jueves, 4 de abril de 2019

Batista, el Hombre, está aquí.

Por Darcy Borrero Batista.

Tumba de Fulgencio Batista / Foto: Darcy Borrero

Cuando el esposo de María no está enterrando al cadáver recién llegado, está cuidando el cementerio. Ahora ella, que en realidad no se llama María, calienta el aceite en la sartén y me atiende antes de ponerse a freír.

María y su esposo trabajan aquí, comen aquí, se cepillan los dientes aquí, se bañan, se visten, se acuestan aquí. Sus dos hijos han sido el resultado de una vida aquí, y «aquí» significa a pocos metros de la tumba de Fulgencio Batista, el hombre que carga en su espalda con el plomo sucio de la Cuba prerrevolucionaria. Contra el que hubo que sublevarse porque había transformado al país en un patio estadounidense, en el corral VIP de la mafia. Dicen los libros de Historia. No lo dicen así pero ya saben, más o menos así.

María no puede contar más nada. Este cementerio, hoy día el más antiguo de Madrid, es privado. Y ella cuida el puesto de su marido, que a su vez cuida la tumba de Batista sin saber quién fue o qué hizo. María cuida su sustento y el de sus hijos. Sabe que los vivos pueden hacer mucho daño. Ella, que vive entre muertos, lo tiene clarísimo: «Hay que temerles más a los vivos que a los muertos. Los muertos no hacen nada».

No preguntan, por ejemplo. No te piden una foto, no molestan. Ni siquiera hay que saber de ellos. A ningún muerto le importa que no te sepas su nombre aunque duerma a pocos metros de ti, aunque sea tu vecino. En cambio, un vecino vivo puede exigir que sepas su nombre o que le pases azúcar o sal cuando se le ha acabado.

Pienso esto frente a la tumba de Batista, que ahora está ahí, sin molestar a María ni a los suyos ni a ningún otro. Aunque debe decirse que por aquí no pasa nadie. Este lunes me siento dueña del cementerio donde descansa este paisano que en vida hizo lo que quiso con mi/su país, pero no pudo salvar a su hijo de 19 años de la muerte. Yo, que ahora tengo 25 y acabo de conocer otro lado del mundo, leo las fechas (Carlos Manuel Batista Fernández 10-4-1950/3-11-1969) y siento pavor.


En los archivos del diario ABC, 17 de agosto de 1957, encuentro a Batista entreteniendo a otro de sus hijos, el pequeño Fulgencio, mientras la madre le da la comida. La foto me grita. Hay un escándalo que solo yo escucho. Este muerto quiere decir. En el periódico, desde la imagen que guarda tanto expresionismo como cualquier cuadro alemán de posguerra, el niño, Batista y la esposa me gritan.

Sin embargo, nada me dicen estos dos muertos, ni el tercero, en el cementerio. Esta tumba es muda y eso ya es una redundancia. Paso la mano por el mármol. La dejo pegada por un rato. Miro la tierra y dudo si tomar alguna porción. No lo hago. Pienso que de todas formas, si lo hiciera, nadie vendría a regañarme.

Los vivos que más cerca tengo están a unos cien metros, más preocupados por su horario de almuerzo que por una intrusa que se hace selfies y lee un libro en una tumba. Busco algo que haga única esta experiencia. Para lograrlo, he traído una cerveza de la cual he guardado un sorbo por si acaso. No podía permitirme ningún fallo. El libro de Wendy Guerra también está aquí. Contrasta su título, Nunca fui primera dama, con un fragmento de la inscripción de la lápida de la Familia Batista: «Ex Primera Dama de la República de Cuba».

Después de medio siglo y mucha paja sobre el tejado, después de muchas Wendys y muchas guerras, esta frase parece poco menos que un absurdo. Hoy, 18 de marzo de 2019, Cuba tiene la Primera Dama de la Revolución Lis Cuesta. Su antecesora fue, hace casi seis décadas, la mujer de Manuel Urrutia, el efímero presidente de 1959 que sustituyó a Batista y dio paso a Osvaldo Dorticós, con Fidel Castro en funciones de Primer Ministro.

En la República, según los historiadores, hubo al menos 18 Primeras Damas. Lo que antes fue visto como un reducto burgués ahora es parte de la adaptación al mundo democrático y su nomenclatura. Es el cambio y la supervivencia del socialismo cubano.

