martes, 18 de diciembre de 2018

Sesenta años de contrarrevolución castrista.

Por Pedro Campos.

Hace 60 años, subido en la cresta de la ola antibatistiana, el castrismo llegó a controlar plenamente el poder político en Cuba, tomando como banderas la democracia y la justicia social.

Las ambiciones hegemónicas lo llevaron a apartar a todos los aliados usados contra la anterior dictadura, a desechar la democracia y a descalificar y condenar toda oposición y diferencia, provocando un enfrentamiento social que retomó la violencia como vía de solución.

Para dejar a la oposición sin sustento, el castrismo expropio a grandes, medianos y pequeños propietarios, realizó una supuesta reforma agraria que puso en manos del Estado más del 80 % de la tierra cultivable y se apropió también de todos los negocios asociados, cooperativos e individuales.

En lo político suprimió las libertades de expresión, asociación y elección, subordinó al ejecutivo los poderes legislativo y judicial y estableció una dictadura que llega hasta nuestros días.

En nombre de un socialismo que nunca existió confiscó y devaluó los salarios de sus obreros, para resolver las necesidades de subsistencia de su burocracia y centralizó y monopolizó el comercio interno y externo para controlar todas las ganancias, empobreciendo miserablemente al pueblo, sin más recursos que las dadivas del estado populista que engañosamente organizó la distribución igualitaria de alimentos, ropas y calzado, por cuotas fijas, al tiempo que estableció un sistema de salud y educación “gratuito” que le permitiera explotar a toda la población y orientar la economía hacia el mercado externo, con el interno triturado.

De esa manera, el castrismo convirtió en realidad “La Futura Esclavitud” a la cual se refirió José Martí, tan tempranamente como 1884. Allí había expuesto el Apóstol:

“Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que, a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo… El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”.

Esa estatalización de la economía y la concentración del poder político, sin alternancia democrática ha estancado el desarrollo económico y social del país, paralizó y destruyó el progreso de las fuerzas productivas, aniquilando especialmente la planta industrial que encontró en 1959 desde la industria azucarera, la alimentaria, la de ropa y calzado, hasta la agricultura y la ganadería.

Además, convirtió a miles de trabajadores libres, asociados o privados, en asalariados del Estado y por tanto, en vez de avanzar hacia relaciones de producción superiores a las capitalistas-asalariadas clásicas, estableció un sistema de esclavitud generalizada “moderna”, donde los trabajadores no cuentan con libertades ni derechos, reciben el salario y las prebendas por castas que determina el estado y tienen que responder fielmente al amo so pena de recibir castigos que van desde la expulsión del trabajo hasta la cárcel.

De manera que puede asegurarse que el castrismo trabó el desarrollo de las fuerzas productivas, destruyó prácticamente toda la industria nacional, fábricas y empresas de todo tipo y tamaño y además retrotrajo las relaciones de producción capitalistas (asalariadas) con amplio desarrollo del trabajo libre, a la antigua forma de la esclavitud generalizada, parecida a la que existía en Mesopotamia o en los territorios incas pre-colombinos.

Hoy, muerto el caudillo, con el hermano y sus más cercanos acólitos en decrepitud, el castrismo trata de sobrevivir con nuevos rostros, aparentes flexibilizaciones acotadas por decretos y regulaciones y una “nueva” Constitución que mantiene las líneas matrices económicas y políticas del castrismo.

En 1859, cien años antes, Carlos Marx escribió en la introducción a la Crítica de la Economía Política:

“En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones que son necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto con las relaciones de producción dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De forma de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social”.

De acuerdo con esa concepción de Marx sobre la revolución social, toda la acción económica política y social del castrismo ha significado 60 años de contrarrevolución y retraso económico-político y social para el pueblo de Cuba.
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