viernes, 7 de diciembre de 2018

Marielitos, malditos.

Por Enrique Del Risco.

La impresión predominante que existe sobre la generación del Mariel es, me temo, falsa: un conjunto de tópicos erróneos y ni siquiera consistentes entre sí. Un resumen de esos sería:

Que la generación del Mariel es Reinaldo Arenas. El resto es puro relleno.

Que la generación del Mariel es (solo) una revista.

Que la generación del Mariel fue una generación surgida en el exilio.

Que la generación del Mariel es una alternativa a la literatura “revolucionaria”.

Que la generación del Mariel está compuesta exclusivamente por escritores que escaparon de Cuba a través de éxodo del Mariel.

Que la generación del Mariel fue una generación desfasada con respecto a sus contrapartes latinoamericanas.

Que la generación del Mariel solo puede ofrecer interés histórico, arqueológico, nunca literario.

Que la generación del Mariel es panfletaria.

Que la generación del Mariel está muerta.

Trataré de rebatir estas falacias. Empezaría por la primera -la de que la generación del Mariel es Reinaldo Arenas-, pero de eso se encargó el propio Arenas. Y lo desmintió no con palabras sino con hechos: creó la revista Mariel e incluyó en ella a escritores que consideraba como a pares literarios. Hasta sus amigos más cercanos habrán de reconocer que Arenas no era una hermanita de la Caridad. Que la generosidad literaria no era su fuerte. Y si dedicó una cuota importante de su tiempo y esfuerzo a publicar la revista, así como a prologar libros de sus compañeros de generación, era porque pensaba que las voces de estos merecían ser escuchadas tanto como la suya.

Pese a lo dicho, no es cierto que la generación del Mariel fuera (solo) una revista. Ahí están los ensayos y libros producidos por estos escritores, antes y después del surgimiento de Mariel, para desmentirlo. Quien siga con algún cuidado la biografía y la producción de los miembros de este grupo concluirá que los ocho números de la revista Mariel son apenas la punta del iceberg de un fenómeno literario mucho más denso y complejo. Lo que nos obliga a enfrentar la asunción de que Mariel es un producto íntegro del exilio y que se forjó a partir del éxodo que le dio nombre. Lo cierto es que esta generación empezó a tomar forma mucho antes, entre esos grupos de jóvenes escritores, casi todos inéditos, marginados y excluidos de la cultura oficial, cuyo denominador común eran un ansia creativa a prueba de bombas y la presencia, como ángel tutelar, del propio Reinaldo Arenas.

Mariel no se puede entender sin las tertulias del Parque Lenin donde se reunían Arenas, los hermanos Abreu, Luis de la Paz, o sin las que se celebraban en casa de la artista Clara Morera u otros sitios menos conocidos. Mariel no se entiende sin la rabia por largo tiempo contenida que estallaría a raíz del éxodo de 1980.

También creo, y ya esto es más debatible, que quien vea a la literatura de Mariel como alternativa a la Novela de la Revolución Cubana está igualmente equivocado. Les recuerdo que a los críticos siempre les ha parecido un contrasentido que la Revolución Cubana, musa inspiradora del boom literario latinoamericano, no engendrara una literatura equivalente a su enorme impacto continental. Pero a esos críticos no se les ocurrió solución mejor a ese enigma que convertir a escritores mediocres (o envilecidos por el compromiso político) en los creadores de la llamada Novela de la Revolución. La realidad es que la Novela de la Revolución existe, pero fue la que produjo Reinaldo Arenas con su pentagonía o José Abreu con su monumental pentalogía, El olvido y la calma, o Carlos Victoria con La travesía secreta, o Roberto Valero con Este viento de Cuaresma o Miguel Correa con Al norte del infierno.

Nada más revolucionario que la literatura de los marielitos en el sentido más esencial del término, más radical, más rebelde. Porque Mariel más que un grupo de escritores con una estética o historia común, es una actitud. La generación del Mariel es un desafío a las convenciones literarias (y de cualquier otro tipo) por parte de escritores que nunca se detuvieron a considerar qué era lo que estaba de moda entre el público, o en las editoriales, o en las cátedras universitarias. Les bastó con decir lo que se sentían obligados a decir, justo en el modo en que querían decirlo. Aunque por ello sufrieran persecución en Cuba o indiferencia en el exilio. En ese sentido, los escritores de Mariel son nuestros últimos románticos y quizás, descontando un par de excepciones a lo largo de la Historia, los únicos que hemos tenido los cubanos. Son parte de una generación maldita tanto por las circunstancias que les tocó vivir como por el desafío permanente con que las enfrentaron.