Me tomo mi último sorbo de cerveza, Mahou roja, 1890, como quien se bebe un sorbo de historia. Medito sobre Wendy Guerra y uno de los personajes de su novela: Celia Sánchez. Celia, el rostro femenino de la Revolución cubana, nunca fue primera dama. Ni tendría por qué serlo.

Esto de las relaciones lo lleva la mente como le place. No hagan caso a mis asociaciones porque no tengo mucha experiencia en el área. Nunca he visitado tumbas de primeras damas. Ni de dictadores.

Tenía dos opciones: ir o no ir. Y una vez que decidí lo primero, tuve otras dos posibilidades: el bus o las piernas. Elegí esta vez lo segundo y me dejé llevar por Siri mientras tuve WiFi. Luego Siri desapareció y tuve que reemplazarla por las personas que encontraba a mi paso. El paisaje lo componían los techos rojizos y monótonos de Madrid con los cipreses de fondo en mi cuadro visual.

Me dijo un desconocido, ex obrero polígrafo de rotativos del siglo pasado, que caminara por esa misma calle, Herminio Puertas, hasta llegar a Sepúlveda. Que girara a la izquierda y cuando viera una pista ancha, como de carreras de autos, allí me recibiría el Cementerio Sacramental de San Pedro, San Andrés y San Isidro.

No estaba todo tan claro en mi cabeza como en la del guía y, ante la pista ancha, me hice la misma pregunta: hacia dónde voy. Sin embargo, esta tumba me provocaba un interés difícil de disimular y se me hizo fácil disparar contra los límites. Porque qué es, sino disparar contra los límites, el hecho de caminar tres kilómetros en medio de lo que podríamos llamar una apretada agenda amistosa en Madrid solo para visitar a Batista. En realidad lo que sucede es otra cosa, y podría resumirse en la palabra fetiche. Aunque aquí se me unen como mínimo dos: los huesos y su destino final, por una parte, y el medio olvidado personaje Fulgencio Batista, por otra.

Este hombre, que ahora es cadáver enterrado a 7000 kilómetros de donde nació, llevó mi apellido, nació cerca de donde nací y, por si fuera poco, su biografía alimenta un mito familiar construido durante la segunda mitad del siglo pasado. Mi bisabuelo, Fermín Batista, uno de los presos de la Revolución en sus inicios, fue acusado de contrarrevolucionario por transportar en su jeep una planta transmisora que serviría al «enemigo» para «acciones desestabilizadoras». Es cierto que a este tipo de muerto —mi bisabuelo— nadie en Cuba lo ha querido desenterrar. Huele peor que cualquier otra clase de cadáveres.

Pero yo saco este muerto como quien se saca una espina del tórax. Lo saco frente a la tumba de Batista, el General al que he venido a ver, un poco respondiendo al mito de que, cuando iba a Palma Soriano, Batista pasaba a saludar a mi bisabuelo. Como uno puede suponer, tampoco es que mi bisabuelo recibiera todos los días esa visita de Estado, si es que realmente la recibía. Dado que tampoco tengo pruebas de esto, me concentro en el presente, un hombre de rasgos asiáticos, y pasos ágiles para su edad, que ahora se acerca a mí.

—Buenas, ¿cómo llego al Cementerio de San Isidro? —le digo.

—¿Inglés?

—Well, I´m looking for the San Isidro´s cemetery. How can I get there?

—Come with me, I will accompany to you

—Oh, thank you. Where are you from?

—Filipinas. Yo, filipino. I’m here because of my daughter. You know? And now I’m doing exercises.

—How old are u?

—83. I went out from Filipinas because it´s poor. Filipinas poor. The government too bad.

De gobiernos se trata esto, pienso.

La hija del filipino, cuyo nombre me es imposible escribir, lo llama al celular y, por lo poco que logro entender, le pide que regrese. Aquí empieza y acaba una relación de las que se establece con solo mirarse a los ojos y confiar. Mediante señales, el filipino me indica el resto del camino. Unos pasos más, en línea recta, y chocaré con San Isidro.


Entro por una puerta que no parece la entrada de un cementerio. Si pasara de largo, no podría adivinar que aquí está enterrado alguien. Menos un dictador, el dictador que allanó el camino a la revolución, el antecedente del 1984 orwelliano insular, un 1959 en el que «se acabó la diversión». La historia de Batista, en los libros de historia de Cuba, termina con su salida del país. No se le da bien a la prensa ni al relato oficial contar la historia de los vencidos, por muy dictador que fuera este vencido o por muy ladrón que fuera este dictador cuya cabeza valía la fortuna de 100 millones de dólares. ¿Quién los heredó? ¿Quién tiene 100 años de perdón?

