machetes mohosos que tienen esquinados en el ‘placer’ del olvido donde juegan al taco los harapientos niños de un barrio miserable, niños muy parecidos a mí, a lo que me obligaron a ser, sin elección ninguna.

Habrá ganado cualquier cosa, pero perdió a sus padres, y cada día pierde más amigos verdaderos, para creerse el cuento de aquellos funcionarios que –como me contó él mismo- "no paran de jinetearme cada vez que voy". Ha ido ya en tres ocasiones, con una fe casi católica, si no fuera homosexual me creería lo que me confesó, hablando bajito, y es que se le ha pegado hasta esa mala costumbre que adquirimos los que hemos vivido bajo regímenes totalitarios, que 18 años después todavía hablamos bajito cuando vamos a referirnos al régimen, en cualquier lugar donde estemos: "Yo creo que la iglesia en Cuba está haciéndolo muy bien. Yo apuesto por la gestión de la iglesia". Fría no, congelada me quedé ante la ceguera de ese ex amigo.

Esa ceguera, claro está, no es tal, es el resultado de otra gestión: la del ombliguismo; ya él había resuelto su problema: Empezó publicando en una de las revistillas creadas para confundir, luego lo envolvieron poniéndole a una loquita catolicona al lado que nada más hablaba del perdón y de la reconciliación entre cubanos, y de que ya en Cuba no se perseguía como antes. La loquita catolicona se reveló como una tremenda pinguera de a tres por quilo, que pese a que lo dejó medio desplumado se lo llevó finalmente… Y aunque no esté del todo del otro lado, porque no es bobo y sabe que no es lo mismo vivir en La Habana de hoy que en Estados Unidos, con todos los problemas que tenga Estados Unidos, ya le han inoculado el venenito en la sangre. No se lo inoculó ningún militar, ni ningún agente secreto, qué va. Sólo le bastó conversar en distintas oportunidades con uno de esos payasos que el castrismo envía en misión de intercambio cultural y echarse al pico a la pinguera catolicona que al segundo día de conocerlo le preguntó si sus padres eran tan ricos como se comentaba en La Habana.

Lo que no sabe él es que al payasón intelectual de marras lo conoce una cuarta persona que otros frecuentan en La Habana, y que me cuentan que allá no paran de burlarse de él y de gente como él, de los que van a Cuba con la nostalgia del horror, cuando en verdad son éstos, los protagonistas del horror los que se mueren por cambiar sus vidas por la suya, por la de los exiliados históricos, los Pedro Panes, por las de los exiliados que "se enriquecieron y no tuvieron que meterse lo que nos metimos nosotros".

Así es, ese es el problema de Cuba, cada cual piensa con el ego, de manera individualista, egoísta, y cada cual piensa que está haciendo una gran obra de caridad que lo exonerará de la culpa de no haber tenido que aguantar lo que otros aguantamos por ellos; ya que ellos se fueron  porque sus padres podían. Se largaron y nos dejaron el gran fardo a los que no pudimos hacerlo a tiempo. Sin embargo, nunca le envidié nada, mucho menos ahora.
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