miércoles, 23 de octubre de 2013

Donde empezó la chusmería.

Por Juan Juan Almeida.

El Gobierno de La Habana, como un método transformador para combatir la alarmante realidad del momento visiblemente marcada por el deterioro social, va a por todas y ha lanzado una muy publicitada campaña para hacer cumplir las normas cívicas perdidas y reestructurar la moral popular a golpe de leyes impuestas, de articular disposiciones y establecer reglamentos. Tan absurdo como un deportista que al intentar cruzar la cinta de la meta termina enredado en ella.

Dice que su nueva batalla es contra la vulgaridad, la marginalidad y la chabacanería. Conductas que no debemos olvidar, sin ánimo de buscar culpables porque en realidad el momento merece soluciones, fueron estimuladas por los jóvenes rebeldes, tropa de forajidos llegados en el 59, que implantaron el irrespeto como orden de vida, liquidaron nuestras tradiciones y terminaron destruyendo todo.

La Revolución se impuso como un factor de civilización. Para entonces, creer en un Dios que no vistiese verdeolivo, utilizar la servilleta, el papel sanitario y usar frases como “permiso, por favor y gracias”, se convirtieron en costumbres criticadas porque eran consideradas “rezagos pequeñoburgueses”. Se instauró y se hizo habitual el tuteo, con ello borraban de un plumazo el respeto y la cortesía.

Ese monstruo nació, se crió y se formó en las artes del mimetismo y el camuflaje.  Ahora pretenden mostrar la superioridad de algunos sectores que con conocimiento o no, convivieron y conviven al margen de las buenas costumbres y como parte de la utopía emancipadora crearon una apología del delito respetando mucho más al que delinque con habilidad que a un científico, un maestro, un militar, un doctor, un albañil, un ama de casa, un campesino o un artista.

El fenómeno trajo aparejado, además de muchísimo hedor espiritual, absoluta saturación popular ante la retórica oficial del mañana luminoso, la mitología política y  una moral que asumieron como un comportamiento forzoso. Los menos no lo aceptaron, se revelaron de forma sutil y silenciosa.

Los que estuvimos becados sabemos que en las escuelas en el campo era chisme de pasillo, y motivo de chiste, la llegada de la pubertad en las hembras. Su primera mestruación dejaba de ser algo íntimo. El pudor se convirtió en sustantivo devaluado. Entonces, no es extraño que aquellas mismas muchachitas empujen hoy a sus hijas a los brazos de turistas, y a tener sexo como moneda de cambio.

Estamos preocupados por la inquietante pandemia social, que no es más que el resultado de aquel espantoso “idilio”. Pero el látigo no es solución, como tampoco lo es entregarle por decreto más poder a los órganos represivos de la Seguridad del Estado y la Policía Nacional.

La indisciplina social es un tema serio que nos envuelve a todos; debemos actuar de conjunto sin miedo a buscar las causas que dieron origen a esta peligrosa forma de cuestionar al poder y poner fin a la autolaceración colectiva como mecanismo de evasión.

La mal llamada Revolución se viene abajo; lo triste y luctuoso es que nos va a caer encima. Terrible metáfora descriptiva de la realidad nacional.
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