jueves, 27 de junio de 2013

Cuba, turismo e ideología.

Por Miguel Sales Figueroa.

El gobierno de Cuba publica regularmente estadísticas halagüeñas sobre el comportamiento del sector turístico de la isla. Según las autoridades, el número de visitantes internacionales y los ingresos conexos crecen cada año. En medio de la catástrofe de la industria azucarera, los rendimientos aleatorios de la agricultura, los vaivenes del mercado del níquel y la precariedad del trueque de servicios por petróleo venezolano, el turismo parece ser, junto con las remesas de los exiliados, la única fuente estable de divisas con que cuenta el régimen cubano.

Así, en 2011 acudieron a la isla 2.7 millones de visitantes que aportaron unos 2,500 millones de dólares al erario público. Se espera que este año la cifra de viajeros se aproxime a los 3 millones, que gastarán alrededor de 3,000 millones de dólares en bienes y servicios.

Aun suponiendo que estos datos oficiales sean fidedignos, las cifras están lejos de cuantificar un éxito incontestable. Para situarlas en el contexto internacional, cabe señalar que la Torre Eiffel recibe 7 millones de visitantes al año y a Disneyland París van 15 millones. España, que tiene cuatro veces y media la población de Cuba, acoge 20 veces más turistas (unos 60 millones) cada año. La República Dominicana, con una población equivalente (10 millones) y la mitad de la superficie de Cuba, recibe anualmente a 4 millones de visitantes y México, a 23 millones.


¿Por qué el sector turístico cubano obtiene resultados relativamente modestos? Después de todo, la combinación de clima, playa, cultura, sexo y paisaje que la isla ofrece al viajero es igual o superior a la de otros países de la región.

Uno de los factores que explican la lentitud del desarrollo turístico en la isla es la confrontación política con Estados Unidos, su mercado natural. En 1957, Cuba recibió 350,000 turistas, el 85% de ellos estadounidenses. Después del triunfo del castrismo en 1959, la ruptura con Washington y el embargo subsecuente, el turismo norteamericano se interrumpió. En 1972 Cuba sólo acogió a unos 2,600 viajeros internacionales. De hecho, la isla tardaría 33 años en recuperar el volumen de visitantes de 1957.

Al embargo estadounidense hay que añadir la ideología que, con altibajos, ha sustentado al régimen cubano durante medio siglo. Las autoridades castristas siempre han mirado con repugnancia ese invento de la alta burguesía inglesa del siglo XIX, consistente en ir a pasear a países más cálidos con bermudas de cuadros y una cámara de fotos colgada al cuello. Para construir el comunismo es indispensable controlar los movimientos de la población, la circulación de las ideas y la información. Y esa tarea resulta muy difícil cuando hay millones de extranjeros vagabundeando por el país.

En consecuencia, mientras duraron los subsidios soviéticos, el gobierno cubano desdeñó el turismo internacional. En esos años el sector no fue una fuente de ingresos para Cuba sino un capítulo de gastos. El Instituto de Amistad con los Pueblos invitaba constantemente a simpatizantes y posibles tontos útiles que, tras pasar una semana en la isla visitando granjas porcinas y bebiendo mojitos, regresaban a sus países a pregonar a los cuatro vientos las maravillas del paraíso proletario del Caribe. Hasta 1991, esta especie de “peregrinos políticos” –para emplear la expresión de Paul Hollander– desempeñó una función muy importante en la promoción internacional del castrismo.

Ahora, el régimen de Raúl Castro parece haber descartado finalmente los escrúpulos ideológicos con respecto al turismo internacional, del mismo modo que se ha resignado a recibir las remesas y visitas de los exiliados. Los jerarcas cubanos han hecho de tripas corazón, calculando que la ventaja económica compensará el menoscabo ideológico. El próximo paso será abrir de par en par las puertas al mercado estadounidense, si Obama quiere y el Congreso no se interpone.
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