viernes, 25 de octubre de 2019

Ruinas.

Por Mónica Baró.

Teníamos doce años y nos fugábamos a la costa para fumar. Eran fugas inocentes. La primera de ellas, totalmente casual. Nos habíamos apuntado en un círculo de interés de Pedagogía en la misma escuela primaria donde hasta poco antes habíamos estudiado. La escuela quedaba a menos de cien metros de la costa.

Éramos un grupo de ocho o diez y se suponía que una vez a la semana, en el horario de la mañana, porque nuestras clases empezaban a la una, fuéramos a prestar ayuda a la maestra de prescolar. No teníamos la menor vocación pedagógica, pero creo que nos tentaba la idea de hacer algo juntos. La maestra de prescolar, Cristina, también nos simpatizaba; la queríamos sinceramente. Cristina era una adulta en la que se podía confiar, que no te juzgaba, ni traicionaba tu confianza. Una de las cosas que más me molestaban de ser niña era que las personas adultas pensaran que podían hablar abiertamente con otras personas adultas sobre mis intimidades, como si por ser niña aún no tuviera derecho a que respetaran mi privacidad. Cristina, en cambio, sabía guardar secretos y nunca te avergonzaba en público. Quizás también porque la echábamos de menos fue que nos apuntamos en aquel círculo de interés. Pero un día Cristina faltó, o llegamos a su aula y no la encontramos, no recuerdo, y decidimos irnos a la costa.

En la primera fuga no hubo cigarros. Solo queríamos contemplar las olas. Había mal tiempo y las olas eran gigantescas. Las olas rompiéndose contra el arrecife pueden ser todo un espectáculo. Tan cautivador como uno de fuegos artificiales. Si te acercas lo necesario al mar, incluso puedes dejarte salpicar un poco, un poco o mucho, y jugar a que las salpicaduras son accidentales. Y mojarte el uniforme escolar y lanzar gritos histéricos y atacarte de risa. El lado bueno de crecer en el subdesarrollo es que, a cualquier edad, toca usar la imaginación con bastante frecuencia. La costa a la que íbamos, en 30 y Primera, en el reparto Miramar, era un territorio libre de adultos. No había nadie que te dijera qué hacer o qué no. De vez en cuando alguien iba a dejar alguna ofrenda en el mar, alguna pareja iba a romancear, algún hombre iba a pescar o algún pervertido iba a hacerse pajas, pero, en nuestras escapadas, por lo general, la costa era enteramente nuestra. Ahí gobernábamos.

Los mejores años de mi vida empezaron con la decisión de quitarme los zapatos y las medias, caminar descalza por el diente de perro y meter los pies en el agua que se acumulaba y circulaba entre las ruinas de una piscina natural. En la costa de la calle 30, al igual que en otras de la avenida Primera, hay no sé cuantas ruinas de piscinas naturales que, antes de 1959, debieron haber pertenecido a casas de familias acomodadas. Esas que el gobierno, con desdén, llamaba burguesas, y que quizás a inicios de los sesenta fueron expropiadas y decidieron marcharse rumbo a Estados Unidos espantadas por las políticas de Fidel Castro, aunque con la intención de regresar cuando en la isla se celebraran elecciones presidenciales y volvieran a cambiar las cosas.

En 2019 todavía no se han realizado elecciones presidenciales y las piscinas de la calle 30 cada vez se distinguen menos. Pero casi veinte años atrás, a esas piscinas se les podía llamar piscinas, aunque ya había quienes las llamaban pocetas. No recuerdo a quién se le ocurrió ir a meter los pies en el agua. ¿A Maridalia? ¿A David? ¿A Claudia? ¿A mí? Tampoco eso importa. La idea nos gustó a todos, como mismo nos gustaría más adelante la idea de probar cigarros.


