viernes, 24 de agosto de 2012

Las remesas y los silencios de sus beneficiarios en la isla.

Por Iván García.

Pedir dinero a los parientes que viven en Estados Unidos es una constante en Cuba. Ya sea mediante una de las carísimas llamadas internacionales desde la isla a cobro revertido, un e-mail, o una extensa carta donde después de describir un rosario de penurias, al final de la misiva se le pide plata al familiar o amigo.

Y por lo que dicen las cifras, el pedido no cae en saco roto. Algo más de 2 mil millones dólares en 2011, según el economista cubano Emilio Morales.

Desde el 2000 a la fecha, el ingreso de remesas a Cuba casi se ha triplicado. No solo es una buena noticia para los parientes pobres de la isla. También para el gobierno. En pos de captar moneda dura, el régimen de La Habana explota todas las variantes. Desde un “impuesto revolucionario” al dólar de un 13%, abrir nuevas tiendas, kioscos y cafeterías en divisas, hasta ofertar paquetes turísticos en hoteles de 4 y 5 estrellas a los cubanos de la isla.

Por supuesto, el 70% de los miles de turistas criollos que pueden caminar por  las finas arenas de la playa de Varadero y tomar mojito dentro de un jacuzzi, es gracias al billete girado desde otros países.

Ni siquiera la crisis bestial que afecta a media Europa y la demora en arrancar a plenitud de la economía en Estados Unidos, han impedido que el chorro de dinero hacia Cuba crezca por año.

Un economista consultado cree que, de seguir cancaneado la economía local y las típicas insuficiencias estructurales del sistema castrista, para 2020 las cifras de las remesas pudiesen superar las exportaciones cubanas, que en 2010 fueron  de 3 mil 311 millones de dólares si damos crédito a Index Mundi.

A esto súmele que en 2011, más de 400 mil cubanoamericanos visitaron su patria. Se calcula que en 2014, ese número pudiera duplicarse y superar el de los 900 mil turistas que anualmente viajan a Cuba.

Desde hace años, en una carrera para atrapar la mayor cantidad de dólares, el gobierno de los Castro ha creado un entramado para recaudar divisas, dentro y fuera de la isla. En Miami, por su parte, florecen agencias que hacen una pasta con abusivas tarifas telefónicas y el envío de dinero o paquetes a través de ‘mulas’.

Los exiliados cubanos en Estados Unidos siempre se han burlado del embargo. No han sido eficaces las medidas restrictivas para impedir al régimen ingresar moneda dura a apuntalar aún más su autocracia de 53 años. Los compatriotas residentes en la Florida se las agenciaban y viajaban por un tercer país o giraban los 300 dólares autorizados por el gobierno de George W. Bush.

Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca en 2008, firmó un decreto que permitía a los cubanos enviar hasta 10 mil dólares y visitar su país cuantas veces lo desearan. Es cierto: esos dos mil millones de dólares por concepto de remesas le sirven a los Castro para afincarse en el poder. También parte de esas divisas se utilizan en reprimir, asediar y vigilar a los opositores pacíficos.

Al no haber transparencia, el régimen se abroga el derecho de no informar en qué se gasta el dinero enviado por cubanos residentes en el exterior. Pero también gracias a esas divisas frescas, muchas familias en Cuba han abierto pequeños negocios. ‘Paladares’ (restaurantes privados) en algunos casos; alquiler de habitaciones en sus casas o han comprado un coche para usarlo como taxi.

Según una estadística oficial, más del 40% de la población recibe remesas. Y aunque no hay cifras al respecto, quienes reciben dólares viven mejor que aquellos que trabajan 8 horas y devengan un salario de 500 pesos (20 dólares).

Pero los emigrados no solo giran dinero. Probablemente el monto por el número  de ordenadores, televisores de plasma, celulares de última generación, medicamentos, ropa, calzado, alimentos, artículos aseo y juguetes, entre otros, se mueva entre los 5 y 6 mil millones de dólares anuales.

En una nación donde los bienes básicos de consumo, en divisas, cuestan tan caros como en París o Nueva York, las personas que reciben 200 o 300 dólares mensuales son privilegiadas.

La magra canasta mensual -7 libras de arroz, 3 libras de azúcar blanca, 2 libras de azúcar prieta y 20 onzas de frijoles- no cubre la dieta para treinta días. El resto de los alimentos hay que adquirirlos a precios no subsidiados o en pesos convertibles (cuc), donde le roban el 90% de sus ingresos a un trabajador.

Cuba está repleta de problemas, pero el mayor de todos es la comida. Vestirse y calzarse también cuesta lo suyo. Si se saben administrar, los dólares o euros enviados por las familias permiten una de estas posibilidades: reparar la vivienda; vacacionar en un centro turístico; bailar en una discoteca que cobra 10 cuc por usuario o sentarse en el muro del malecón a beber una lata de cerveza.

“Lujos” que sí se pueden dar los altos cargos del partido, el gobierno y los militares; gerentes de firmas extranjeras así como los funcionarios y empleados de turismo, debido a las propinas, comisiones por debajo de la mesa de empresarios foráneos y lo hurtado en sus puestos de trabajo.

Aunque a ese más de 40% de cubanos, recibir dólares o euros les otorga una cierta independencia económica (no tienen que recurrir a la asistencia social o a los escasos subsidios estatales), esa situación privilegiada no se revierte en una actitud contestataria hacia al gobierno, bien afiliándose a grupos disidentes o en una asamblea del poder popular, a mano alzada pedir los urgentes cambios políticos que Cuba necesita.

El miedo siempre anda agazapado en un rincón. Y a pesar de que casi todos de los que reciben remesas están hartos de un gobierno ineficaz, del burocratismo y la corrupción, prefieren mantenerse indiferentes y callados.

Las aspiraciones futuras de un amplio sector de las personas que en Cuba viven mejor gracias a los dólares entregados por las “mulas” o girados por la Western Union, o por los euros enviados a través de cuentas bancarias, es reencontrarse con su familia en Estados Unidos o Europa.

Mientras, escapan de las carencias viendo los canales de la Florida por la ‘antena’ (conexión satelital, ilegal), siguiendo los culebrones brasileños por la televisión nacional, tomando vodka con jugo de naranja y jugando dominó con los socios del barrio. Por higiene mental, no leen la prensa oficial.

Hasta que se acaban los ‘fulas’. Entonces llaman o envian un email a los parientes en Hialeah. “Por favor, enviénme cien dólares”. Pero siguen manteniendo silencio ante los desmanes gubernamentales.

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