martes, 8 de diciembre de 2020

Hambre y represión: el aguinaldo de fin de año para los cubanos.

Por Ana León.

Venta de aguacates a 30 pesos la libra.

El 29 de noviembre pasado, mientras hurgaba sin mucho entusiasmo entre las pocas malangas que quedaban en una tarima de agro, el dueño me dijo muy serio: “Aprovecha y compra todo lo que puedas, pepilla, que mañana será el último día”. Pensé que era una argucia para salir de la mercancía, pero el vendedor a su lado suscribió el comentario y advirtió a los presentes que “o exigen al gobierno que se deje de locuras con los precios, o van a tener que ir al surco a buscar viandas”.

Al día siguiente varios puntos de venta amanecieron relativamente surtidos y con precios delirantes; pero el 1 de diciembre el panorama de tarimas desiertas se extendió como una plaga por los agros de la capital. Así transcurrió la semana inicial del mes más dispendioso del año, sin que autoridad alguna haya comparecido para explicar el motivo del desabastecimiento general, de un día para otro, en época tan propicia para las recaudaciones. Todo parece indicar que la súbita desaparición de lo poco que había se debe al nuevo tope de precios con que el Estado pretende controlar la inflación derivada de la improductividad crónica del sistema y la alta demanda de productos agrícolas. 

Una vez más la torpeza del régimen afecta a quienes directamente se ocupan de la alimentación del pueblo; pero en la prensa oficial la única mención del problema ha sido un artículo publicado el pasado sábado en Cubadebate, según el cual un equipo de la Agencia Cubana de Noticias (ACN) salió a comprobar -a estas alturas- si es cierto que los productos han desaparecido o aumentado sus precios. El texto es un mar de justificaciones: no hay frijoles por causa de una plaga; la producción agrícola se vio afectada por la pandemia y el paso de la tormenta tropical Eta; y la cuarentena disparó el consumo de alimentos a nivel nacional.

Sin dejar de reconocer que tanto la COVID-19 como el fenómeno meteorológico han impactado negativamente en la economía, vale acotar que desde 2019 la presencia de las legumbres ha sido casi inexistente en los agromercados en moneda nacional. La mayoría de los consumidores debía comprarlos en las tiendas recaudadoras de divisas (TRD) y actualmente solo es posible adquirirlos en los establecimientos en MLC, donde tampoco aparecen con regularidad.

Trabajadores de los agros alegan que la mengua en la producción ha provocado el encarecimiento de la mercancía que llega a los puntos de venta, detalle que no han tenido en cuenta quienes decidieron topar los precios en el sector privado como una medida anticipada al alza salarial con el cual se busca maquillar el cada vez más limitado poder de compra del peso cubano.

Ninguno de los topes de precios aplicados por el régimen con anterioridad ha traído más resultado que la retirada de los productos de las tarimas, o un simulacro de acatamiento de estas normas draconianas durante los días inmediatos a su aprobación. Una vez superada la fase de rapiña de los inspectores y la indagación momentánea de la prensa estatal, los precios vuelven a dispararse para que compre el que pueda. 

El excesivo control estatal no solo ha cerrado los agros y espantado a los carretilleros, sino que los pocos vendedores que se mantienen activos han triplicado el costo de sus productos, a despecho de la regulación. Se acaba el 2020 y el tomate de ensalada, que solía hacer su aparición en octubre, no ha llegado todavía a la mesa de los cubanos debido a su exorbitante precio (50-60 pesos por libra), al cual se añade la mala calidad del cultivo. 

El costo de una ristra de cebolla oscila entre 5 y 10 CUC, mientras un mazo discreto vale 25 pesos en agros estatales donde las colas son enormes. Las verduras han alcanzado tarifas prohibitivas en el último trimestre, y la calidad a menudo es tan deplorable que si no hubiera clientes atolondrados su destino sería la basura o el corral de los cerdos. El plátano en todas sus variantes se ha esfumado, lo mismo que el boniato, síntoma de que la crisis actual pudiera superar en intensidad al Período Especial, sobre todo para quienes no reciben remesas o poseen una fuente de ingresos en divisas. 

La preocupación se transforma en pánico no por la proximidad de las fechas festivas, sino porque ahora mismo apenas hay qué comer. El arroz de la canasta básica se resiste a las habituales formas de cocción. En olla arrocera o caldero el resultado es idéntico: un fango gris desagradable a la vista, el olfato y el paladar.

El régimen ha elegido el peor momento para dictar medidas impopulares, resultantes del voluntarismo y la improvisación. Poner trabas al mercado para otorgarle mayor poder de compra al peso cubano es, además de una falacia, un garrote administrativo que incide peligrosamente tanto en la gestión de productores y comerciantes, como en el ánimo de la ciudadanía. 

Hambre y represión conforman el aguinaldo para cerrar un año miserable en todos los sentidos. Cada cubano que haya reparado en el equipamiento y los vehículos de las tropas especiales tiene bien claro cuál es la verdadera prioridad del castrismo y el por qué no se realizan inversiones cuantiosas en la agricultura, han disminuido las importaciones y se insiste en mantener las tiendas en dólares. El vacío que asola las tarimas de los agromercados es directamente proporcional al despliegue militar y al circo propagandístico que por estos días acontece para intimidar a un pueblo cada vez más próximo al estallido social.

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