jueves, 13 de diciembre de 2018

Francia, paisaje de la caída.

Por Zoé Valdés.

Los últimos acontecimientos en Francia tras las acciones o Actos 1, 2, 3 y 4 de los Gilets Jaunes (Chalecos Amarillos) constituyen, a mi juicio, el toque definitivo de alarma, de que la democracia europea, tal como se ha visto hasta ahora, acorralada más que asegurada, entre los partidos políticos tradicionales y sus intereses, está yéndose hacia derroteros inimaginables, ¿esperanzadores, o por el contrario, peligrosos? En la esperanza, más que en la razón y el pensamiento, estaría probablemente la amenaza. Pero, el pensamiento y la razón escasean, vivimos en la era de la ilusión tecnológica, y esperar confiados ya no es lo que antaño fue.

Además, cuarenta años de olvido por los sucesivos gobiernos franceses de una masa confusa, y también confundida, entre el inmovilismo y los regímenes de amparo o asistencia, no sólo han endeudado a Francia, además han paralizado al país y lo han empobrecido en sus acciones hacia un mejoramiento económico. Situar indeteniblemente lo social por encima de lo económico, como un avance y no como lo que es, una barrera, ética, cierto, pero barrera al fin, no ha servido más que para encender el ardor, la ira, la llama del descontento y de la violencia.

El movimiento de los Casacas Amarillas es eso: un pueblo olvidado y encolerizado. Gente proveniente de todas las tendencias políticas, mayormente de la ultraderecha y la ultraizquierda (ahí está el riesgo mayor), pero también de la derecha y la izquierda, de centro, y otros sin ninguna afiliación política. El único propósito es el de mejorar sus vidas, que suban los salarios, que bajen los impuestos, que se les tenga en cuenta a la hora de emprender. Cualquiera diría que son aspiraciones capitalistas apuntaladas con majaderías socialistas. Este es un país en el que el hecho de desear emprender un negocio y ponerlo en práctica se convierte automáticamente -debido al sistema burocrático creado y nutrido por la socialdemocracia, y continuado por los centristas liberales- en una horrenda pesadilla.

La insoportable lentitud hacia el desarrollo es la razón por la que los jóvenes -desesperanzados- huyen, se exilian económicamente, tal como hicieron los ricos tras ganar el socialista François Hollande, pero por otras razones, no para burlar y birlar impuestos, sino para encontrar un lugar apropiado donde sus sueños y sus aspiraciones puedan realizarse y no sigan siendo como han sido, durante décadas, proyectos inconclusos o impracticables, desahuciados antes de nacer debido al alto nivel de desencanto.

Sí. La sociedad francesa es una sociedad desencantada y en vías de una decadencia que no sé si tenga marcha atrás, cierto, porque ha sido descuidada por sus líderes. Esos líderes salen todos de una misma escuela, la ENA (Escuela Nacional de Administración), donde reciben formación dirigida a administrar sin imaginación desde cualquier partido o ángulo, y también, muy creídos de que siendo enarcas, sin mover demasiado lo instaurado, y ya caduco, sin cuquear demasiado al monstruo que sus antecesores crearon, triunfarán en sus ambiciones individuales.

Emmanuel Macron, surgido de esa escuela, toma al inicio una vía algo distinta, se convierte muy pronto en inspector de finanzas, también más que rápido en banquero de los Rotschild and Cie, deviene gerente asociado; aunque, era de esperarse, sin apartarse demasiado del redil socialista, ya sea desde el Movimiento De Ciudadanos, fundado por Jean-Pierre Chevènement, o directamente desde el Partido Socialista, gracias al cual es nombrado secretario general adjunto del gabinete de gobierno del presidente socialista François Hollande, y en el 2014 es nombrado meteóricamente ministro de Economía, de la Industria y del Numérico.

Como por azar, en el 2016 dimitió de su puesto, fundó su propio movimiento político En Marche!, con la intención de acometer lo que todos sabíamos que ninguno de los dos partidos tradicionales, en franca derrota, el Partido Socialista y los Republicanos, conseguirían, enfrentar a Marine Le Pen en las presidenciales. El resultado es bien conocido, Emmanuel Macron triunfó cómodamente frente a Marine Le Pen, ventajas del inmovilismo y del anti-ultraderechismo oblige. Con 39 años fue entonces el más joven presidente francés y el más joven del G20 (lo que ha variado tras las últimas elecciones en Austria). O sea, otro presidente para asegurar el anclaje financiero.

