jueves, 4 de abril de 2019

América latina: la historia desconcertante.

Por Rafael Rojas.

Edwin Williamson es uno de los latinoamericanistas británicos más reconocidos en el mundo. Dedicó décadas a estudiar a Miguel de Cervantes y a Jorge Luis Borges y se ganó el duro corazón de los hispanistas aquí y allá. Tras décadas de lecturas de clásicos de la lengua española, decidió probar fortuna en una historia general de América Latina, entre la conquista en el siglo XVI y la globalización en el siglo XXI. El resultado ha sido exitoso: The Penguin History of Latin America, la edición original de esta Historia de Williamson, lleva tres décadas muy bien ubicada en las principales librerías y universidades británicas y estadounidenses.

En América Latina tenemos nuestra propia tradición de historias generales. Luego de los viejos liberales, tipo Mariano Picón Salas y Germán Arciniegas, vinieron los revisionistas de la Guerra Fría, tipo Tulio Halperin Donghi o Pablo González Casanova. Publicada inicialmente en 1992, año de la desintegración de la urss, el de Williamson es acaso el primer intento serio de recontar la historia de esta parte del mundo después de la Guerra Fría. Las últimas ediciones del volumen que han hecho Penguin Random House en inglés y el Fondo de Cultura Económica en español extienden la narrativa y el análisis de Williamson hasta las primeras décadas del siglo XXI.

Ya hablaremos del cambio de perspectiva que produce aquel contexto de escritura de la primera versión del volumen, pero adelantemos que este libro partió de la idea de que la nueva reconfiguración del mundo tras la caída del Muro de Berlín demandaba otra manera de pensar la experiencia moderna latinoamericana. Sin aquella contextualización difícilmente Williamson habría podido finalizar su libro analizando el impacto de las transiciones democráticas y las reformas económicas de fines del siglo XX en la América Latina de hoy.

Edwin Williamson arranca con una narración compacta de las conquistas del Caribe y Tierra Firme, México y el Perú, tan atenta a la supervivencia de las culturas prehispánicas como a la construcción del nuevo orden legal e institucional de los regímenes virreinales. Desde esa primera parte del volumen, “La era del imperio”, el historiador británico evita el error común de excluir a Brasil de la experiencia colonial latinoamericana por medio de un capítulo que describe en sus detalles fundamentales el mundo colonial brasileño. Dice Williamson que, antes que el Caribe, cuyo “boom sacarócrata”, como decía Manuel Moreno Fraginals, no estalló hasta la primera mitad del siglo XIX, Brasil fue la primera sociedad esclavista adaptada a una economía de exportación por medio del azúcar y del oro de Minas Gerais, Mato Grosso y Goiás.

Moreno Fraginals, Hugh Thomas, Franklin W. Knight y otros historiadores llamaron la atención de que las sugar islands antillanas habían sido el laboratorio de las economías esclavistas de plantación del Caribe hispano, pero Williamson recuerda que Brasil fue el gran antecedente de esa forma de organización de la sociedad en el mundo atlántico desde el siglo XVII. En el tramo de las reformas borbónicas y las revoluciones hispánicas, entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, que Williamson, de acuerdo con la historiografía revisionista más reciente, estudia como un periodo único, la independencia aparece como el último acto del choque entre Habsburgos y Borbones por la racionalidad del Estado latinoamericano.

Tras algunos pasajes dedicados a las guerras civiles poscoloniales y al choque entre liberales y conservadores, Williamson no se detiene demasiado en la época de los regímenes de orden y progreso a fines del XIX, aunque dedica páginas de alta precisión a reseñar la influencia del positivismo. La modernización finisecular en Brasil con la república postesclavista y en México con el porfiriato creó pautas estructurales de gran persistencia. En otros países, como Argentina y Cuba, el crecimiento del modelo exportador se propagó hasta las primeras décadas del siglo XX, como consecuencia del alza en los precios de la lana, el trigo, la carne y el azúcar y, también, del aumento de las inversiones de Gran Bretaña y Estados Unidos, especialmente en minería y ferrocarriles.

Hacia 1930, Williamson identifica un giro histórico, como consecuencia de la consolidación institucional de la Revolución mexicana, durante el maximato y el cardenismo, y el ascenso de los grandes populismos en Brasil y Argentina. La explicación que el historiador da al peronismo argentino, como un “caudillismo de sociedad industrial”, podría extenderse a buena parte de los populismos latinoamericanos, donde viejas oligarquías agrarias y ganaderas se enfrentaron a los movimientos obreros y de masas, liderados por la clase media comercial y profesional, así como por las juventudes universitarias radicalizadas. Una contradicción similar, aunque con mayor base campesina, tendría lugar en los nacionalismos revolucionarios de los Andes, Centroamérica, el Caribe y México, enfrentados a las élites latifundistas y a las compañías norteamericanas comercializadoras de frutos.

Además de Brasil, Argentina y México, los tres mayores países latinoamericanos, Williamson dedica páginas brillantes a Cuba y Chile, dos países donde observa variantes excepcionales, de gran resonancia en la región. En Chile, un siglo XIX largamente estable tras el experimento portaliano, transita a un siglo XX con una democracia que dio gran protagonismo a las izquierdas socialistas y comunistas. La llegada al poder de Salvador Allende y Unidad Popular, por la vía electoral, en 1970, se explica, en buena medida, por aquella sólida tradición de centro-izquierda que incluye los gobiernos de Carlos Ibáñez, Marmaduke Grove, Pedro Aguirre Cerda y Gabriel González Videla, entre los años veinte y cincuenta.

En Cuba, una isla del Caribe sometida a la hegemonía económica y política de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX, se produjo una Revolución nacionalista-revolucionaria radical que, en menos de dos años, evolucionó hacia el primer y único proyecto marxista-leninista de las Américas. Los casos de Chile, donde un socialismo por vías democráticas es derrocado por un golpe de Estado de la derecha anticomunista, respaldado por Estados Unidos, y Cuba, donde el experimento socialista sobrevive gracias a la ayuda de la Unión Soviética, conforman el díptico ejemplar de los conflictos de la Guerra Fría en América Latina.

Hacia 2007, cuando llegan al poder las izquierdas bolivarianas o del “socialismo del siglo XXI”, la población latinoamericana, menos en Ecuador y Bolivia, es urbana en más de un 75%. Sin embargo, tanto en Ecuador y Bolivia, como en Venezuela y Cuba, el acceso a internet era inferior al 20%. Países con enormes riquezas naturales y humanas poseían millones de habitantes por debajo de la línea de la pobreza y casi todos reportaban un coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, por encima de 46 puntos. Una década después de aquellos gobiernos y del “boom de los commodities”, y en medio del ascenso hemisférico de la nueva derecha, las estadísticas latinoamericanas siguen siendo muy parecidas. La primera frase del libro de Edwin Williamson acerca de que la historia de América Latina es “fascinante”, y a la vez “desconcertante”, adquiere un sentido irrefutable
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