viernes, 27 de noviembre de 2009

Castrocomio.

Por César Reynel Aguilera,

  1. Locuacidad / Encanto superficial.
  2. Egocentrismo / Sensación grandiosa de la autovalía.
  3. Necesidad de estimulación / Tendencia al aburrimiento.
  4. Mentira patológica.
  5. Dirección / Manipulación.
  6. Falta de remordimiento y culpabilidad.
  7. Escasa profundidad de los afectos.
  8. Insensibilidad / Falta de empatía.
  9. Estilo de vida parásito.
  10. Falta de control conductual.
  11. Conducta sexual promiscua.
  12. Problemas de conducta precoces.
  13. Falta de metas realistas a largo plazo.
  14. Impulsividad.
  15. Irresponsabilidad.
  16. Incapacidad para aceptar la responsabilidad de las propias acciones.
  17. Varias relaciones maritales breves.
  18. Delincuencia juvenil.
  19. Revocación de la libertad condicional.
  20. Versatilidad criminal.
Cada vez que le enseño esta lista a un cubano, y le pregunto si conoce a alguien que se acerque a las características que describe, la respuesta que obtengo, invariablemente, es "Fidel Castro". Los matices y las palabras que acompañan a esa respuesta pueden cambiar, pero el nombre se repite con una regularidad de asombro.

Cuando explico, sin embargo, que esos son los criterios diagnósticos de Psicopatía  -postulados y validados, después de más de treinta años de estudios, por el Dr. Robert D. Hare, Profesor Emérito de Psicología en la Universidad de British Columbia- los interpelados me miran sin poder creerme.

La razón de esa incredulidad radica en el hecho de que mayoría de las personas tienen una imagen de los psicópatas mucho más cercana a los estereotipos de Hollywood que a la realidad. De hecho, si algo demuestra la literatura científica sobre ese tema es que nuestra vida cotidiana está llena de esos que el profesor Hare denomina psicópatas exitosos. Gente que no sólo están en la calle, sino que disfrutan de posiciones muy ventajosas en la pirámide del poder. Muchos llegan a ser altos ejecutivos de empresas, líderes de sectas o eso que insistimos en llamar "políticos".

Cualquier persona que haya tenido la oportunidad de conocer a Fidel Castro, más allá de la imagen mediática que él mismo se ha construido, y haya logrado hacerlo sin caer en las redes de sus manipulaciones, puede abundar en una infinidad de detalles que lo menos que deberían generar, dentro de las filas castristas, es unas cuantas dudas, un par de molestias o dos preguntas que sólo los tontos y los poderosos se negarían a explorar: ¿Es Fidel Castro un psicópata? Y si lo fuera, ¿son sus seguidores las primeras víctimas de sus manipulaciones?

Dos grandes obstáculos impiden, de inicio, responder a la primera pregunta. Para obtener un diagnóstico certero sería bueno contar con la cooperación del sujeto y eso, ya sabemos, resulta imposible. Al mismo tiempo, para que ese diagnóstico no pueda ser tildado de preferencia ideológica sería bueno que lo hiciera un psiquiatra cubano que viva, además, dentro de Cuba y sea reconocido por su independencia, su calidad profesional y su inmunidad a los vaivenes políticos. Ese psiquiatra, de más está decirlo, no existe.

El diagnóstico indirecto, sin embargo, ofrece tantos elementos confirmatorios que lo menos que podemos hacer es explorarlo. Estoy seguro que muchos lectores de este texto podrán entretenerse cazando los criterios de psicopatía con hechos muy bien conocidos de la vida del tirano. Su locuacidad, por ejemplo, está tan bien documentada que hasta un record Guinness tiene: el discurso más largo en las Naciones Unidas -más de cuatro horas de "blableo"- sin que nadie haya podido explicar, con certeza, que fue lo que dijo, y sin que nadie haya podido decirle, con elegancia: ¿Por qué no te callas?

Es posible, también, que el miedo a un diagnóstico indirecto sea una de las razones del control tan estricto que la revolución cubana ejerció, durante treinta años, sobre la Psiquiatría. Una especialidad médica que para poder ser estudiada requería de avales políticos e ideológicos muy similares a los exigidos para trabajar en la Seguridad del Estado. Sólo a finales de los años ochenta, ante un alarmante incremento en la incidencia de trastornos psiquiátricos en la población, ese control fue suavizado y algunos médicos pudieron ser psiquiatras sin tener vocación de chivatos.

A nivel de la enseñanza de esa especialidad, el tema de la psicopatía llegó a ser, también, un gran tabú. Yo recuerdo, cuando pasé esa rotación, el escaso tiempo que se le dedicó a ese trastorno; y lo plagadas que estuvieron esas conferencias de relativismo moral e inmunidad socialista. Para la psiquiatría castrista (al menos la que yo viví) los criterios diagnósticos de la psicopatía eran una construcción social que responde, según las enseñanzas del Marxismo-Leninismo, a los intereses de una clase dominante. Al mismo tiempo se insistía en que esa construcción social era el resultado de la necesidad de una sociedad enferma; algo que el socialismo, sano hasta el tuétano, no necesitaba. El punto álgido de esas conferencias fue el momento en el que aquella “profesora”, con sus ojos de obsidiana, intentó demostrar que Ronald Reagan era un psicópata; y se quedó sin saber qué decir cuando un estudiante preguntó si, al ser todo una construcción social, era lógico extrapolar los criterios de una sociedad al análisis de una persona que no pertenecía a ella. Y de ser posible eso, entonces, qué impedía a un americano, por ejemplo, demostrar que un miembro de nuestra sociedad (Dios lo librara de mencionar nombre alguno) era un psicópata.