A la segunda o a la tercera fuga ya no bastó con mojarse los pies. El mar abierto proponía una libertad superior que costaba despreciar. La culpa fue de David o de Oscar. Uno de los dos empujó a Yudielka al mar. Yudielka estaba parada en un muelle de piedra, vestida impecablemente con su uniforme de secundaria, y alguien se le acercó con sigilo por detrás y la empujó. O la asustó y ella resbaló y cayó al mar. Ese muelle de piedra tenía una alfombra de musgo muy peligrosa. Sin embargo, no recuerdo que Yudielka se enojara. Como mismo la empujaron a ella pudieron haber empujado a cualquier otro de nosotros que hubiera estado donde ella estaba. Esas pesadeces no tenían blancos predilectos. Yo creo que quien empujó a Yudielka, o la asustó y la hizo caer, lo que buscaba era un pretexto para meterse al mar. Tampoco tengo claro si yo estaba ese día, aunque de algún modo conservo estos recuerdos: Yudielka divertidísima dentro del mar, Yudielka riendo y chorreando agua fuera del mar, Yudielka exprimiendo los dobladillos de su saya de polyester amarillo. ¿Qué habrá sido de la vida de Yudielka? Alguien me dijo hace un par de años que trabajaba en un círculo infantil estatal.

Luego del episodio de Yudielka, las piscinas empezaron a parecernos charcos. Asumimos pronto que no estábamos allí para mojarnos los pies. Lo que se nos antojaba era zambullirnos en el mar. Entonces nadie lo veía así, pero meterse en el mar era como afirmar que ya no éramos niños. En el mar estábamos por nuestra cuenta. Nos teníamos unos a otros, nos ayudábamos a salir y a trepar por las rocas, pero cada quien era responsable de sus idioteces. El mundo había comenzado a expandirse o nosotros habíamos comenzado a expandir el mundo. Ahí llegaron los cigarros. No bastaba con ser libres, había también que aparentar ser libres. Los cigarros ayudaban mucho en este sentido. Eran un adorno raro y sofisticado. La libertad, al final, era un juego. Jugábamos a ser libres y a ser las malas o los malos de las películas. Yo intentaba imitar a Cigarette Smoking Man, o the Smoking Man, un personaje de la serie Expedientes X que atormentaba a los agentes federales Mulder y Scully y que siempre apagaba sus cigarros a medio terminar. Cuando yo tenía la dicha de tener un cigarro para mí sola, lo apagaba a medio terminar; unos tres centímetros antes de que el fuego llegara al filtro. En esa contención de las ganas de seguir fumando hasta lo último había una fortaleza de carácter que me interesaba ensayar. No obstante, la mayor parte del tiempo compartíamos uno o dos cigarros entre cinco, seis o diez personas. La cosa era aspirar par de veces, sin demorarte mucho, y pasarlo. Ah, y no babearlo. No éramos gente especialmente escrupulosa pero babear un cigarro era de amateurs.

Los primeros que fumamos fueron marca More. Unos cigarros mentolados largos y flacos que hace años no veo en ninguna tienda de Cuba. Tú te ponías uno en la boca y tan pronto soltabas el humo te transformabas, sin saberlo, en la mismísima Holly Golightly (Audrey Hepburn) de Breakfast at Tiffany’s, con vestido negro de Givenchy y todo, y Miramar se transformaba en Manhattan. Probamos también cigarros Salem, Camel, Lucky Strike, Romeo y Julieta. Todos cigarros caros, de entre uno y tres dólares, porque eran apenas para probar, no para mantener vicios. (Y sí, comprar una caja de More, que salía como en 2.50 dólares, era un lujazo). No hacíamos colectas casi nunca, como el dinero del que disponíamos no lo luchábamos nosotros sino nuestros padres, el dinero era apenas papel o metal. Quien tenía, compraba cigarros y los compartía, sin mayores complicaciones. Tampoco había que pedirle a nadie mayor que los comprara. En ese momento no había regulaciones estrictas para la venta de cigarros a menores, porque era usual que a los menores sus padres los mandaran a comprar cigarros. Ahora debe ser un poco más complicado, no lo sé. Pero una parte significativa del placer de fumar a escondidas estaba en no depender de nadie para adquirir los cigarros.

