martes, 30 de julio de 2019

El padre Jaime.

Por Vicente Echerri.

A poco de que ingresara en el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas (institución interdenominacional para la formación del clero presbiteriano, metodista y episcopal) en septiembre de 1972, conocí y amisté con el cura párroco de la catedral católica de San Carlos Borromeo, el Rdo. P. Jaime Ortega Alamino, que presidía una dinámica comunidad donde había muchos jóvenes.

No puedo acordarme ahora en qué circunstancias nos conocimos, pero supongo que debe haber sido en el contexto de alguna reunión interconfesional que respondía al entusiasta espíritu ecuménico de la época, que luego se enfriaría bastante. El padre Jaime se mostraba como un hombre cálido y cordial que había estudiado en Canadá y había pasado una temporada en los campos de concentración de las UMAP. De esto último él no solía hablar, pero no era difícil enterarse por boca de sus feligreses y colegas. El padre Machado, en ese momento canciller de la diócesis y persona de mucha discreción y mesura, me habló una vez de este asunto con gran pena. Al parecer, Mons. Domínguez, el obispo de Matanzas, había logrado sacar a Jaime de ese antro.

En muchas ocasiones, cuando andaba de paseo por la ciudad, llegaba sin anunciarme a ver al P Jaime con quien sostenía largas pláticas. Recuerdo sus comentarios sobre las deficiencias históricas de la Iglesia Católica en Cuba que, tras las leyes de Mendizábal (que expropiaron los bienes de las órdenes religiosas y expulsaron a sus miembros a mediados del siglo XIX) quedó en manos de un clero diocesano deficiente, muchas veces castigado por los obispos, que terminó siendo responsable del laicismo y el anticlericalismo de nuestra sociedad, y en particular de los próceres independentistas. Jaime expresaba sus criterios con rotundidad. Me acuerdo también que un día, hablando de cosas más banales, me dijo que un oftalmólogo le había dicho en Canadá que la luz blanca, de los bombillos de neón, era perjudicial para la vista porque proyectaba varias sombras y que, para leer, era mucho más recomendable la luz amarilla. Puedo decir que, desde entonces, siempre me he cuidado de leer con luz amarilla, aunque nunca he intentado comprobar si esa opinión del P. Jaime, emitida con la suficiencia de un dictum, era verdad.

No tardamos en adquirir confianza. Yo le contaba, con alguna frustración, de las simpatías que tenían por el régimen comunista algunos de mis profesores del seminario y él me correspondía de la manera más sincera. Responsabilizaba a esos profesores —destacadas personalidades del protestantismo algunos de ellos— de que el movimiento ecuménico en nuestro país no hiciera mayores avances. La Iglesia Católica cubana —a pesar de las concesiones que ya empezaba a hacer el arzobispo de La Habana Francisco Oves y el P. Carlos Manuel de Céspedes, que en ese momento era el rector del seminario de San Carlos— veía con sospecha y reserva la actitud obsecuente de algunos dirigentes protestantes y la juzgaba con severidad. El P. Jaime y yo compartíamos los mismos puntos de vista. A juzgar por sus opiniones, era profunda y visceralmente contrarrevolucionario.

Había, sin embargo, un rasgo en la personalidad de Jaime Ortega que me desconcertaba y que algunos han destacado positivamente en sus obituarios de estos días: su perenne sonrisa, que a mí y a otros nos parecía insincera, para no decir falsa. Solía sonreírse con los dientes juntos y extendiendo mucho los labios, lo cual daba la sensación de que se trataba de un caballo a quien le hubieran halado súbitamente el freno. Mis compañeros del seminario solían decir, a manera de chiste: “A ver, sonríe como el padre Jaime” y el interpelado abría desmesuradamente los labios y juntaba los dientes para provocar la risa general.

Él nos había hecho la visita al menos una vez cuando, por mi iniciativa y con su concurso, organizamos en el SET una jornada ecuménica de jóvenes que duró toda una tarde en la que compartimos lecturas, himnos, testimonios y plegarias. Mis compañeros estuvieron más cerca de él ese día y la opinión acerca de su sonrisa falsa —que enmascaraba sabría Dios que otras dobleces de carácter— debió provenir de ese encuentro.

Había, además, en aquella comunidad parroquial de la catedral de Matanzas una atmósfera de molicie que hacía recordar —con todas las distancias que se quiera— una pequeña corte renacentista. Aún habrían de pasar muchos años para que aquel cura llegara a cardenal, pero en el círculo íntimo del padre Jaime se respiraba un aire de mundanidad, de ligereza —grato, por cierto— que tenía algo que ver con los purpurados del Quinquecento. Había muchos jóvenes y, si mi memoria no me traiciona, los varones eran singularmente apuestos. Esto podría haber sido pura casualidad, pero entonces habría que admitir que el Señor, en aquella parroquia, discriminaba a sus seguidores por la apariencia.

