miércoles, 26 de junio de 2013

La mutación del estado cubano.

Por Sergio Ramos.

La BBC destaca la reciente visita de una delegación vietnamita presidida por el vice primer ministro de Viet Nam  Nguyen Xuan Phuc.  La visita precede a otra que el dictador, General Raúl Castro hizo a ese país el pasado mes de  Julio. Acontece en medio de una serie de medidas económicas adoptadas por el régimen cubano en los últimos años.

Cuba aspira a mutar su sistema sin cambiar su cúpula en el poder como medio de sobrevivencia ante un mundo en recesión y dentro de una seria crisis económica nacional, resultante, mayormente, de su improductivo modelo incapaz de generar riqueza y desarrollo. Luego de cinco décadas, los gobernantes han tenido que reconocer que la economía estatizada y de dirección centralizada no funciona. Lo reconoce tras haber pasado más de veinte años de que los inventores y principales promotores del sistema, la URSS, tuvo que desecharlo por las mismas razones.

Pero el camino que intenta recorrer el gobierno cubano, no es el del cambio profundo y amplio que requiere la nación para beneficio del pueblo, sino que han optado por uno que le garantiza a la anciana oligarquía gobernante su permanencia en el poder y así poderlo traspasar a sus privilegiados herederos privilegiados de la casta gobernante.

China y Viet Nam, les ofrecen un ejemplo claro de esa mutación. Sobretodo este último, cuyo marco de control y restricciones es más severo que el del primero.

Cuando analizamos los cambios ocurridos en esos dos países y lo comparamos con otro modelo social, político y económico de antaño podemos observar una significativa similitud ―honrando sus variantes ― con el fascismo. Comparemos el modelo implementado en esos dos países asiáticos con los de Italia y Alemania en la década del 30 y 40 del siglo pasado.

En el fascismo, el gobierno lo controlan las élites, no el pueblo. Esa élite está agrupada en un solo partido legalmente admitido, haciendo exclusión de toda otra agrupación política o corriente de pensamiento distinta o alternativa.

El estado es superior y prevalece sobre el ciudadano. Está forjado sobre la base de su autoridad absoluta sobre cada individuo, al cual se les demanda una férrea disciplina y obediencia jerárquica. “Nada por encima del estado, nada contra el estado” según decía Mussolini, más tarde parafraseado por Fidel Castro.

El estado está dirigido por un líder supremo, alrededor del cual se centra un fuerte culto a su personalidad, que lo transforma en un semidiós omnisciente, omnipresente y omnipotente. Ese mismo endiosamiento está presente en las figuras máximas de dichos países asiáticos.

Las libertades y derechos civiles de los ciudadanos no son tales, sino son concesiones otorgadas a conveniencia del estado, en tanto y en cuanto no les perjudique.

El militarismo es esencial, pues la concepción de lucha contra los inferiores estados y sistemas políticos se demanda como demostración de superioridad. Esto va atado al  expansionismo de su modelo e ideología por cualquier medio, en aras del agrandamiento del estado. Del mismo modo que lo es para infundir el terror y miedo entre los habitantes del país y servir de fuerza represiva interna.

La política económica está basada en la autarquía e industrialismo, en el marco de un proteccionismo,  donde la economía está subordinada a los intereses políticos del estado. Funciona sobre una política intervensionista  que tiende a ayudar al gran capital, e incluso lo crea directamente, favoreciendo a la clase dirigente, creando carteles oligopolicos. Las corporaciones de empresarios, profesionales y obreros están para servir al estado.

Los sindicatos obreros están al servicio y bajo el control del estado como instrumento de control de la clase trabajadora. Los derechos laborales fundamentales están conculcados.

El modelo económico del fascismo tiene mucha similitud con las políticas económicas de las llamadas  Nuevas Políticas Económicas adoptada en la URSS por Vladimir I. Lenin  durante la década del veinte para paliar la crisis económica tras las Primera Guerra Mundial. Y es esa tangencia de los extremos totalitarios, lo que  hace factible la mutación del modelo centralizado marxista-leninista al estado corporativo del fascismo. Con la característica de que en este modelo neo-fascista, el estado mutante desarrolla un malabarismo dialéctico para mantener la retórica marxista. Algo nada difícil, pues en el totalitarismo, el control de los medios de comunicación masiva es absoluto y la libertad de expresión e información es nula.