Bastante pronto nos empezamos a envalentonar. Le cogimos el gusto a la libertad y cada vez queríamos más. Yo llegaba a mi casa bronceada, por estar varias horas bañándome en la costa, y le decía a mi madre que me había bronceado de esa manera en las clases de Educación Física. A veces incluso andábamos por la ciudad y prendíamos un cigarro. No nos importaba que nos vieran, creo que, de hecho, queríamos que nos vieran. Me imagino lo ridícula y tierna que debo haberme visto yo con mi cuerpo malnutrido y un cigarro caro en una mano. Yo y el resto. Pero, como dice el refrán, en la confianza está el peligro. A alguien le encontraron una cajetilla de cigarros en la mochila y nuestro último cuento de hadas se fue a la mierda. Seguimos yendo a la costa, nos autorizaron, y seguimos fumando, sin autorización, pero toda la magia estaba en el secreto y cuando el secreto se deshizo, la magia también. La magia estaba, en verdad, en lo prohibido; ha sido así desde Prometeo, desde Adán y Eva. La vida sin la tentación de lo prohibido es igual que la comida sin sal. Saludable pero insípida; oscura y célibe.

Desde entonces nunca he dejado de fumar del todo, aunque nunca he sido una fumadora. Fumo muy esporádicamente. Puedo pasar meses sin meterme un cigarro en la boca. Casi nunca compro, y cuando compro una cajetilla, se me estropea dentro del bolso antes de terminármela. Cada vez que celebro fin de año me digo que nunca más volveré a fumar, igual que cuando salgo de una de esas crisis de garganta que provocan mis amígdalas atrofiadas. Me he fumado decenas de últimos cigarros en mi vida. Pero siempre hay un instante, en una fiesta con demasiada gente desconocida, junto a una persona amada en una plaza de un país que no es el mío, al final de un almuerzo casero que devoro obscenamente, durante un atardecer naranja frente al mar, mientras escribo alguna historia, que me pide un cigarro. Me ruega un cigarro. Y entonces fumo. Venzo el miedo al cáncer, y fumo. Muy lentamente.

Con cada año que envejezco los cigarros se ponen más lentos. Cuando yo tenía doce, fumaba con desesperación. Vivía con desesperación. Me lanzaba al agua desde los puntos más altos que encontrara en costas y ríos. Me molestaba que el aire me quitara un milímetro de cigarro. Ahora no fumo pensando que el cigarro se va a acabar, ni vivo pensando que la vida se va a acabar -aunque a cada rato piense de manera obsesiva en la muerte-, ni amo pensando que el amor se va a acabar, ni le hago el amor a nadie pensando que se va a ir y no va a volver. Dejo que el aire haga lo suyo. Mientras más te esfuerzas por controlar lo que no depende de ti, menos control tienes sobre ti misma. Todo se va a acabar y, por suerte, no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo.

A la costa de 30 voy a cada rato sola. Me siento en las escaleras de una piscina natural de probable origen burgués que ha sobrevivido a todas las tormentas de las últimas décadas, y me quito los zapatos para sentir el mar en los pies. Todas las preocupaciones se las va llevando el oleaje. La mayoría de los amigos con quienes iba a los doce años ya no viven en Cuba. Uno murió hace poco, antes de cumplir los treinta. Era uno de esos muchachos que se quieren fácil y rápido, bonachón y jodedor al mismo tiempo. Cuando murió hacía años que no nos veíamos. Pero nunca me siento sola cuando voy sola a la costa de 30, tampoco triste. Si tengo ganas prendo un cigarro y pongo música en mi celular. La última vez que fui escuché a Concha Buika. Yo siento que visito una tumba. La tumba. Cuba está minada de tumbas. Tumbas secretas. ¿Cuántas otras personas como yo tendrán una piscina natural de probable origen burgués junto a la cual sentarse? ¿Qué habrá sido de todas esas familias que esperaban por elecciones presidenciales para volver a Cuba? Ahora mismo puede haber otro grupo de amigos fumando a escondidas en la costa de 30. Y alguien dejando una ofrenda en el mar, alguna pareja romanceando, algún hombre pescando o algún pervertido haciéndose pajas. Mientras, las olas siguen rompiéndose contra el arrecife y las ruinas son cada vez más ruinas.
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