A la entrada del cementerio hay una floristería en la que sobran flores y faltan compradores. Cualquiera juzgaría a priori que va muy mal este negocio necrológico/funerario. La oferta-demanda, este lunes 18 de marzo, parece el cachumbambé de un parque infantil cubano: la niña gorda arriba, proponiendo el juego, y la flaquita abajo, resistiéndose. (Nota al margen: evitar sexismo.)

El parque está, también, desierto. Solo los empleados de una empresa equivalente a Comunales, que se doblan el lomo trabajando y ahora se concentran en su almuerzo, sin saber de un tal Batista enterrado aquí, pastan como ovejas. Yo también me decido a pastar como oveja. O como vaca loca en un terreno impreciso. El vendedor de flores me indica que a la izquierda, inmediatamente, encontraré a Batista. No está solo. Con él, su viuda, la Dra. Martha Fernández, y el hijo de ambos, Carlos Manuel Batista, a quien le llegó la muerte muy temprano.

Esta historia tiene un flashback.

El General Batista, antes de ser General o cualquier otra cosa, era bastardo, tan bastardo que estaba dispuesto a hacer de todo para cambiar su historia. Este bastardo de Banes, que se dedicaba a poner traviesas del tren para ganar el pan, llegó a sargento taquígrafo y siguió escaleras arriba, primero hasta el grado de Coronel. El pequeño analfabeto-pone-traviesas-de-tren también arribó a la Universidad de La Habana como profesor de inglés, idioma que, dicen las malas lenguas, hablaba casi mejor que el castellano.

Bajo el paraguas de su poder, se impulsó la Constitución de 1940, donde participaron figuras que iban desde Jorge Mañach hasta Blas Roca o Lázaro Peña. Pero estos datos biográficos, y los que lo sitúan en la lista negra de los peores tiranos, ¿qué hacen frente a una tumba ínfima, modesta y sobria en comparación con sus tumbas vecinas? Respondan ustedes, ahora que saben dónde descansa, desde 1973, el dictador.

¿Cómo llegó aquí El Hombre?

Quizás poco importe que el general, tras su huida de Cuba, arribara a República Dominicana, donde Trujillo, el Chivo, daba aún su fiesta —su última fiesta: 1952-1961. Quienes le han seguido la pista dicen que allí, sin embargo, Batista no fue recibido con buenos ojos. Por eso decidió mandar a su familia a Portugal, donde Salazar, otro dictador, le ofreció protección. Se instaló en la tranquila y paradisíaca isla de Madeira hasta que se decantó por la villa de Estoril, para que luego lo sorprendiera la muerte allí donde había encontrado su verdadero refugio: la España de Franco.

En Marbella, donde solía veranear El Hombre, un infarto al miocardio lo sorprendió el 6 de agosto de 1973. Su mujer lo sobrevivió. Ella no se permitió el descanso hasta el viernes 6 de octubre de 2006, unos meses antes de que el secretario Carlos Valenciaga anunciase que el mandatario Fidel Castro, mientras se recuperaba de una intervención quirúrgica intestinal, delegaba provisionalmente su cargo en Raúl Castro.

Sobre Martha, el diario ABC, espléndido en seguir la ruta de la familia Batista, dijo lo siguiente: «Ha fallecido en su residencia de Miami, en el estado de Florida (EE.UU.), a la edad de 82 años, Marta Fernández de Batista, segunda esposa y viuda del fallecido dictador cubano Fulgencio Batista.

«Marta Fernández Miranda, su nombre de soltera, era muy conocida por su dedicación a obras benéficas y asociaciones humanitarias, como las que luchaban por erradicar el cáncer o la leucemia».

El resto, tres párrafos de la necrológica, están dedicados a Batista. En la columna vecina se reseña la muerte de Johnny Apple, un veterano periodista del New York Times. Pero la verdadera manzana aparece más abajo con este rótulo: Algunas figuras desaparecidas en el año 1973. Les digo un par de nombres para entusiasmarlos: Salvador Allende, Pablo Neruda, Lyndon B. Johnson, Henri Carriére (Papillon), John Ford.

Añado un par de mujeres: Pearl S. Buck y Ana Magnani. Ninguna fue Primera Dama. Ni falta les hacía.
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