miércoles, 2 de diciembre de 2020

La Habana: Todo comenzó en San Isidro.

Por Iván García.

Pasada las diez de la noche, la periodista alternativa Glenda Boza Ibarra, 32 años, colaboradora del sitio digital El Toque, se vistió de prisa, cogió dos cargadores de teléfono móvil y decidió ir a la sede del Ministerio de Cultura, ubicado en la Calle 2 entre 11 y 13, en el barrio habanero del Vedado.

No fue una decisión fácil. Tras un intenso debate interno, marchó al lugar donde, a esa hora, más de 300 artistas e intelectuales reclamaban un diálogo con funcionarios del Ministerio de Cultura. Cuenta Glenda en su muro de Facebook, que durante el trayecto sintió el miedo que provoca la sospecha. A medio camino, las dudas y los temores la hicieron regresar a casa.

Más tarde un amigo fue a buscarla y se decidió ir al epicentro de la protesta. Cuando llegó a la esquina de Línea y 2, a pocas cuadras del Ministerio de Cultura, no había luz eléctrica. “Éramos unas 36 personas, sí, tuve el gusto de contarlas. La policía no nos dejba pasar. Una joven habló con un oficial, le explicó que llevábamos comida para los muchachos, que queríamos unirnos a ellos. Pero cualquier diálogo fue en vano. Entonces, con las manos levantadas intentamos pasar…y nos rociaron con gases. El policía no apuntó a los rostros directamente. Roció los gases a la altura de su pecho y nos obligó a retroceder”, describe Glenda en su crónica.

En señal de protesta, muchos jóvenes se sentaron en la calle. Llegaron otras 20 personas. Glenda dudó unos minutos, pero la gente la condujo. Con las manos en alto, la linterna del celular encendida, pasaron, caminando apresurados, corriendo. La carrera de 170 metros hasta la sede del Ministerio de Cultura, escribió Glenda, le pareció una de las más largas de su vida. A esa misma hora, Ignacio, artista plástico, sentado en el contén de una acera en la calle Calzada, vio pasar tres camiones antimotines repletos de boinas negras.

“Yo pensé, se jodió esto (el gobierno). No sé por qué me trajo a la memoria las historias que me contaba mi padre, que estaba como colaborador en la antigua RDA, cuando el pueblo enardecido derribó el Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. Estaba asustado. Éramos como quince personas con el corazón queriéndose salir de nuestros pechos. Tras dos intentos por saltarnos el cerco de la policía, tropas élites y agentes de la Seguridad del Estado, al tercer intento, nos rociaron con un gas con olor a pimienta. No pude ver nada durante casi una hora. Tenía los ojos enrojecidos. Unos vecinos me dieron una toalla con agua para que me la pusiera en los ojos. Pero no desistí. A las tres de la mañana pude romper el cerco”, recuerda Ignacio.

Jorge Enrique Rodríguez, corresponsal de Diario de Cuba y el periódico español ABC, desde temprano estuvo frente a la sede del MINCULT. Con su teléfono móvil subió varios videos a las redes sociales. Para Rodríguez fue una experiencia liberadora. “No soy de diálogos con el régimen, para mí no tiene ningún sentido dialogar con ellos. Pero esa es mi opinión. Ahora, apoyo, respeto y acompaño cualquier punto de vista que logre sacar a la gente de sus casas a manifestarse en las calles. Eso lamentablemente, no fue lo que vieron otros en la disidencia. Vengo años advirtiendo que no se le puede dar pretextos al régimen. Eso que han dicho algunos, con esos mismos sentimientos y con esa rabia, donde se debe decir es una reunión privada del Movimiento San Isidro. No intentar desacreditar cualquier acción públicamente de la cual puede sacar provecho es el régimen”

La noche anterior, tropas élites de la policía y fuerzas combinadas de la Seguridad del Estados, entraron por la fuerza en la sede del Movimiento de San Isidro (MSI), en Damas 955 entre San Isidro y Avenida del Puerto, Habana Vieja. Agentes disfrazados con batas azules de médicos, rompieron a patadas la maltrecha puerta donde catorce artistas y activistas disidentes emplazaban a las autoridades para que liberaran al rapero Denis Solis, miembro del MSI condenado a ocho meses de prisión, acusado de un supuesto desacato, y pidiendo el cierre de las impopulares tiendas por moneda libremente convertible. Cinco de esos disidentes estaban haciendo huelga de hambre, aunque ingerían líquidos.

Marlén, vecina de Luis Manuel, había ido con su hija a la Alameda de Paula, a tomar aire fresco. “Después de comer, solemos sentarnos en el paseo de la Alameda de Paula. Desde que estaba Luisma y su gente se declararon en huelga de hambre, la policía no nos dejaba pasar. Pensaban que le íbamos a buscar suministros. Pero me puse fuerte y me dejaron salir. Desde allí, mi hija y yo vimos como alrededor de las nueve de la noche del jueves 26 de noviembre, pasaron varias patrullas de la policía, ambulancias, dos camiones verde olivo y carros jaula. También dos guaguas llenas de gente que llevaron para el acto de repudio, porque ellos saben que los vecinos de San Isidro no se prestan pa ‘eso”.

