sábado, 12 de diciembre de 2020

La genética que buscaba Fidel Castro.

Por Pedro Corzo.


Tomás Carrera fue un gran luchador por la democracia, hermano del fusilado comandante del ejército rebelde Jesús Carrera, una víctima más del criminal de Ernesto Guevara. Tomás era un aficionado de la genética, y en el Presidio de Isla de Pinos formó un pequeño grupo que compartía esa afición. Sus charlas eran muy amenas y gracias a ellas conocimos algunos de los aspectos más rudimentarios de esa ciencia, un conocimiento científico en desarrollo en los lejanos años 60.

Tomás, un maestro y conversador excelente, afirmaba que su profesión era, además, cubano y piloto aviador. Fue él quien nos recomendó leer Un Mundo Feliz, del escritor británico Aldous Huxley, para que apreciáramos hasta qué nivel la genética, aplicada con malas intenciones, podía afectar la condición humana que de por sí dista de ser perfecta.

En la Circular había un par de ejemplares desde antes del castrismo, y accedí a uno de ellos gracias a Ángel Fana o Julio García, no recuerdo bien. La novela describe un mundo tecnológico en el que, entre otras crueldades, aceptadas por la mayoría, la reproducción humana es determinada por ingenieros sociales asistidos por otros científicos que tienen la misión de crear y mantener un mundo de felicidad en el que las pautas son determinadas por una cúpula que todo lo puede. Cuando salí de prisión encontré que José Antonio Albertini había escrito clandestinamente Tierra de Extraños, donde describía un mundo distinto, pero igualmente aterrador.

En aquel mundo la voluntad y los sentimientos no contaban. Todo era a favor de la Gran Sociedad y ajustado a los planes de los conductores; los pobladores eran diseñados y estructurados con fines específicos, los herejes eran prácticamente inexistentes. En fin, estábamos ingresando a un mundo literario que en cierta medida era el prometido por el marxismo y que los hermanos Castro estaban implementando en Cuba.

Fidel Castro fue por muchos años un fiel devoto de la genética, y no es de dudar que en su utopía de construir un mundo a la medida de sus caprichos incluyera a los seres humanos en el plan de cambiarlos a nivel de laboratorio, aunque lo estaba intentando con relativo éxito a fuerza de cárcel y paredón, o suculentos platos de lentejas, tampoco olvidemos el experimento biológico en la Cárcel de Boniato que consistía en suministrar a los presos políticos “una cantidad de calorías mínimas indispensables para la vida”, como testimonia, entre otros, Amado Rodríguez.

Castro invirtió grandes recursos materiales y de tiempo en el semental Rosafé Signet, que uso en experimentos genéticos que arruinaron la ganadería cubana, la cual, a inicios de 1959 pasaba los cinco millones de cabezas de ganado, para un país con una población de poco más de seis millones de habitantes. En la proporción de cabeza de ganado por habitantes solo Uruguay superaba a Cuba.

No se deben pasar por alto el proyecto de la supervaca lechera Ubre Blanca que Fidel quería clonar, o el de las vacas enanas, de los conejos más grandes y gruesos, y el no menos impresionante Cordón de La Habana, donde el café Caturra transformaría al país en el principal exportador de ese producto, mientras, a su lado, se podía cultivar gandul, cítricos, aguacate, mango, mamey y otros frutos.

Sus inventivas fueron tan alejadas de la realidad que importó de Vietnam búfalos de agua porque producían más leche y consumían menos pasto, y llevó el pez Claria con el objetivo de aumentar el consumo de proteínas, situación que se ha agravado con el tiempo, pues el pez, un depredador, se convirtió en un peligro para el ecosistema de la isla.

La genética fue para Fidel Castro mucho más que una ciencia que prometía grandes progresos económicos. El régimen hubiera tenido un rotundo éxito en el control social si hubiera contado con la capacidad científica y tecnológica para crear individuos obedientes y sumisos en laboratorios como describe Huxley, aunque evidentemente ha contado con éxitos parciales como lo confirman 62 años de tiranía. Sin embargo, a través de esas décadas no han cesado los brotes de protestas de ciudadanos dignos, que contrario a la mayoría de la población, que tal parece le inocularon en los cromosomas la sumisión y obediencia, reclaman sus derechos arriesgando la libertad y la vida.

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