domingo, 26 de febrero de 2012

Amo Cuba.

Por Laritza Diversent.

Nací en un barrio marginado de la Habana, donde un día mis padres, oriundos del oriente del país, llegaron en busca de mejor suerte. Crecí sin creer en ninguna religión ni confiar en dios o sus santos, ni en promesas, ni en el destino. Solo tenía suspiros y sueños irrealizables, aguardando en mi futuro.

Mi mamá me decía que tendría mejor suerte porque podía estudiar, y con estudio, lo tendría todo. Me gradué de bachillerato en la mejor escuela del país, obtuve mi licenciatura en la Universidad de la Habana, y mi realidad fue otra.

Tenía un título universitario, pero con él, mis sueños seguían siendo un imposible. Ahora más pesados con un hijo en brazos y acompañada en cada jornada por la inconformidad, la impotencia y el pesimismo. En las noches me agasajaba la depresión y el llanto.

En pensamiento, buscaba en vano una vía para llegar a mis metas, pronto concluí que solo lograría mis sueños fuera de mi Isla. La misma resolución de tantos de mis amigos, que hoy residen en países lejanos y fríos. La única que queda, a quien no tiene la más mínima opción de planificar, el más insignificante detalle de su vida.

Comencé a soñar de nuevo, ahora con tierras extrañas imaginarias. Me veía saliendo del trabajo con el juguete de los Reyes Magos escondido en mi bolso, abría mi casa y en putillas de pie, entraba en el dormitorio de mi chiquitín y colocaba bajo su cama, el regalo.

Soñaba con tantas cosas y los ojos abiertos. La visión de aquellas calles vacías, limpias, siempre en crepúsculo y muy silenciosas. Todo era diferente a las avenidas bullangueras de mi vieja Habana. Luego dentro de mis sueños, yo, en aquella tierra extraña, pensaba en mi madre y mis hermanos, después en mis vecinos y en el barrio. Los extrañaba, y cuando despertaba de mi ensueño, tenía lágrimas en los ojos.

Descubrí que me gusta Cuba, amo Cuba, la tierra que por primera vez pise, la que recibió la primera gota de mi sangre, cuando me lastimé en mi primera caída, la que absorbió mis lágrimas de desconsuelo, la que escuchó mi primera carcajada.

Comprendí que podría ser el ser mas infeliz, si un día no me permitieran salir a probar suerte en otros horizontes, como lo hicieran mis padres en su momento, o no me dejaran regresar, al lugar en el que inspire mi primera aliento de vida.
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