domingo, 29 de marzo de 2020

La revolución de los parásitos.

Por Andrés Reynaldo.


Parásito. Toda explicación del castrismo comienza por su condición parasitaria. En lo económico, en lo ideológico. Ningún desarrollo que no contribuya al saqueo del organismo anfitrión. Parásito de Pekín, de Moscú, de Caracas, de Miami. De los turistas y los nacionales. Una condición que ahora, en medio de la plaga del coronavirus, está alcanzando (para robarle un decir a Lezama) su definición mejor.

A imagen y semejanza de Fidel, el castrismo es, tanto en teoría como en praxis, una fórmula de parasitismo nacionalista. Martí creyó que Cuba estaba destinada a detener la expansión de EEUU sobre América Latina. La Cuba de Fidel ha cumplido el expansivo destino de parasitar lo mismo a latinoamericanos que a gringos, y de ahí al mundo. Del error geográfico de Martí al acierto jinetero de Fidel. Chupa, que algo queda.

Y lo que ha quedado es un pueblo educado para chupar. De chupar vive el cubano de la Isla. Sea por necesidad, vocación o ambas. De ahí que, cuando la necesidad se agota, la vocación persiste. Eso lo vemos a menudo en Miami, parasitado por una amplia gama de jineteras y jineteros que medran por doquier, ora en una universidad, ora en la cola del cafecito mañanero del Versailles, ahora solo por ventanilla. Cada cual con el talante energúmeno y filisteo que Fidel selló como idiosincrasia de la nación. Incapaz de convertir el revés en victoria, el parásito convirtió el defecto en ventaja. Impresiona la disposición para situarse allí donde el alimento ha sido casi digerido, facilitando la oportunidad de jinetear un máximo de nutrientes.

Mi generación ha visto los repetidos episodios de esta saga parasitaria. En la década de 1960, el castrismo chupó el discurso y el tesoro de los chinos. Para 1970, se incrustó en las entrañas de Moscú. A Europa Occidental, principalmente a España, le chupa hasta los clavos de los ataúdes. Diamantes y marfiles chupó de Angola. Café y arroz de Vietnam. Complicidad le chupa al Vaticano. Estamos en la reinfección (combinada) de chinos y rusos. De Venezuela, a la vista. Cuando Maduro se venga abajo, con la guevariana boinita de Chávez y la napoleónica espadita de Bolívar (tan complementarias, digo yo, como símbolos del absurdo continental), los venezolanos se quedarán con el anémico cuerpo de un país asfixiado en las miasmas del parasitismo del siglo XXI.

A poquito estuvo el castrismo, así, por un pelín, de que Washington le cogiera la factura. Porque el sueño del parásito castrista es hospedarse, como dicta la naturaleza, en el más gordo y nutritivo organismo anfitrión del planeta. Trátese de Raúl clamando por créditos como de esos muchachos semianalfabetos, con el pantaloncito cortado a la rodilla y unos tatuajes de cárceles de selva, que desembarcan aquí duchos en tramitar el welfare y estafar al Medicare y el Medicaid. Prodigiosamente bilingües en las gestiones de la chupadera.

Ya se escucha, de Madrid a la Calle Ocho, de CNN a la ciber-red del colaboracionismo, el coro de los parásitos que exigen (los parásitos no negocian) el levantamiento de las sanciones norteamericanas ante el avance del coronavirus por una isla sin agua ni jabón. ¡Que Trump le saque las  castañas del fuego a una mafia que aprovecha la desgracia a fin de exportar a sus pocos médicos, timar a los turistas y (no negaré que esto me parece justicia poética) retener a los repatriados para chuparles hasta el último dólar de sus bolsillos, así como de sus ahorros en tierras de libertad! Al que quiere patria, tres tazas.

Para sacarnos el parásito del castrismo, para reponernos aunque sea a medias, sin volver a ser nunca lo que fuimos, ¿cuán radical se necesitará la cura?
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