Desde entonces muchas cosas han cambiado en el mundo, incluidos los conocimientos que tenemos sobre la psicopatía. Un trastorno del que ya se sabe que, por muy subjetivo que parezca en la lista de Hare, su existencia es real y puede ser demostrada con hallazgos objetivos en los cerebros de los psicópatas, y en los patrones neuro-psicológicos que estos comparten. Patrones que se repiten con independencia de las intenciones de los observadores, o los orígenes culturales y sociales de los observados.

Si algo está en el centro de todos los psicópata es la incapacidad para sentir empatía. Una característica que, por triste e ilógico que parezca, los convierte en seres extraordinariamente poderosos. Cuando una persona es incapaz de sentir, a nivel intelectual y afectivo, lo que otros seres humanos sienten, adquiere, de inmediato, una enorme ventaja en el trato con sus semejantes, una ventaja que deriva de la ausencia de poderosos frenos, inhibiciones, y chequeos de la realidad que cuando no existen, simplifican la vida social a una dinámica de presa y depredador.

Cuando una persona normal habla, su discurso es siempre modificado por las reacciones, reales o imaginadas, de su interlocutor. Si éste le hace saber, por ejemplo, que el discurso aburre, confunde, o hiere, lo más probable es que el discursante introduzca modificaciones o matices que alivien eso que su empatía le está haciendo sentir, como un espejo, a partir de lo que siente su interlocutor. En los psicópatas ese mecanismo no existe, y es por eso que cuando hablan, mienten, actúan, o manipulan, nada, ni nadie, puede hacerles sentir lo que sus víctimas -que ellos siempre imaginan como espectadores dichosos-. están sintiendo. Son imparables.

Fidel Castro es capaz de hablar, durante horas y horas, sin sentir la más mínima piedad por las personas que lo escuchan. Fidel Castro lleva cincuenta años actuando un papel de idealista y justiciero que hasta los genios de Hollywood que lo visitan se tragan sin ninguna dificultad. Fidel Castro es capaz de manipular, todo el tiempo que haga falta, a otro ser humano con tal de obtener de él, o de ella, algo que antes de empezar la manipulación ya el comandante consideraba como suyo. Al mismo tiempo, la mayor parte de las víctimas de las manipulaciones de Fidel Castro son, como la mayoría de las víctimas de los psicópatas, personas que resaltan por su bondad.

Es por eso que para que un castrista pueda reconocerse como víctima de un psicópata tiene que empezar por hacer un gran esfuerzo intelectual, y asumir un enorme precio psicológico. Muchos, sencillamente, no pueden hacerlo. A eso hay que sumarle que en el caso de Fidel Castro sus víctimas, cuando deciden emanciparse, tienen que enfrentar algo más que la voluntad de un hombre aquejado de un trastorno psicológico, tienen que enfrentar la reacción de una sociedad enferma.

Eso es algo no podemos olvidar, la incidencia de psicopatía se calcula, según estimados muy conservadores, en alrededor del 1% de la población. Eso quiere decir que en Cuba hay en estos momentos -asumiendo que en eso somos iguales al resto del mundo- alrededor de cien mil psicópatas. Nuestra diferencia con el resto de la humanidad radica en el hecho que nuestro país lleva medio siglo bajo un régimen, bajo una tiranía, que se caracteriza por seleccionar y promover sus cuadros de dirección política según las semejanzas que estos tengan con el gran líder. Si Fidel Castro ha logrado, entonces, convencer y promover a la mitad de esa masa de psicópatas con la que cuenta, estaríamos hablando de un ejército de cincuenta mil personas con serias limitaciones para la empatía, y una gran capacidad para manipular a sus semejantes. No existe un cubano que no los haya sufrido en carne propia.

Confieso que llevo mucho tiempo leyendo y pensando sobre este tema. Una de las razones que me impedía escribir sobre el mismo es que Fidel Castro, más allá de cualquier trastorno que pueda tener, es un ser humano. Y si bien la medicina que yo estudié en Cuba hizo todo lo posible por enseñarme que los enemigos no son personas, nunca logré, gracias a la influencia de familiares, amigos y algunos profesores, convencerme de semejante disparate. Pero no dejo de reconocer que ese es uno de los grandes problemas a la hora de hablar sobre psicopatía, un trastorno caracterizado por la disrupción de esa forma de ser que nos permite tener piedad por los demás, una desviación que es capaz de usar esa piedad, entre otras cosas, para convertirnos en víctimas.

La palabra clave es trastorno. Los psicópatas no padecen, los psicópatas no sufren, los psicópatas presentan un trastorno que los convierte en máquinas de hacer sufrir y padecer. Nuestra piedad debe ser, siempre, para con las víctimas. Por eso reconozco que la verdadera razón que me ha llevado a escribir sobre este tema son las noticias que llegan desde Cuba. El sitio y los insultos a unos opositores que ayunaban, la paliza a Yoani Sánchez, el acto de repudio contra su esposo, y esas turbas gritando, una vez más, que la calle es de Fidel, todo eso me ha llevado a sentir, como una pesadilla, el renacimiento del manicomio castrista que viví durante treinta dos años, y que mi familia, en algún momento, aprendió a identificar con una sola palabra.
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