viernes, 12 de julio de 2019

Somos los culpables.

Por Ernesto Pérez Chang.

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“Somos los culpables”, es lo que grita una señora mientras lucha por subir a un ómnibus repleto de personas. Otros también apoyan la afirmación y hasta protestan con una especie de Mea Culpa por todo cuanto va mal en el país donde viven.

“Esto se ha puesto malo por nosotros mismos” o “la culpa de que nunca se arregle es de nosotros” son frases que se han vuelto recurrentes tanto en las calles de la isla, en las redes sociales, en los artículos periodísticos que tratan el tema Cuba, así como en la retahíla de comentarios que estos suscitan entre los lectores.

Los noticieros de la televisión cubana han hecho su trabajo en eso de consolidar el sentimiento de culpabilidad.

No hay emisión en que falten dos, tres y hasta diez intervenciones de altos dirigentes del país o de las “organizaciones políticas y de masas” donde se enfatice la idea de que vamos mal como país no porque se insista y persista en centralizar la economía sino porque hay quienes, en el pueblo, se niegan a un “cambio de mentalidades”, o que no se produce alimento suficiente porque la gente se ha cruzado de brazos.

“Hay que erradicar la mentalidad importadora”, pregonan, como si importar y exportar fuesen atributos de los ciudadanos de modo individual y no actividades exclusivas de un organismo estatal.

“Hay que elevar la productividad”, ordenan, como si de los obreros dependiera tanto el flujo constante de materias primas como la planificación de unos fondos que se evaporan en un sistema financiero estatal centralizado.

“Hay que producir viviendas y vigilar el alza de los precios”, dicen, reiteran y generan angustia en quienes lo escuchan de boca de esos “cuadros-sacerdotes” que han convertido una ideología política en religión.

De hecho, en las religiones la culpabilidad es un sentimiento fundamental para mantener el control pues genera inestabilidad emocional, inseguridad, necesidad de agradar, de disculparse y de que la autoridad reafirme el perdón, elementos que hacen a la persona altamente receptiva frente a cualquier valoración externa, haciéndosele muy difícil decir no, incluso ante situaciones y tareas que normalmente hubiera rechazado.

Hoy andan por ahí, entre nosotros, esos grandes culpables e inculpadores que ya ni siquiera imputan al “bloqueo” o al gobierno el cúmulo de frustraciones, carencias, absurdos, desesperanzas, enojos, tristezas que padecen sino que asumen o achacan la culpabilidad a otros inocentes quizás porque es lo que les han inculcado durante décadas en las asambleas sindicales, en las reuniones del Partido Comunista, en los Comité de Defensa de la Revolución, en las escuelas donde estudiaron o asisten los hijos.

También están los que, habiéndose marchado al extranjero por conveniencia, hartazgo, exilio o aventura se arrogan el derecho a declarar culpables de su desarraigo a esos que quedaron atrás, como si todos fuesen cómplices de la propia realidad que enfrentan o padecen.

Pero no muy diferente de aquellos son los que han llegado a creer que irse de Cuba es traicionar a la patria, porque aspirar a una casa, un carro y un salario digno, un ideal de vida y de familia es burgués y es egoísta, cuando es una aspiración personal tan válida y grandiosa como la de aquel a quien le basta con un techo de cartón y un trozo de boniato para sentirse feliz.

Asumir que somos culpables absolutos de “nuestra pobreza” o de “nuestro inmovilismo social” es un error altamente dañino y la culpa cada vez se ha ido encarnando, peligrosamente, en las víctimas para infundirles ese efecto desorientador, paralizante y destructivo del que hablan los psicólogos cuando alguien o un grupo la padecen de modo patológico.

El sentimiento colectivo de culpabilidad se ha ido forjando desde ese discurso manipulador donde los líderes son infalibles y, por tanto, los únicos con la capacidad para trazar o corregir el camino que “otros” distorsionaron, haciendo de la política un dogma que si bien pudiera mantener a un grupo en el poder por algún tiempo más, a largo plazo dará al traste con los pilares de bienestar, orgullo, realización personal y colectiva, creatividad, participación y libertades sobre los que debe alzarse cualquier nación.
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