Cuando más tarde mis estudios se interrumpieron —a raíz de que yo denunciara, desde el púlpito de la capilla del seminario, el horror del presidio político cubano y el silencio cómplice de las iglesias— encontré en el P. Jaime un oído receptivo y muestras de solidaridad. Él sabía de las condiciones infrahumanas en que vivían los presos del cercano castillo de San Severino y de la imposibilidad de la Iglesia de ofrecerles auxilios espirituales. Desde luego, esa opinión suya no trascendía el ámbito de la conversación privada. Fue él de las últimas personas de quien me despedí al irme de Matanzas.

No puedo precisar ahora cuántas veces más nos vimos desde mi salida del seminario hasta su ordenación episcopal en enero de 1979, a la que asistí expresamente. Se comentaba, con un poco de asombro, que la Iglesia (es decir, el Papa siguiendo la recomendación de la jerarquía católica cubana) hubiera decidido darle ingreso al episcopado a este cura más bien ligero con aires de sibarita, pasando por encima de otros candidatos que parecían poseer más firme compromiso institucional y mayor seriedad. Se dijo que había elegido como un buen relacionista público y que disponía de la suficiente flexibilidad, otra manera de llamar a la astucia, para sortear el tortuoso camino que tenía por delante la Iglesia en Cuba. Ya entonces, los que presumían de enterados, le auguraban una exitosa carrera: la Diócesis de Pinar del Río, que sería su primer destino, era sólo un escalón para proezas mayores.

Ya yo estaba fuera de Cuba cuando hicieron a Jaime Ortega arzobispo de La Habana y, desde luego, cuando Juan Pablo II lo nombró cardenal más de una década después. A la distancia, me parecía una decisión irresponsable, o al menos frívola, sobre todo viniendo de un hombre como el papa polaco que sabía, por su propia experiencia, la substancia de que deben estar hechos los líderes católicos en una sociedad totalitaria. No obstante, el Papa debió tener presente la vulnerabilidad de la Iglesia cubana y la orfandad de su clero. Con el paso de los años se supo también que el capelo cardenalicio le había sido ofrecido en primer lugar a Monseñor Pedro Maurice, el arzobispo de Santiago de Cuba, y que éste había rehusado.

Unos veinte años después de mi salida de Cuba, volví a encontrarme con Jaime Ortega en Nueva York. Había accedido a reunirse con un nutrido grupo de exiliados cubanos en la sede del arzobispado. La acogida fue cordial de ambas partes y él se mostró sincero. Dijo allí sin ambages que la Iglesia en Cuba había vivido “bajo el terror” y fue prolijo en detallar acosos y privaciones, si bien advirtió que no esperáramos que él fuera a decir eso desde el púlpito. Defendió ese doble discurso como algo natural, con la satisfacción de alguien que cree hacer lo mejor que puede, aunque eso significara la abdicación al ministerio profético de la Iglesia, lo cual venía a situarlo en las antípodas de los mártires de la fe (como el caso contemporáneo de Oscar Arnulfo Romero). El cardenal Ortega debe haberse visto como un funcionario cuya tarea era recobrar espacios de influencia para la Iglesia frente a un régimen decrépito, cuyo colapso súbito podría significar una debacle general mayor. La Iglesia echaba su suerte con el régimen a cambio de unas pocas prebendas, sobre todo el tener una mayor visibilidad social. Ortega habría de procurarle al castrismo el beneficio de tres visitas papales con todos los créditos políticos —y económicos— que ello conllevaba.

Su deriva hacia la abierta complicidad no haría más que acentuarse: de intermediario del gobierno en la excarcelación y destierro forzado de los presos de la llamada “Primavera negra”, a la abierta condena de su propia feligresía disidente (como hizo en una visita a Harvard en 2012, sin una pizca de vergüenza) hasta convertirse en el correveidile de Raúl Castro en las conversaciones que llevaron al restablecimiento de las relaciones de Estados Unidos y Cuba en 2015. Me apena ciertamente que la carrera de aquel cura amigable con quien alguna vez compartí tantos ratos amenos haya terminado en la abyecta sumisión a un Estado corrupto y en la traición a los intereses del pueblo al que debió servir.

¿Qué podría explicarse esta conducta? No faltan consejas de que sus solapados apetitos sexuales —los mismos que le llevaron a rodearse desde temprano de vistosos efebos— puntualmente documentados por el régimen, obraron como un instrumento de chantaje para obtener la dócil avenencia del prelado. Esto me llegó a afirmar en una ocasión un laico prominente de la arquidiócesis de Santiago y muy cercano a Monseñor Maurice, que al parecer estaba persuadido de la veracidad de este rumor. Tal vez, yo me atrevo a dudarlo. Aunque las relaciones homosexuales de los curas de su generación no eran nada infrecuentes, prefiero relegar este argumento al terreno de la especulación. Para mí —al escribir esta nota en la tarde del 28 de julio, mientras tienen lugar las exequias de Jaime Ortega en La Habana—, el gran pecado del hombre que hoy es devuelto al polvo fue la soberbia, la vocación a desempeñar un papel protagónico en medio de la mayor crisis que haya sufrido la sociedad cubana, el sucumbir a la tentación del poder y de la vanagloria, a la satisfacción de su propia importancia aunque fuera a cambio de su alma, el empeñarse en ser recadero de César o Pilato, en lugar de humilde discípulo de Cristo, como era de esperar.
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