martes, 9 de abril de 2019

¿Sesenta años de castrismo han dignificado a la mujer cubana?

Por René Gómez Manzano.

El pasado sábado 30, el Noticiero de la Televisión Cubana consagró un reportaje al supuesto papel de la Revolución en la dignificación de la mujer. El trabajo periodístico hacía alusión a un encuentro consagrado al tema y financiado por la Fundación Guayasamín. Los oradores contrapusieron el progreso alcanzado en nuestro país al estancamiento que -afirmaron- se observa en otros de América Latina en este campo.

Se trata de uno de los lugares comunes de la retórica castrista. Es algo en lo que se ha venido insistiendo desde la trepa al poder de los guerrilleros extremistas en 1959. Pero resulta evidente que la sola repetición de una afirmación no la convierte en una verdad. Por ello conviene que nos preguntemos: ¿Hay algo de cierto en esto? La victoria de Fidel Castro y sus amigos, ¿representó una mejora en el estatus de la mujer cubana?

En ese contexto, parece justo destacar, ante todo, que la situación de nuestras compatriotas no era tan desfavorable como la presenta la propaganda comunista. A las féminas cubanas se les reconoció el derecho al voto en 1928; varias de ellas fueron delegadas a la Convención Constituyente de 1940, que representó un gran paso de avance en esta materia. En 1950, bajo el gobierno del doctor Carlos Prío, la Ley 9 equiparó los derechos civiles de las casadas a los de sus maridos.

Con respecto a lo acaecido tras el triunfo revolucionario, es probable que, en los meses que lo siguieron, haya habido en este campo algún progreso adicional. También es posible que, en aquel momento, ese cambio haya marcado una diferencia con el resto del subcontinente. Pero no con posterioridad. Veamos algunos hechos objetivos.

El régimen castrista ha sido el más longevo de Latinoamérica. Pero en sus sesenta años de duración, sólo podemos mencionar a dos mujeres que han desempeñado un papel de cierto destaque en la vida pública cubana. Son ellas Celia Sánchez Manduley y Vilma Espín Guillois.

¡Qué casualidad que cada una de ambas se caracterizó por mantener un vínculo personal con los machos dominantes en el escenario nacional!: La primera sostenía un relación especial con el fundador de la dinastía. La otra era la esposa del segundo hombre del régimen: el mismo que hoy dirige el país desde el cargo de Primer Secretario del único partido.

Y los cargos públicos de una y otra carecían de verdadera relevancia: Celia, aunque disponía de gran poder, fungía como una especie de Jefa de Despacho del mandamás de turno. Por su parte, Vilma Espín desempeñaba la Presidencia de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), un cargo que, por definición, debe ser ejercido por una fémina.

¡Aunque con esos castristas nunca se sabe! Los puestos dirigentes de la Unión de Jóvenes Comunistas o de la misma FMC podrán ser desempeñados respectivamente por personas que no han llegado a la madurez o por damas; ¡pero los discursos que sirven de colofón a sus congresos son pronunciados sin falta por machos de avanzada edad!

(Ahora que el CENESEX libra una loable campaña contra la homofobia, siempre me he preguntado si, cuando se celebre una conferencia de miembros de la comunidad LGBTI, ¡las palabras de clausura del evento serán pronunciadas también por Machado Ventura, el presidente Díaz-Canel o el mismísimo Raúl Castro!).

Pero volvamos al papel de la mujer. Mientras en la Gran Antilla ha existido la situación antes descrita, ¡en América Latina ha habido nueve señoras que han ocupado la primera magistratura de su respectivo país; la gran mayoría por haber sido electas por sus conciudadanos para ocupar ese alto cargo. Aquí viene como anillo al dedo la frase acuñada por los agitadores castristas para destacar la supuesta inexistencia en nuestro país de determinadas lacras: “¡Ninguna de ellas es cubana!”.

Recordemos los nombres de esas destacadas latinoamericanas y el año de su llegada al poder: Isabel Martínez de Perón (Argentina, 1974), Lidia Guéiler (Bolivia, 1979), Violeta Barrios de Chamorro (Nicaragua, 1990, primera en ser electa como Presidenta por el pueblo), Rosalía Arteaga (Ecuador, 1997), Mireya Moscoso (Panamá, 1999), Cristina Fernández de Kirchner (Argentina, 2007), Laura Chinchilla (Costa Rica, 2010), Dilma Roussef (Brasil, 2011) y Michelle Bachelet (Chile, 2006 y 2014).

Claro que no necesariamente uno tiene que sentir simpatías por cada una de esas señoras. La corrupción codiciosa de la última presidenta argentina (por sólo citar un ejemplo) provoca antipatía. Pero mientras en países de Nuestra América esas féminas estuvieron al frente de su nación, en nuestro país no sucedía algo que se pareciera (ni siquiera de lejos) a eso.

Pero esas realidades no interesan a los rojillos del subcontinente. Como coartada, ellos mencionan el 49% de diputadas que hay en la Asamblea Nacional cubana. ¡De verdad se creerán esas cosas o sólo fingen creerlas? ¡Será posible que no sepan que el llamado “parlamento” de nuestro país no decide nada y se limita a aprobar lo resuelto en otras instancias?

Pero eso no importa. Los socialistas carnívoros no tienen ojos para ver la realidad. Como viejas cotorras enloquecidas que repiten mil veces la única frase aprendida en su juventud (aunque no venga al caso), ellos siguen con su cantinela sobre el “papel de la Revolución Cubana en la dignificación de la mujer, en contraste con la situación en el resto de América Latina”. ¡Y hasta se lo creen!
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