También otro presidente cuya distancia entre él y el pueblo, al que argumentó dramáticamente que ama en su última alocución televisiva, y por el que está en su función de presidente según él, es más que abismal, es inmedible. En sus declaraciones resulta notable que Macron y su gobierno ignoran la situación real de la gente de a pie, que no tienen cómo pagar un alquiler, no ya en París, en las afueras de la ciudad, en los suburbios, y mucho menos pueden terminar dignamente el mes. Lo típico de aquella frase tan enervante pronunciada por la reina Marie-Antoinette y que desató la Revolución Francesa: “¡Si no tienen pan que coman brioche!”. Frase ingeniosa donde las haya, y tal vez hasta tierna de su parte, pero resultado y prueba de, al final, cuán alejada del pueblo se encontraba la monarquía. Pues bien. Igual de alejada se halla la clase política francesa, y no de ahora, desde hace cuarenta o más años, como afirmé al inicio.

La reciente alocución televisiva del presidente francés tras los cuatro Actos de excesiva violencia, más que de protesta pacífica, pues de pacífica no ha tenido nada, entre manifestantes, intrusos, y policía y gendarmería no puede caer más inoportuna. No sólo Macron tardó en aparecer y enfrentarse, para colmo sus palabras no colman, no satisfacen las expectativas y demandas que se fueron sumando y acrecentando no ya durante tantos años, sino durante las últimas semanas, en las que el máximo exponente de la nación hizo mutis por el fórum, interponiendo, de parapeto y escudo, entre él y el pueblo, a un primer ministro, Édouard Philippe, quien por mucho que pretenda tranquilizar y razonar, se halla también con las manos maniatadas, frente a lo inepto, y de cara a su propia posición de hombre de la derecha inmerso en medio del guirigay de los extremos y de los liberales y socialdemócratas.

¿Qué sucederá a partir de ahora? Las limosnas lanzadas por el arrogante presidente, incluso después de haber perdido disculpas por su inoperante y recurrente altanería del pasado, no han servido como sea para exaltar todavía más a los Chalecos Amarillos, y sobre todo para que un personaje tan siniestro como el comunista y populista Jean-Luc Mélenchon, del partido Francia Insumisa, empiece a apropiarse de la causa popular y a dirigir, y no tan veladamente como antes lo intentó, las acciones de los manifestantes.

Sabido es que el fracaso de Emmanuel Macron traerá como consecuencia que Francia se parapete entre los extremos, y el mayor peligro de esos extremos en mi opinión sería refugiarse bajo la opción del oportunista Mélenchon, al que sin duda alguna los votantes franceses preferirían enfrente de una Marine Le Pen, que para muchos simbolizará siempre el fascismo insuflado por su padre Jean-Marie Le Pen.  Dentro de este “paisaje de la caída”, del derrumbe de la democracia as usual, resulta obvio que no ha sido Emmanuel Macron el único culpable, sus antecesores llevan mucho más de responsabilidad que él.

Mientras le daba vueltas a este artículo pensé -gracias a una llamada de Miriam Gómez, viuda del escritor Guillermo Cabrera Infante- en el cuadro La caída de Ícaro de Pieter Brueghel el Viejo, en el Museo de Bellas Artes de Bélgica, tan hermosamente descrito en el poema de W. H. Auden, titulado Museo de Bellas Artes’ cuyo fragmento reproduzco: “… Por ejemplo, en el Ícaro de Brueghel:/ Con qué serenidad / Todo parece lejos del desastre. / El labrador oyó seguramente / El rumor de las aguas y el grito inconsolable. / Pero el fracaso no lo conmovió: / Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco / Al hundirse en las aguas verdes. / Y la elegante y delicada nave / Debió haber visto lo inaudito: / La caída de un niño que volaba. / Pero el barco tenía un destino / Y siguió navegando en calma.”

Así vamos, “navegando en calma” como en el poema, o, absortos, ajenos a la caída, como el labrador que continúa impávido arando la tierra mientras Ícaro se hunde en el mar, en el maravilloso cuadro de Brueghel el Viejo.
Share:

0 comments:

Publicar un comentario