lunes, 22 de julio de 2019

Trabajar para el Estado en Cuba: el sueldo falta y el chantaje sobra.

Por Gladys Linares.

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La semana pasada pude conversar con varias personas de diferentes edades sobre el reciente aumento de salario y su posible (re)incorporación al trabajo. Me pareció notable el hecho de que, aunque las opiniones diferían, todos coincidían en un punto: ninguno quería trabajar (o volver a trabajar) para el Estado.

Dado que el pueblo cubano, especialmente quienes están en contra de la dictadura y el sistema, se dan cuenta de que en Cuba el gobierno y el Estado son la misma cosa, esa manera de pensar ha sido recurrente desde que comenzaron las expropiaciones (“nacionalizaciones”) en los años sesentas, pero especialmente en la década de 1990, pues desde el comienzo del llamado período especial hasta hoy se hizo persistente la insuficiencia del salario, incluso tras este último aumento.

Pero además de lo absurdo de trabajar 24 días al mes para recibir un pago que durará a lo sumo 3, los cubanos también se sienten utilizados por el régimen, pues para conservar el puesto tienen que tomar parte en actividades políticas con las que no están de acuerdo, como desfiles y marchas, firmas de declaraciones, etcétera, así como financiar organizaciones “de masas” como las Milicias de Tropas Territoriales (MTT), el sindicato, y otras, en las que no creen y por las que no se ven representados. Estos procedimientos son percibidos por los cubanos como mero chantaje, y es debido a ese “chantaje” y a la inutilidad del salario, que consideran que trabajar para el Estado es trabajo esclavo. A esto se le suma la frustración causada por la certeza de que, como los sueldos no alcanzan, hay artículos y servicios que nunca podrán disfrutar. ¿Langosta y hoteles? Sencillamente no son para ellos.

Sin embargo, otras personas van al trabajo a ver qué pueden robar. Esto no les acarrea ninguna clase de conflicto moral, pues afirman que ladrón que roba a ladrón, tiene 100 años de perdón. A robar del trabajo se le llama “busca” o “búsqueda”. Si en la plaza en oferta no hay oportunidad de “búsqueda”, no les interesa. Su lógica es muy simple: si para malcomer 31 días se necesita 100 %, y uno solamente recibe 10, 20 o 30 %, entonces el resto hay que sacarlo “de donde sea”. El gobierno cubano no lo ignora. Por el contrario, la “búsqueda” incluso le conviene. De esa manera se “ahorra” un alto porcentaje del salario, además de que esos trabajadores no faltan a cuanta marcha, desfile, o cualquier otro “chantaje” convoque el gobierno, pues así creen que no serán descubiertos. Y quien lo dude, que analice un desfile del 1º de mayo, y por el entusiasmo de cada bloque podrá deducir el tamaño de la tajada.

Los sectores autónomo e informal, en cambio, sí molestan al régimen. Incluso los ha equiparado con los vagos y delincuentes, e incluido en la infame ley de peligrosidad social por él creada para poder encarcelar a ciudadanos sin haber cometido delito. Tampoco pierde ocasión de presentar a cuentapropistas exitosos como promotores del crimen en series policíacas. A pesar de ello, hay muchas personas que trabajan por cuenta propia aun sin licencia, pues consideran que pagar impuestos exorbitantes a un Estado explotador equivale al mismo chantaje y esclavitud que si trabajaran para él.

Una de estas personas es Leonardo. “Yo trabajaba 8 y 10 horas en la construcción”, recuerda. “El sueldo no me alcanzaba y terminaba tan agotado que no podía hacer trabajos particulares”. Por eso decidió dejar el trabajo y dedicarse a la albañilería por su cuenta, pero sin pagar licencia. “Yo no les pago a ‘esta gente’ ni muerto. ¿Quién va a saber que yo estoy de albañil particular? A mí que me agarren si pueden”.

Precisamente con la esperanza de atraer a los miles de cubanos que se rehúsan a trabajar en el sector estatal fue implementado el mencionado aumento salarial. Dentro de esa gran masa hay muchos técnicos y profesionales, una mano de obra calificada y muy necesaria para “impulsar la economía”, pero actualmente subutilizada, al no ejercer en su ramo. Solo que el incentivo no generó la respuesta esperada, pues la opinión general es que el salario aún falta, mientras que el chantaje sobra

Así también piensa Martín, quien dejó el magisterio para trabajar en una cafetería. Asegura que ni con el aumento vuelve al aula, que ahora se busca en un par de días lo que ganaría en un mes en la escuela, y además no tiene que fingir adhesión al régimen. “La dueña no me controla si voy a los desfiles, ni me pregunta si soy religioso ni homosexual. A ella lo que le interesa es que yo haga mi trabajo bien hecho, y punto”.
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