viernes, 12 de julio de 2019

El día D de la Revolución cubana.

Por Vicente Morín Aguado.

La huida del dictador Fulgencio Batista, al amanecer el primero de enero de 1959, es señalada como triunfo de la Revolución Cubana, sin embargo, el proceso revolucionario caracterizado por la implantación de un sistema totalitario socialista de corte soviético se inició 38 días después, entonces pues, nació verdaderamente ese cambio radical que hasta hoy hace historia.

Comenzando el segundo mes de aquel año, después de varias madrugadas de febril ajetreo entre lápices, folios y pistolas, a escondidas en una casa de La Habana, ciertos doctores y milicianos terminaron la redacción final de un documento cuyo título no ha sido debidamente valorado en su dimensión fundacional: “Ley Fundamental de 1959”.

Publicada en la "Gaceta Oficial de la República de Cuba" el 7 de febrero, bajo la firma autenticadora del abogado Dr. Luis M. Buch, Secretario del Consejo de Ministros, merecen destacarse las siguientes 18 palabras:
Título Noveno.
Del Poder
Sección Primera
Artículo 119.- El Poder Legislativo se ejerce por el Consejo de Ministros.
Los menos familiarizados con la república que dejaba de existir deben saber que dos días después de la huida del tirano, en Santiago de Cuba, ante la mirada aprobatoria de Fidel Castro, asumieron sus cargos de Presidente y Primer Ministro los Dres. Manuel Urrutia Lleó y José Miró Cardona respectivamente.

Al menos en lo formal teníamos gobierno civil, siguiendo los cauces de la Constitución de 1940, suspendida desde el 10 de marzo de 1952 cuando el General Batista, exhibiendo unos viejos tanques de guerra fabricados en los Estados Unidos, asumió la magistratura superior del estado.

La breve escena constitucional dirigida por el auto titulado Comandante en Jefe del Ejército Rebelde había durado un mes y días. No cuadraba con los planes del enérgico guerrillero de 32 años aquel liderazgo que formalmente había autorizado a dos civiles ajenos a la Sierra Maestra, mientras crecía su ya enorme popularidad, asegurada por la fidelidad casi absoluta de un ejército mayormente formado por campesinos y demás trabajadores humildes, absolutamente lejos de cualquier entramado legal.

Hasta entonces, en la historia de Cuba poco habían ganado los pobres con las leyes. Les bastaba con su Jefe, por cierto, también doctor universitario, pero de fusil al hombro, botas y uniforme verde olivo. Para mandar él solo. Y lo hizo.

Lo hizo con celeridad, apenas guardando la discreción mínima requerida para un acto trascendente: no se conoce en la historia del mundo occidental la ejecución tan rápida como expedita, sin formalidades jurídicas, de una reforma constitucional sencilla y profunda, que dejó libre el camino para cambiar radicalmente los destinos de una nación.

Desde aquel 7 de febrero bastaban dos tercios de un Consejo de Ministros designados por el propio Comandante para imponer una nueva ley. Con tal poder legislativo vivimos 17 años de provisionalidad gubernamental, otro registro asombroso para la historia hemisférica, hasta la promulgación por referendo de la Constitución Socialista de 1976.

El mencionado Dr. Buch, miembro del primer gabinete “revolucionario”, recuerda el modus operandi de sus acólitos, debatiendo cual sui-géneris asamblea constituyente, en secreto, una nueva versión de la formalmente acatada Constitución de 1940.

Se cocinaba la ascensión de Fidel Castro a la jefatura del estado, paso indispensable para comenzar a freír el plato fuerte: una revolución socialista. 

“Una madrugada, al terminar la sesión del Consejo de Ministros, miembros de este que pertenecían al M-26-7 (Armando Hart, Faustino Pérez, Enrique Oltuski y Julio Camacho) localizaron al Jefe de la Revolución, en el hotel Habana Hilton (hoy Habana Libre), pero como el lugar donde estaban no era el más apropiado para hablar del tema, Fidel planteó: "Bueno, vamos a reunirnos para discutir todo esto. ¿Dónde nos reunimos?" Oltuski propuso su casa, en las márgenes del río Almendares. Localizaron a varios compañeros, entre ellos a mí, y allí se reunió la dirección del M-26-7. Esa fue la primera y más importante reunión después del triunfo revolucionario, en la que se hizo un análisis político y social de la nación.” (Citamos a Buch de Gobierno revolucionario cubano: génesis y primeros pasos. Reproducido en Cubadebate. Referencia a “Fidel, soldado de las ideas”.)

(M-26-7 era el Movimiento 26 de Julio, organización fundada por Fidel Castro al salir amnistiado de la prisión de Isla de Pinos en mayo de 1955).

El Comandante aceptó asumir los plenos poderes de la nación, pero había un obstáculo legal: La nueva Ley Fundamental copió textualmente el artículo 154 de la moribunda constitución, que planteaba 35 años como edad mínima para ser Presidente. Sin embargo, bastaban 30 tratándose del Primer Ministro.

Fidel contaba con 32 años de edad. ¿Sería un premier subordinado al Jefe de Estado? Por supuesto que NO. Sigue contando Buch:

“Antes de comenzar la sesión de ese día, se analizó el requisito planteado por Fidel para desempeñar el cargo de Primer Ministro. Esto dio lugar a un amplio debate. Buscamos la fórmula para modificar el artículo 146 de la Ley Fundamental, cuya redacción era igual al artículo 154 de la Constitución de 1940. Su texto expresaba: "El Primer Ministro representará la política general del Gobierno".