Pedirles a los marielitos que escribieran como sus contrapartes latinoamericanas del boom y el postboom, que vieran la realidad como si creyeran que la vida está en otra parte, allí donde las fábricas pertenecen a los obreros y el gobierno y el pueblo son uno y lo mismo, sería pedirles que cometieran la peor de las traiciones: una traición contra su propia experiencia, contra su propia vida.

El panfleto, ese discurso prestado, fue algo que los de Mariel nunca estuvieron dispuestos a repetir. La misma condición indómita y febril de estos escritores hace imposible que los leamos hoy con condescendencia. Eso explica que su rabia no se apagara con su salida al exilio, y que se negaran a aceptar este, a falta de algo mejor, como el paraíso en la tierra.

De todas las preconcepciones que mencioné al principio, la única que acierta a medias es la que cree que es una generación muerta. Acierta al menos en cinco de los once autores que presentamos hoy, muertos a edades tempranas, tres de ellos por mano propia. Pero el resto sigue vivísimo, escribiendo y publicando una obra que se extiende hasta el presente y, en el caso de las distopías de Juan Abreu, hacia el futuro.

Los once títulos que incluye la Colección Mariel de la editorial Hypermedia, si bien ocupan un pequeño porcentaje de la obra narrativa de Mariel (recordemos que Mariel también dio magníficos poetas) pueden darnos una idea de lo profunda y al mismo tiempo amplia que es esta generación literaria. De su variedad y de la definida personalidad de cada uno de sus autores.

Ahí está el caso de La loma del Ángel, de Arenas, reescritura libérrima de los temas principales de la gran novela cubana del siglo XIX, Cecilia Valdés, un libro que es, junto a El color del verano, el más divertido del autor.

Para hablar del período revolucionario está La travesía secreta, espléndida novela de Carlos Victoria que concluye en los catárticos carnavales que se celebraron tras el fracaso de la zafra de 1970.

A los años setenta, coronados sorpresivamente con el éxodo del Mariel, le corresponde la trama tanto de la novela Este viento de Cuaresma, de Roberto Valero, como los relatos que componen ese libro inclasificable y divertidísimo que es Al norte del infierno, de Miguel Correa.

Una coda al éxodo del Mariel desde la isla es descrita por José Abreu en Dile adiós a la Virgen, novela con la que concluye su ambiciosa saga de El olvido y la calma. Allí cuenta cómo, al impedírsele que acompañe a su familia en el éxodo, el protagonista pasa tres años más de vigilancia y acoso en la isla. Un libro que es, al mismo tiempo, novela picaresca y la mayor épica bisexual de que tenga noticia.

Las magníficas colecciones de relatos Del lado de la memoria, de Luis de la Paz, e Impresiones en el viento, de Rolando Morelli, que ven la luz por primera vez, se ocupan de ambas orillas de lo cubano en tonos muy distintos, pero igual de fascinantes.

A la experiencia del exilio miamés se dedican el ya clásico Boarding Home, de Guillermo Rosales, la novela Miami en brumas, de Nicolás Abreu Felippe, y la gran exclusiva de esta colección: Curso para estafar y otras historias, de Eddy Campa, un libro póstumo que se ha mantenido inédito a lo largo de casi tres décadas y que está a la altura, en sensibilidad y capacidad de observación del alma humana, del Boarding Home de Rosales.

En un futuro no por lejano menos familiar, más familiar que cuando fue escrita hace veinte años, se encuentra la trilogía El gen de Dios, de Juan Abreu, que ve por primera vez la luz como proyecto acabado. Es esta una saga distópica que nos presenta a la humanidad entregada a los narcóticos más efectivos y populares de estos tiempos: el consumo y el ansia por ser entretenidos y a los que se opone la tenaz resistencia de los rebeldes de siempre.

Y ahí queda esta generación, la más compacta y entregada de las últimas seis décadas, la más atrevida y desafiante. Una generación que inició su obra sólida y magnífica en las peores condiciones que haya sufrido nunca cualquier conjunto de escritores cubanos.
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