sábado, 11 de febrero de 2012

Inmigración y nacionalismo.

Por Alejandro Armengol.

Ningún gesto propagandístico momentáneo, y el indulto decretado por el gobierno de Raúl Castro en buena medida lo es, puede opacar que en Cuba es imprescindible llevar a cabo una revisión de las leyes migratorias, que se encuentran entre las principales que rigen la existencia cotidiana en la isla.Se puede vivir en Hialeah, y el turismo internacional ser parte de la ilusión semanal de ganarse la lotería, un viaje a cualquier centro turístico del estado, , pero la vida cotidiana transcurre sin que el viajar, salir, visitar -o cualquiera de las palabras a las que se recurre para expresar el deseo de evadir el entorno- se convierta en una obsesión.

En Cuba no. Poder viajar o no al exterior -tener un pariente que lo haga- define la vida.En su discurso ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl Castro brindó una de las claves del problema, al anunciar que la reforma migratoria se llevará a cabo a pasos lentos. Tiene razones para ello. Cualquier cambio en los trámites migratorios se vincula con la actual concepción ideológica del sistema cubano, que en su escala de valores coloca en primer lugar al nacionalismo, el cual ha venido a sustituir al marxismo leninismo como fundamento o sostén. No se trata ahora de argumentar la falsedad de ese soporte o lo tergiversado del término cuando lo aplica el gobierno de La Habana. Lo importante es el uso operativo que cumple esa definición nacionalista. Es decir, en Cuba no hay superestructura ideológica, tal como la enunciaba el marxismo tradicional: la ideología es parte de la estructura. Lo importante del proceso de actualización, reforma o cambio del sistema cubano es que avanza -con mayor o menor lentitud- a través de un derrumbe de barreras. Pero cada barrera que cae no significa, para el gobierno cubano, una liberación. Es más bien un nuevo reto. Y los retos son cada vez mayoresEn este sentido, la eliminación de los permisos de salida y entrada, así como la condición de emigrante permanente, colocaría de inmediato al gobierno de la isla frente a un reto enorme: abordar el problema de la doble ciudadanía.La entrada y salida libre del país ocupan el primer lugar en los reclamos. Sin embargo, eliminadas estas restricciones lo que quedaría en pie es esta pregunta: ¿por qué quienes parten con carácter definitivo, según las leyes del país, y se hacen ciudadanos de cualquier otro, especialmente Estados Unidos, tienen que renovar el pasaporte cubano para regresar, aunque sea por unos días? Pero incluso esta pregunta pasa a un plano secundario ante una interrogante mayor: ¿por qué el gobierno cubano no cumple sus propias leyes? Si la actual constitución cubana, en lo cual sigue las pautas de la Constitución de 1940, no admite la doble ciudadanía ¯y fundamenta que una vez que un cubano adopta una ciudadanía extranjera pierde automáticamente la cubana¯, carece de sentido jurídico que al mismo tiempo se exija a los ciudadanos de origen cubano, que viven en el exterior y en la actualidad son estadounidenses, que tengan que entrar a Cuba con un pasaporte cubano.La cuestión se ha complicado aún más con la llamada Ley de Nietos. Hasta la fecha, 66,000 cubanos han recibido ya pasaporte español y se calcula que podrían sobrepasar los 180,000 cuando se resuelvan todas las solicitudes de nacionalidad en trámite, informaron a Efe fuentes consulares españolas.Hasta ahora la adopción del la ciudadanía norteamericana podría considerarse traición, venderse al enemigo y cambiar al país por un pantalón de marca. Al hacerse españoles miles de cubanos han dado un paso más allá. No solo -de acuerdo al punto de vista del gobierno cubano- han incurrido en todas las formas de deslealtad enunciadas anteriormente, sino han demostrado un enorme desprecio por la situación en que ha caído su país de origen. Las implicaciones son varias y las lecturas también -desde echar por tierra los ideales independentistas hasta estar más allá de conceptos en transformación en el mundo moderno, como es el de patria-, pero están diciendo a las claras una sola cosa: la Cuba que ellos conocen no vale una peseta.Para un gobierno que machaca hasta el cansancio un ideal nacionalista decimonónico -y cuyos repetidores en el exterior pulsan una y otra vez la misma tecla- admitir la doble ciudadanía es demasiado. Pero tampoco parecen estar dispuestos a poner en práctica la ley, y despojar de la ciudadanía cubana a quienes no la quieren. Incluso dentro de Cuba se han dado casos de intentos de renuncia de la ciudadanía cubana.Esta doble trampa para el gobierno cubano es una de las razones que impide que se lleve a cabo una reforma inmigratoria amplia y completa.
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