lunes, 21 de septiembre de 2020

Habaneros, aislados y descontentos.

Por Iván García.

Cuando la campana de la Iglesia de los Pasionistas, en La Víbora, barriada al sur de La Habana, comienza a repicar anunciando que son las 7 de la tarde, la destartalada carnicería estatal, colindante con el templo, hace tres horas cerró sus puertas de hierro oxidado. Varias de las personas que desde las 11 de la mañana hacían cola para comprar pollo y embutido de pésima calidad, regresan a sus hogares con las jabas vacías.

Otros, trabajadores privados o informales, como Rodney, mira el reloj y apura el paso por la desierta avenida de Santa Catalina. Dos cuadras antes de llegar a su apartamento, lo detiene una patrulla policial. Un oficial le pide el carnet de identidad. Y luego de comprobar con el puesto de mando que no tiene antecedentes penales, en tono descompuesto le dice que ya había sido advertido por incumplir el toque de queda decretado entre las 7 de la tarde y las 5 de la mañana.

Rodney intenta persuadirlo. “Oficial, soy restaurador y mi licencia está en orden. Vengo de trabajar en la vivienda de un cliente que me contrató. Son las siete y diez y estoy a dos cuadras de mi domicilio. Por favor, entienda que no hay transporte en La Habana y tengo que caminar casi tres kilómetros para llegar a mi casa. No sea extremista”.

Cuenta Rodney que el oficial se enfureció. “Ah, extremista yo”, le dijo, y le impuso una multa de 2 mil pesos -equivalente a 80 dólares- por incumplir el toque de queda. “Es un abuso. Ahora tengo que pagar la multa en diez días, de lo contrario se me duplica. Y yo no tengo dos mil pesos. Por el trabajo que estoy haciendo me van a pagar 1,500 mil pesos, pero los cobro cuando termine. No tengo a quien pedirle prestado ese dinero”, se queja el joven. En caso de no pagar la multa duplicada en veinte días, se le abre un proceso judicial.

Luis, vendedor ambulante, asegura que todo el entramado jurídico está diseñado para castigar con sanciones ejemplarizantes a personas que el régimen acusa de ‘propagar la pandemia’. “Estaba fumando un cigarro, no había nadie a dos kilómetros a la redonda y de pronto llega una patrulla policial. Me pusieron una multa por mal uso del nasobuco. Cuando protesté, añadieron desobediencia y que estaba bebiendo en la vía pública, pues en mis pertenencias vieron que tenía una botella de ron, pero estaba cerrada. Me sancionaron a un año en un correccional”.

Numerosas son las historias de los multados y sancionadas a prisión. Solamente en la capital se han impuesto 8,063 multas, el 90 por ciento de 2 mil pesos y el resto de 3 mil. El Tribunal Popular Provincial de La Habana ha juzgado a 1,004 ciudadanos y 995 fueron sancionados, 655 de los cuales con privación de libertad, 97 con medidas de internamiento y 243 con multas. Solo 9 fueron absueltos, reconoció el gobernador Reinaldo García Zapata en una Mesa Redonda.

Llamémosle Michel. Abogado de un bufete al oeste de la ciudad, reconoce que “han habido groseros errores en la aplicación de la ley. Muchas normativas comienzan a aplicarse sin siquiera haberse publicado en la Gaceta Oficial. En otras, se viola el axioma legal que reza que un detenido es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Esas campañas televisivas contra revendedores y personas que cometen actividades económicas ilícitas, que sin haber sido juzgados ya la prensa les cuelga el cartelito de culpable, además de mal gusto, son violatorias de los derechos individuales. Con esas campañas, El Estado no solo infringe su propia Constitución, también demuestra una actitud dictatorial”.

Giraldo, licenciado en ciencias políticas, alega que en los anales de la historia republicana, no recuerda una etapa de confinamiento que durara seis meses en Cuba. “La Habana lleva ese tiempo de aislamiento. Eso pasa factura en el plano sicológico y emocional, sobre todo a niños, adolecentes y jóvenes. El factor fundamental de que no se pueda controlar la pandemia son las enormes colas y aglomeraciones. ¿Quién es el culpable? El gobierno, que no ha podido garantizar los suministros de alimentos, medicinas y artículos de aseo. Desde mi punto de vista, es un error priorizar las estrategias represivas antes de utilizar medidas más persuasivas y científicas”, explica Giraldo y añade:

“Con más de dos millones de habitantes, La Habana siempre ha sido la entrada principal de visitantes del país, la de mayor movilidad entre los municipios, lo que no pasa en otras provincias, pero ahora, con un gran desabastecimiento, 30 o 50 casos de nuevos contagios no es una cifra tan alta ni alarmante, para aplicar un toque de queda de diez horas, prohibir el transporte público y militarizar la ciudad. Ni en 1957-58, cuando la guerrrilla en la Sierra Maestra, La Habana se cerró a cal y canto. Tampoco cuando la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962. La única vez que la capital y toda la isla se confinó, fue cuando la reconcentración del general español Valeriano Weyler, en su intento de impedir que los campesinos ayudaran a los mambises. Según un artículo publicado en Granma por la periodista Marta Rojas, durante la llamada Reconcentración de Weyler, por hambre, sed e insalubridad, en La Habana fallecieron 7,410 personas en 1895, 18,123 en 1897 y 21,235 en 1898. Este confinamiento, desde luego, no llega a tanto. Pero me parece más un polígono de ensayo para controlar futuros estallidos sociales que para frenar una pandemia”.

Un especialista en epidemiología consultado cree que las instituciones o no llegan o se pasan. “Les cuesta discernir el punto medio, el equilibrio, la sensatez. Entonces apuestan por consignas y quieren demostrar al mundo que nuestra medicina es la mejor del planeta. Deben mirar a países como Suecia o Nueva Zelanda que en determinados periodos aplicaron confinamientos, pero sin llegar a excesos ni suspender el transporte público. En La Habana, por su cantidad de habitantes, presencia de turistas y residentes de otras provincias, por la cercanía geográfica de sus quince municipios, por tener mayor cantidad de restaurantes, bares, discotecas y centros de ocio, es lógico que el número de casos sea superior. Se están haciendo entre 4 mil y 5 mil pruebas diarias. Y el número más alto de contagiados ha sido de 92. No creo que la proporción sea el problema».

En opinión del especialista, la dispersión es un agravante. Considera que el gobierno no dice toda la verdad cuando acusa a los capitalinos de irresponsables, que los hay, pero no es la mayoría. «Si no hubiera que hacer colas todos los días en busca de comida, probablemente del coronavirus en Cuba estuviéramos hablando en pasado. La principal responsabilidad es del Estado, incapaz de eliminar las colas y garantizar que funcionen opciones de comercio electrónico como Tu Envío, que facilitarían las compras en divisas, en particular a madres con hijos pequeños y ancianos».

Cuando el viernes 11 de septiembre las autoridades anunciaron que el toque de queda se extendería hasta el 30 de septiembre, emprendedores privados, como Rodney, consideraron que era contraproducente “tanta trancadera. Después de seis meses de confinamiento, la gente está sin dinero. Quienes no trabajamos para el Estado (casi un millón y medio de personas, entre cuentapropistas, trabajadores informales y cooperativistas) estamos pidiendo el agua por señas. No recibimos ninguna ayuda del gobierno. Esto es una pelea de león a mono y con el mono amarrado”.

El desabastecimiento, las extensas colas y un toque de queda de diez horas durante un mes, ha motivado que el descontento y la frustración de los habaneros haya ido en aumento. Y lo peor puede estar por venir.

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