“El artículo 146 quedó redactado de la forma siguiente: "Corresponderá al Primer Ministro dirigir la política general del Gobierno, despachar con el Presidente de la República los asuntos administrativos, y acompañado de los ministros, los propios de los respectivos departamentos".

No es lo mismo 'representar' que 'dirigir'. Aclara el Dr. Secretario del gabinete en funciones.

Así las cosas, desde la casa del Ministro Oltuski, al amanecer del 13 de febrero, el asunto estaba resuelto, tres días después Fidel Alejandro Castro Ruz asumió el premierato, convertido en Jefe de Estado.

Fidel Castro asume el cargo de Primer Ministro.

Lo que siguió fue un acelerado dictar de leyes revolucionarias, entre ellas la estatización de todas las propiedades extranjeras, de los bancos, de la industria nacional, de la tierra mediante dos leyes de reforma agraria y, finalmente, hasta de los humildes puestos de venta de frituras que calmaban hambre y sed a los transeúntes de las siempre agitadas urbanizaciones del país.

¿Proceder genial de un iluminado estadista? La paradoja es que el contubernio poderhabiente de tales prácticas jurídicas no precisó usar su imaginación, calcó la ejecutoria del dictador a quien acababan de destronar. Existe una prueba contundente: La Historia me absolverá, alegato de Fidel Castro en el juicio seguido contra su persona, el 16 de octubre de 1953, consecuencia del ataque armado a la segunda fortaleza militar del país, el  Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

Al ejercer su auto defensa, el joven líder revolucionario enarboló en primer término una verdad jurídica: el derecho del pueblo a la resistencia frente a un gobierno que ha usurpado la soberanía popular, aplastando la constitución.

Cierto, El General Fulgencio Batista Zaldívar, erigido Presidente de la República desde el 10 de marzo de 1952, publicó un mes más tarde los llamados “Estatutos Constitucionales”. En su discurso, programa fundacional de la futura revolución fidelista, se denunciaba con pasión y fundamento:
“Los 'Estatutos' no llenan ninguno de estos requisitos. Primeramente encierran una contradicción monstruosa, descarada y cínica en lo más esencial, que es lo referente a la integración de la República y el principio de la soberanía. El artículo 1 dice: 'Cuba es un Estado independiente y soberano organizado como República democrática'… El Presidente de la República será designado por el Consejo de Ministros.”
Continúa razonando Fidel:
“¿Y quién elige el Consejo de Ministros? El artículo 120, inciso 13: “Corresponde al Presidente nombrar y renovar libremente a los ministros, sustituyéndolos en las oportunidades que proceda.” ¿Quién elige a quién por fin? ¿No es éste el clásico problema del huevo y la gallina que nadie ha resuelto todavía?”
Podría ser suficiente, pero hay otros elementos que al cabo de tantos años habrán de asombrar a las nuevas generaciones, y por qué no, a muchos lectores entrados en años, pues bien se ha encargado el aparato omnipotente de propaganda partidista de enrarecer los estudios sobre el capítulo histórico que venimos comentando.

Párrafos abajo, quien posteriormente encabezaría el movimiento anti batistiano precisa:
“Esta Ley Constitucional podrá ser reformada por el Consejo de Ministros con un quórum de las dos terceras partes de sus miembros.” Aquí la burla llegó al colmo. No es sólo que hayan ejercido la soberanía para imponer al pueblo una Constitución sin contar con su consentimiento y elegir un gobierno que concentra en sus manos todos los poderes, sino que por el artículo 257 hacen suyo definitivamente el atributo más esencial de la soberanía que es la facultad de reformar la ley suprema y fundamental de la nación.”
Los textos hasta ahora citados son parte íntegra de los documentos a los que se hace referencia. Cualquier coincidencia con hechos y personajes de la realidad NO ES SIMPLE COINCIDENCIA, ES LA VERDAD HISTORICA.

Ante lo inexorable del juicio impuesto por el tiempo, primero unas palabras del protagonista principal. Corresponden a un día de esos que están en la historia no por manida expresión de los cronistas, fue el 16 de abril de 1961:
"Compañeros obreros y campesinos -dijo Fidel- esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes".
“Eso es lo que no pueden perdonarnos, que estemos ahí en sus narices, ¡y que hayamos hecho una Revolución Socialista en las propias narices de los Estados Unidos!… Esa Revolución no la defendemos con mercenarios, esa Revolución la defendemos con los hombres y las mujeres del pueblo”.
El ya Primer Ministro, de hecho Jefe de Gobierno, en la esquina habanera de 23 y 12, con el cementerio de la ciudad de fondo, despedía el duelo de quiénes el día anterior fueron víctimas de un bombardeo a bases aéreas cubanas, ejecutado por aviones pilotados por contrarrevolucionarios cubanos, armados y entrenados por el gobierno de los Estados Unidos.

Desde ese día no nos abandonan estos conceptos:

Socialismo es eternidad.  Imperialismo, el enemigo mayor, igual a Los Estados Unidos. Todos los opositores son mercenarios.

Y nos acompaña el ícono del Che Guevara, fotografiado por Korda en la tribuna de ese día, hecho millones de copias, equivalentes a dólares; operación mercantil de dudosa imagen revolucionaria.

Redondeando 60 años, se impone un examen de la Cuba que sobrevivió a la revolución inventada por un grupo de conspiradores durante varias madrugadas de insomnio en una casa de La Habana.

¿Valió la pena el artificio?
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