lunes, 13 de noviembre de 2023

El Rubicón de los cubanos (i).

Por Alberto Méndez Castelló.

“Lo que hace falta es comida”, escuché decir a una mujer la semana pasada, en una cola para luego de meses de desabastecimiento, comprar aceite racionado; “habiendo comida no hay problemas”, dijo un afrodescendiente, viejo, subalimentado y, acto seguido, un joven, que vestía la camiseta de un famoso equipo de futbol español, confirmó: “Así mismo, teniendo comida en Cuba no hay problemas”. “Ah, no jodan ustedes… ¡Lo que sobra en Cuba es comida, miren lo barrigones que están los jefes! Y el que tiene dinero compra toda la comida que quiera, traída por el Mariel, de Estados Unidos… ¿O ustedes no saben que aquí hay comunistas que tienen de todo para vender…?”, dijo, iracundo, un hombre como de 40 años, al que visiblemente molesto, el afrodescendiente contestó: “Los dirigentes tienen que comer, porque si no, cómo se van a pasar las noches y las madrugadas reunidos, buscando soluciones para los problemas del pueblo”. 

Y, aunque esas expresiones parezcan literatura del absurdo, no es ficción. Ocurrió en mi presencia, de forma pública y notoria. Hay testigos de aquel afrodescendiente, defendiendo a los dirigentes barrigudos, “reunidos”, buscando “soluciones para los problemas del pueblo”. Esta escena mil veces repetida durante más de medio siglo, forma parte de nuestra cotidianidad, es parte del panorama socioeconómico y sociopolítico del castrocomunismo, y particularmente del cubano y de lo cubano, desde el ya lejano 12 de marzo de 1962, cuando mediante la Ley No. 1015, entró en vigor el racionamiento, agravado luego por la llamada “ofensiva revolucionaria”, iniciada el 13 de marzo de 1968, mediante la que fueron expropiadas bodegas, tiendas de víveres, carnicerías, todos los pequeños negocios privados que aun existían luego de que el Estado totalitario expropiara las grandes industrias, cadenas de tiendas, comercios y almacenes mayoristas, haciendo de la cubana, una sociedad de economía cerrada, estatista.

Reducido hoy el racionamiento a un puñado de arroz, otro de azúcar, y acaso, algunos huevos o un poco de café mezclado con chícharos, es el racionamiento uno de los muchos ejemplos de la condensación, hasta la solidez, del estadio sumiso de los cubanos, sin par, o pocas veces visto en tal grado de genuflexión ante un gobierno fracasado, y no por el “bloqueo yanqui”, como algunos llaman al embargo estadounidense, sino por el terco empecinamiento del régimen comunista, que para perpetuarse en el poder, mantiene el monopolio totalitario en la vida toda de la nación, sobre la que insidiosamente, cae la centralización del comercio de importación y por efecto bumerán sobre el ser humano, reduciendo sus valores intrínsecos.

De forma penosa, lastimosamente cruel, por su alejamiento de la condición humana y su cercanía con el enchiqueramiento, ese del animal de corral, de establo, más que con el estado libre de la res selvática, expresiones o comentarios como los citados al inicio de este artículo, al estilo de, “teniendo comida en Cuba no hay problemas”, son de uso corriente en cualquier calle de cualquier ciudad cubana e, incluso, entre no pocos cubanos que residen en Miami, en Madrid u otras ciudades del mundo, y aunque dichas en países civilizados, esas palabras desde el punto de vista del ser humano y su contexto, conllevarían la atención urgente de sociólogos y psiquiatras, por el gravísimo estado de mendicidad cívica y enajenación social que implican, no sólo en quienes las expresan, sino como retrato de la nación toda.

Si entendemos por nación ese cuerpo popular que habita un mismo país y está constituido bajo un mismo soberano o gobierno, según el concepto de Noah Webster, entonces en ese cuerpo popular, entiéndase las personas sujetas a una administración gubernamental, no puede existir un verdadero discernimiento si el criterio individual, la conciencia del ser humano, sujeto a deberes pero también libre por derechos, es objeto de secuestro por la clase política en el poder, llevando a la persona a escala nacional a padecer abulia, cinismo y hasta síndrome de Estocolmo, esto es, apego por su captor, lo que conducirá a un “cuerpo popular” insano, porque la intención de sus actos, jurídicamente hablando, está obstruida por el error, la ignorancia, o, la simulación, en una república que no es tal, sino rebajada hasta el mero “montón de gente”, sujeta a la hipocresía, el fraude, la amenaza, e incluso a la lesión y la muerte de forma “legal,” mediante fusilamientos por sentencia de los tribunales, o mediante crímenes cometidos entre coterráneos por móviles pasionales o por lucro, inducidos todos por un medio hostil a la persona. Y estos no son sucesos nuevos. Ocurrieron durante las dos dictaduras que padeció Cuba entre 1933 y 1958, y ocurren en la dictadura castrista que padecemos desde 1959 hasta el presente. Es nuestra tara. Y no por falta de herramientas, sino de aplicación al limarla.

Se sabe, no son las tiranías, comunistas ni de ninguna otra filiación política, dadas a otorgar libertades, sino a coartarlas. Y compréndase la existencia en una dictadura como la falta de libertad perpetua aunque usted pueda ir caminando por una calle o permanezca en su casa, con su familia, pues, es la limitación de la libertad, el apremio físico, psicológico, la fuerza o la intimidación, ejercida sobre el sujeto para que preste su consentimiento en la celebración de un acto político, jurídico, o en la conjunción de ambos, en el que, sin la intervención de esa exigencia sobre la persona, limitante de libertad, tácita o presunta, nunca, jamás, se hubiera celebrado tal anuencia, o se hubiera proclamado de otro modo.

Y como es sabido no existe en la persona voluntad para ejercer un acto propio de sí misma, sino una simulación, cuando se ejerce cualquier fuerza, sea física o psicológica sobre el individuo, porque es vicio del consentimiento, porque la persona ejerce una voluntad que no es libre ni espontánea, aunque asuma esa apariencia, porque la persona amenazada con un mal futuro, por instinto de conservación, asume que puede ocurrir tal iniquidad de no dar su consentimiento. En el próximo artículo veremos cómo cruzar el Rubicón de los cubanos, que no es, según creen algunos, un caldero de comida dentro de la Isla o al otro lado del Estrecho de la Florida.

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