Tanto Viet Nam como China  están controlados por una elite política afiliada a un solo partido admitido, quienes rigen por largas décadas a ambos países. La oposición, individual u organizada es duramente reprimida, quedando ausente los derechos humanos. Sus ciudadanos solos tienen aquellos derechos que le convenga otorgarle esos estados como cuestión de conveniencia.  Nada está por encima del estado al cual todos le están subordinados bajo un puño férreo. El hombre es para el estado, no el estado para el hombre.

En ambos países hay una figura central que rige el estado, al cual sus ciudadanos están obligados a rendirle pleitesía, en un culto a su persona santificado por el poder absoluto.

Los dos países cuentan con un presupuesto y aparato militar desproporcionado, y un organismo represivo implacable. En el caso particular de China, ha mostrado sus pretensiones imperiales incipientes, que recientemente se manifiestan en el diferendo con Japón por las Islas Senkaku (Diaoyu para los chinos) y su terquedad de no conceder la independencia al Tibet. Este expansionismo imperial chino irá en incremento en la medida que adquiera mayor poder político y económico, pudiendo llegar al retar a los Estados Unidos durante la segunda mitad de este Siglo.

La economía de ambos países asiáticos privilegia a dos tipos de personas: El inversionista extranjero y a la clase gobernante, convirtiéndose estos últimos en los nuevos ricos;  pero en ambos casos, sus economías están para servir al interés del estado, que aspira a la mayor  autarquía e industrialización posible.

Los derechos laborales en China y Viet Nam son nulos. El obrero trabaja según convenga a los intereses estatales, por el salario y las condiciones laborales que le convenga al régimen. En ambos casos, los sindicatos son controlados por el estado y sirven de poleas de transmisión de las políticas de sus respectivos gobiernos.

Para los fines de las oligarquías gobernantes, tanto en el caso de Viet Nam como el de China, ha resultado beneficioso, pues les ha garantizado la perpetuidad en el poder y el enriquecimiento, mientras que para sus respectivos pueblos, el estado de conculcación de sus derechos humanos y la esclavitud, prevalecen, con la variación de alguna mejora económica en algunos sectores limitados de la población.

Esa mutación del comunismo al fascismo es la que aspira lograr la actual oligarquía del poder en Cuba, con la esperanza de que en algún momento los Estados Unidos cambie su política hacia Cuba y le abra el acceso a sus mercados e inversionistas.

En su tránsito de la economía centralizada al estado corporativo, el gobierno cubano está dando sus primeros pasos con el asesoramiento vietnamita. De ahí que haya permitido el cuentapropismo, la cesión de tierras estatales en usufructo a los campesinos, la creación del mercado inmobiliario, la concesión de préstamos bancarios a los ciudadanos, entre otras.

Habrá de verse hasta donde la cúpula gobernante es capaz de adoptar las medidas económicas profundas que requiere esa transformación, pues están concientes de que los cubanos son cultural e idiosincrásicamente muy distintos a los chinos y los vietnamitas, y que un aumento de la riqueza en sectores significativos del pueblo, conlleva un incremento de poder para los ciudadanos. Pero también saben que están obligados al cambio, de lo contrario, la crisis económica los llevaría a un insalvable abismo.

Se trata entonces de una mutación que sólo le conviene a la casta gobernante, pero que en nada beneficia al pueblo cubano, pues lo mantendría en el actual régimen de opresión, explotación y falta de derechos humanos.

Lo que realmente conviene al pueblo cubano es un cambio total y de raíz, de todas sus estructuras políticas, económicas y sociales en el marco del respeto a los derechos humanos, la democracia pluralista y la libertad empresarial  y de mercado, sin descuidar el bienestar y progreso de cada uno de los ciudadanos, bajo un estado reducido, diseñado para servir al pueblo, y no para servirse de éste.

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