Antes del operativo, las autoridades cortaron internet durante una hora. Fue el primer apagón digital que se recuerde. No fue el único. Según un ingeniero de ETECSA, el jueves 26, viernes 27, sábado 28 y domingo 30 de noviembre, «la planta donde trabajo estuvo repleta de agentes de Seguridad del Estado. A cada rato nos pedían interrumpir la conexión o ralentizarla, apagando varias antenas que hacen llegar 3G y LTE a la población”.

El pretexto del gigantesco operativo de San Isidro fue que el brillante escritor y periodista Carlos Manuel Álvarez, 31 años, radicado en México, que estaba de visita en la Isla y el lunes 23 de noviembre logró burlar el cerco y entrar a la sede del MSI, supuestamente era positivo de coronavirus. Tres horas después del violento desalojo, en la noche del jueves 26, las fuerzas policiales liberaron a doce de los detenidos y ninguno dio positivo de Covid-19, desmintiendo la burda excusa.

Durante horas, a Luis Manuel lo tuvieron esposado dentro de un auto policial, recorriendo la ciudad sin destino fijo. Intentaron dejarlo en casa de algunas amistades y Otero se negó. El viernes en la noche, cuando la protesta frente al Ministerio de Cultura, estaba en su apogeo, Luis Manuel había sido trasladado hasta una sala del Hospital Manuel Fajardo, Zapata esquina a C, Vedado. Decenas de agentes de civil impedían visitarlo.

Después de más de doce horas reclamando hablar con algún funcionario, el viceministro de Cultura Fernando Rojas, recibía a una comitiva de 30 personas, en la que además de artistas e intelectuales se encontraban activistas disidentes y una periodista independiente. Por vez primera un funcionario del régimen se sienta a negociar una lista de demandas con un grupo donde hay opositores abiertamente anticastristas.

Esa misma noche, la dictadura echó andar su maquinaria propagandística, intentando aniquilar la reputación del Movimiento San Isidro, de Luis Manuel Otero y de los trece activistas que se acuartelaron también en Damas 955 exigiendo la libertad de Denis Solís.

A pesar de las carreras universitarias que casi todos poseen, de sus curriculums, algunos haber sido profesores en instituciones estatales, otros haber expuesto en galerías del Ministerio de Cultura, haber recibido reconocimientos y premios, o como en el caso de Luis Manuel, haber sido miembro de la Asociación Hermanos Saíz, que aglutina a los jóvenes creadores y de la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas, los medios castristas tildan de marginales y delincuentes a los miembros del Movimiento San Isidro, fundado en 2018.

Una respuesta grosera al diálogo que unas horas antes 30 personas democráticamente elegidos por los cientos de congregados frente al Ministerio de Cultura sostuvieron con el viceministro Fernando Rojas. Aunque intelectuales y disidentes que participaron en la protesta sienten que desaprovecharon una oportunidad de oro, Julio Aleaga, politólogo y periodista independiente, considera que la protesta fue «una victoria de la sociedad cubana, y en especial de la juventud y de los artistas, quienes han impuesto al gobierno la necesidad de dialogar y negociar. Eso es importante. Obligaron al régimen a sentarse en la mesa, pues el costo de la represión que pudieron haber asumido era más alto que las ventajas que hubieran obtenido”.

En opinión de Aleaga, «fue una victoria en toda la línea. Su más alta expresión está en el programa especial de la televisión, mintiendo, manipulando en una sola dirección sin considerar a las otras personas que participaron. Eso me parece el indicativo más importante del drama que está viviendo el gobierno un día después. La negociación es parte importante de cualquier transición y no se puede pasar por alto. Cualquier transición, pasa por una negociación. Hay quien piensa que fue una traición, que es un Zanjón, pero lamentablemente en nuestra oposición hay mucho ego. Muchos patriotas que han dejado la piel en la lucha por la democracia, han visto con mucho amor y mucho entusiasmo lo que han hecho los jóvenes el viernes 27 de noviembre, al plantarse durante horas frente al Ministerio de Cultura aun sabiendo que estaban cercados por tropas especiales, que se estaba tirando gas pimienta contra los que trataban de llegar. Los egos a veces hacen más daño que la policía política”.

Los sucesos ocurridos en La Habana en el último fin de semana del mes de noviembre de 2020, ya no solo se debaten acaloradamente en las redes sociales. Han llegado a las salas de nuestras casas, a las colas, a los taxis colectivos y a las esquinas de los barrios de toda la Isla. Granma, Cubadebate, Juventud Rebelde y la Agencia Cubana de Noticias, entre otros medios oficiales, llevan días difamando contra el Movimiento San Isidro.

El tiro les ha salido por la culata. Muchos cubanos ahora quieren saber sobre el Movimiento San Isidro, visitar su sede, conocer a sus integrantes, en particular a Luis Manuel Otero Alcántara. También desean conocer detalles de la reunión con el viceministro Rojas y leer el documento aprobado.

El vaso usted lo puede ver medio lleno o medio vacío. Pero hay un hecho tangible. Se va perdiendo el miedo. Y todo comenzó en San Isidro.

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