martes, 9 de julio de 2013

Los cancilleres del Castrismo.

En la finca de Epifanio Díaz (Sierra Maestra), el corresponsal Herbert Matthews (The New York Times) preguntó a Fidel Castro (febrero 17, 1957) si proclamaría un gobierno revolucionario. «Lo haré en su oportunidad», respondió Castro. Y así lo haría por el tendel que consta en carta (Santiago de Cuba, octubre 16 de 1957) de su gestor ad hoc Armando Hart: «Ese gobierno de equilibrio es un contrasentido necesario [y] útil por el momento, [pero] destinado más tarde o más temprano a fracasar. Ahí será el momento soñado de la revolución. Por esta razón (…) no nos debe interesar más que integrar gobiernos con personas que no están a su vez integradas a la revolución».

En el campamento de La Rinconada (Jiguaní), Castro se reunió con el núcleo duro de su Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7) para formar el gobierno provisional que —por gestión de Hart, luego de que el Dr. Raúl de Velazco declinara el ofrecimiento— el juez jubilado Manuel Urrutia había declarado presidir (febrero 1, 1958) desde su exilio voluntario en Nueva York.

El coordinador general y relacionista público del Comité en el Exilio (MR-26-7), Luis Buch, anunció que Urrutia había escogido ya como ministro de Estado [canciller] al ex candidato presidencial (1952) ortodoxo Dr. Roberto Agramonte. Al parecer Raúl Castro no estaba al tanto de la jugada de su hermano. Al terminar la reunión espetó: «Fidel, este hierro [un M-2] no lo suelto; me quedaré en el II Frente [Oriental «Frank País»], porque con Urrutia y Agramonte estimo que ese gobierno no podrá avanzar por los caminos que debemos emprender».

A poco de triunfar Castro, Urrutia tomaría juramento (enero 3, 1959) en la biblioteca de la Universidad de Oriente a los primeros cinco ministros del gobierno revolucionario, entre ellos Agramonte, quien prosiguió como canciller tras ocupar Castro (febrero 16, 1959) el premierato.

El momento soñado.

Agramonte terminaría marchando al exilio hacia mayo de 1960, luego de caer en desgracia —junto a otros cuatro ministros— en la primera crisis (junio 11, 1959) del gabinete castrista, que giró en torno a la aplicación de la Ley de Reforma Agraria (mayo 19, 1959). El embajador americano Philip Bonsal había largado su primera nota protestona (junio 11, 1959) y al reunirse esa misma noche el Consejo de Ministros, Agramonte pidió permiso para retirarse, porque tenía previsto cenar con Bonsal. Castro repuso: «Sí, doctor, es muy importante que usted acuda a esa cita». Así quedó sellada la suerte del canciller.

El embajador de Castro ante la OEA, Raúl Roa, vino de recambio (junio 13) y dio respuesta rápida (junio 15) a la nota de Bonsal para emprender su carrera de fondo (hasta 1976) al frente de la diplomacia castrista. El Ministerio de Estado se reestructuró por ley (diciembre 23, 1959) como Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) y Roa pasaría a la cultura pop con el epíteto que se le ocurrió al periodista costarricense Mario Ramírez al entrevistarlo (agosto 28, 1960) en un restaurante de San José: «Estamos en la Casa Italia con el Canciller de la Dignidad, que acaba de retirarse de la [VII] Reunión de [Consulta de Cancilleres de] la OEA».

Al reordenarse constitucionalmente la revolución de Castro, Roa dejó la cancillería para asumir la vicepresidencia de la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP). Entró Isidoro Malmierca, formado como cuadro en la Juventud Socialista de la vieja guardia comunista (PSP). Al triunfar Castro, Malmierca era director de la revista juvenil Mella y sería el primer director (1965) del periódico Granma. De paso se desempeñó como jefe del Departamento de Seguridad del Estado. Al frente del MINREX, Malmierca fue corredor de tan largo aliento (hasta 1992) como Roa. Y tras la desunión soviética sobrevino la inflexión en la política de cuadros de la cancillería.

El turno de los jóvenes.

El viceministro primero de Malmierca, Ricardo Alarcón, fungió como canciller (1992-93) en la transición al primer joven sin experiencia diplomática que Castro puso al frente del MINREX: Roberto Robaina, profesor de Matemáticas egresado del Destacamento Pedagógico, secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y miembro (desde 1991) del Buró Político. En su relación con el canciller español Abel Matutes, Robaina se pasó de la raya diplomática castrista —hablar con el enemigo, pero no darle consejos— y en el IV Pleno del Comité Central (mayo 7, 1999) quedaría sindicado con acritud por Raúl Castro: «No voy a permitir que gente como tú jodan esta revolución tres meses después de que desaparezcamos los más viejos».

El canciller de repuesto e ingeniero electrónico de profesión, Felipe Pérez Roque, vino con el aval de estar «familiarizado como pocos con las ideas y el pensamiento de Fidel» y ser el primer cuadro nacido después del triunfo de la revolución (Robaina nació en marzo 18 de 1956) que agarraba cartera ministerial. Antes de cumplir la década con ella, Pérez Roque se vería obligado a renunciar en medio del escándalo —también de clave española— que se llevó igual al vicepresidente Carlos Lage. Castro explicaría que «la miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno».

El recambio no vino de fuera: el viceministro primero del MINREX, Bruno Rodríguez, entró por sustitución reglamentaria. Licenciado en Derecho, Rodríguez había sido Secretario de Asuntos Internacionales (1896-91) de la UJC, así como representante alterno (1993-95) y permanente (1995-2003) ante la ONU. Desde la cancillería ascendió (2012) al Buró Político y así se columbra otra inflexión: los cuadros más jóvenes ya no se improvisan.
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