martes, 10 de noviembre de 2009

De la espera.

Por Zoé Valdés.

Veinte años ya de la Caída del Muro de Berlín, veinte años a la espera de que otro muro sea derribado, el del Castrismo. En Cuba nos enteramos del suceso por Radio Bemba. En Cuba el impacto se quedó en murmullo. Ni una sola imagen, ni una sola palabra. Mucho menos un solo indicio hacia la apertura y el cambio. Mijail Gorbachov visitó la isla –tal vez con la esperanza de provocar en la población el mismo efecto de rebeldía y redención que provocó durante su visita a la RDA. Pero Fidel Castro no era Honecker, ni el pueblo cubano era el alemán. Un pueblo necesita de guerras para aprender. Nos perdimos en las dialécticas, la semántica, la semiótica; leíamos más a Umberto Eco que a Vaclav Havel. Milan Kundera fue sólo un pasaje para aprobar una tímida contestación de salón.

Estuvieron en nuestras manos, los dejamos escapar: el futuro y la posibilidad de convertir a los Castro en cenizas del pasado, y en darle la luz a los que desde las cárceles, desde el exilio, desde las calles, pedían por intelectuales que decidieran escribir y publicar en diarios de Occidente. ¿Nos acompañaría la prensa? No estoy tan segura, al menos nos publicarían, ya era algo, no lo suficiente. La prensa siempre se ha quedado chiquita con los cubanos y los chinos, ni hablemos de los coreanos y cambodianos. Los que nos atrevimos, fuimos más bien tibios. Esperábamos, aún seguimos esperando, que la solución cayera de las arcas de pensamiento de la izquierda socialdemócrata. La tibieza formaba parte de la enfermedad. El mal agónico del castrismo: el miedo, la desidia, la incapacidad y el asco –como decía antes- de convertirnos en héroes. El aburrimiento, nos embargaba un abrumador aburrimiento. Inercia que sólo nos permitía balbucear sin descanso, escribir cartas, accionar de manera limitada.

Aún esperamos. ¿Qué muro podríamos derrumbar? No sólo el nuestro es invisible, está cercado de agua, y por si fuera poco, la putrefacción da al cuello.

Por otra parte, nuestros líderes ya en la época eran dos viejos que ni pinchaban ni cortaban en el mundo occidental. Y el mundo occidental desdeñó, una vez más, el papel de las momias en el mundo oriental. Nos habríamos ahorrado, eso sí, el terrorismo y la guerra de guerrillas.

¿Quién nos hubiera dicho que Jaruzelski, Honecker, Ceacescu, Zhivkov, serían sustituidos en nuestra apreciación del liderazgo mundial, por fin, por Reagan, Gorvachov, Kohl, y Juan Pablo II? Nadie, y si nos lo hubieran pronosticado nos habríamos matado de la risa in situ.

Esperar la libertad, sentados, escribiendo, es de una tristeza opresora. Esperar, esperar, de otros, de uno mismo con los dedos y la boca cosidos, constituye la condena más duradera, la más penosa, la más vergonzosa.

Mientras la Caída del Muro de Berlín significó muchísimo para el mundo. Para los cubanos no significó absolutamente nada más que un chismecito de coctel de embajada. La era que se abrió el 9 de noviembre del 1989 con un gesto multitudinario de libertad no nos tocó a nosotros ni con el pétalo de una rosa. ¿Por qué? Porque ese gesto multitudinario fue apoyado por personalidades que desde la sombra, o desde su puesto discreto, alentaron y promovieron a los que emprendieron el camino hacia la libertad. Esas personas no sólo elogiaron,  también criticaron y propusieron; sus críticas fueron escuchadas, atendidas, y las propuestas discutidas. Nada salió de la nada. ¿Hemos sabido los cubanos aceptar el apoyo, las críticas, las propuestas? En pocas oportunidades, más bien también pocos han sido los que nos han alentado, y los que lo hicieron y hacen eran y son de baja intensidad y en algunos casos eran nombres cuya potencia se fue perdiendo en la noche de la historia.

Volcamos el carro finamente, vivimos varados, desfasados, aunque no desesperanzados. Y por encima de todo, creyéndonos perfectamente mejores que nadie.

Acudir a los grandes, a los presidentes, a los políticos de estatura y pensamiento (cada vez quedan menos y a los que quedan les hacemos asquitos cuando son de centro derecha, si no son de izquierda no valen, enseguida les guindamos epítetos de radicales) es siempre muy útil, y la práctica de la historia ha probado que sin ellos nada se consigue. Gorbachov fue clave en el asunto, así como Reagan. Ignorarlo, alejarnos de los que tienen el poder, nos ha hundido cada vez más, nuestra falta ha sido la de la ignorancia, la morosidad, y la tibieza, frutos todos del castrismo. Ahora, tendríamos que preguntarnos a estas alturas, ¿qué cosa es el castrismo, cuál es su procedencia y su caldo de cultivo? La espera sería menos dolorosa y menos ineficaz.
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