lunes, 29 de abril de 2019

Envejecer en Cuba es despertar sin saber para qué.

Por Ramón Fernández.

El tiempo es inclemente. Castiga sin misericordia a la piedra, a los árboles y al cuerpo humano. Pero en Cuba hacen el mismo camino la piedra y las personas. Los edificios envejecen al paso de la gente que, posiblemente, fue testigo de su construcción, o ya estaban allí cuando los viejos de hoy vinieron a este mundo.

Lo que no pensaron es que ese mundo iba a ser un mundo cruel en su vejez. Lo dieron todo. Soñaron todos los sueños. Y hasta tuvieron la ingenuidad o la buena voluntad de llenarse de paciencia, al ver que ese mundo soñado demoraba, y aun así supieron decir “todavía”, y se animaban musitando “ya vendrá”.


Pero el mundo a su alrededor comenzó a descascararse. Las paredes de la casa pedían pintura a gritos. Las cañerías se oxidaron. Un día, no corrió nunca más agua por ellas y hubo que aprender a cargarla en cubos, en garrafas, en cuanta cosa apareciera para que se bañaran sus hijos, y para que sus hijas cocinaran a los nietos.

Y en el espejo comenzó a aparecer un rostro diferente del que recordaban. Un rostro azotado por las tormentas de la vida. Por los insomnios y la vigilia. Por los fantasmas que comenzaron a habitar sus cada vez más cortas noches.

Ese anciano que aparece en el espejo empezó a sospechar que el mundo prometido no vendría jamás. Lo sospechaba porque sus hijos partieron. Se fueron a vivir lejos, en una realidad distinta. Y los edificios de la manzana comenzaron también a despedirse y con ellos se fue, poco a poco, su memoria.

Y vino una primera oscuridad, y luego otra y otra. Y se jubilaron porque ya era inútil y a veces imposible acudir a sus trabajos. Y total, para qué, porque nada en este mundo pagaba tanto sufrimiento. Y entonces tuvieron más tiempo libre para que les doliera un poco más el tiempo.

Más tiempo para extrañar a los que ya no estaban, los muertos y los vivos. Y sus calles dejaron brotar la tierra que cubría el asfalto, y tuvieron más baches que la cara de Randy Alonso, el inmutable presentador del programa Mesa Redonda.

Y todo fue una ruleta, una rutina, solamente rota por algún mensaje, unos dólares que les llegaban. No a todos, porque otros tuvieron que inventar qué vender para aumentar el magro cheque del retiro. Y empezaron a pensar que habían vivido tanto para nada, para volverse lentamente viejos, del color del polvo que les rodea, sin una luz que anuncie un mañana diferente.

Y volvieron a la más primitiva de las ocupaciones: la recolección. Con dinero y sin dinero, su vida consiste en caminar, arrastrando los pies, recorrer tiendas y mercados, colas y molotes, porque lo único vivo son el hambre y los gritos, y el sonido cada vez más insolente de la ciudad.

Y viejos como ellos, porque Cuba envejece. El noticiero de la televisión sigue siendo el mismo, con las mismas noticias y las mismas alarmas por supuestas agresiones del enemigo. Y solamente comprueban el paso del tiempo porque los dirigentes que aparecen, que son casi los mismos de hace medio siglo, ahora han perdido el pelo o se llenaron de canas.

De pronto anunciaron reformas. Murió el gran culpable de haber estado demasiado ocupados toda la vida en cosas que les quitaron la vida, escuchando al que prometió que el maná caería del cielo, el egocéntrico enfebrecido que hablaba y hablaba y hablaba. Y cuando sacaron la cuenta, habían estado más tiempo hipnotizados por sus delirios, en vivo o por televisión, que queriendo a sus hijos.

Pero aquellas reformas fueron más de lo mismo, y hasta en algunos casos, un castigo, porque: “una de las primeras medidas adoptadas como parte de las reformas económicas fue suprimir los subsidios excesivos y las gratuidades indebidas, algo que afectó a los de más bajos ingresos, y aunque se contemplaba el aumento de las pensiones, no fue hasta finales del año pasado (2018) que (el gobierno) aumentó las pensiones más bajas hasta igualarlas a 242 pesos cubanos, que es ahora la pensión mínima”.

Las cosas que amaban dejaron de verse y escucharse, los olores y los sabores conocidos desaparecieron o estaban prohibidos; perdieron los dientes y la vista, y solamente quedó la mala memoria de aquellos tiempos en que pensaron que el mundo estaba ahí, al alcance de sus manos, y que morirían tranquilos, satisfechos de poder dejarles a sus hijos y nietos una casa cómoda, unos buenos recuerdos, y la luz de algo que una vez pensaron que se parecía a la felicidad.

Volverse viejo en Cuba es la peor de las tristezas, el más doloroso de los desamparos. El vacío absoluto de despertar sin saber para qué.
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