miércoles, 23 de octubre de 2013

Suicidio en Cuba: un drama sin repercusión.

Por Iván García.

Desde 1962 hasta 1970 el índice de suicidio en la isla osciló entre 10,5 y 12,6 por cada 100 mil  habitantes. Ya en la década de los 80, la tasa de autodestrucción entre los cubanos superaba los 21 suicidios por cada 100 mil habitantes. Según la Organización Panamericana de la Salud, Cuba tiene la tasa más alta de suicidios del hemisferio, con 18.1 por cada 100,000 habitantes, seguida por Uruguay (15.9).

Cifras del Ministerio de Salud Pública nos dicen que de cada 2 mil pacientes asistidos en consultas de medicina general, por lo menos uno se suicida durante los dos primeros años de haber sido asistido; 10 intentan suicidarse cada año y alrededor de 50 tienen ideas suicidas.

Es raro que en un barrio sus moradores no conozcan anécdotas dramáticas de suicidas. Desde un anciano que se ahorca desnudo en su vivienda o una joven que se da candela, a políticos leales al régimen que se suicidaron pegándose un tiro, como hicieron Eddy Suñol, Osvaldo Dorticós y Haydée Santamaría.

En 1964, luego que Fidel Castro lo destituyera como ministro del trabajo y le acusara de corrupción, el comandante Augusto Martínez Sánchez, entonces con 41 años, intentó suicidarse disparándose en el pecho. Nunca más volvió a la vida pública. En 2010 le permitieron visitar a su hijo mayor en Miami. Falleció en La Habana el 2 de febrero de 2013, a los 90 años.

En el mes de junio, el abogado independiente Veizant Boloy escribió en Cubanet que “el suicidio fue la causa de muerte de al menos 5 personas entre abril y mayo de 2013 en el municipio de Palma Soriano, Santiago de Cuba”. Los métodos más empleados fueron  ahorcamiento, salto al vacío desde un lugar elevado, prenderse fuego, envenenamiento con medicamentos y disparos con armas de fuego, “principalmente en jóvenes que en contra de su voluntad son obligados a pasar el servicio militar”.

Varios entrevistados le dijeron a Boloy que la situación en que quedaron las provincias orientales después del paso del huracán Sandy en octubre de 2012, que dejó más de 100 mil viviendas parcial o totalmente destruidas, ha sido una de las causas en el aumento de muertes no naturales en Palma Soriano.

También en junio de 2013, pero en La Habana, el periodista independiente Carlos Ríos reportaba el suicidio del ex capitán de la policía Romérico Berenguer, de 69 años, quien se ahorcó en su hogar de Santos Suárez. El móvil habría sido que después de cuatro décadas de servicio en el Ministerio del Interior, lo retiraron con 211 pesos mensuales (9 dólares). Posteriormente le aumentaron la pensión a 300 pesos (12 dólares), pero seguía sin alcanzarle para vivir. Ríos terminaba su nota en Cubanet aclarando que en menos de un año, en esa misma cuadra, habían ocurrido tres sucidios más, todos hombres mayores de 60 años.

En Mujeres, la carne barata de la revolución, reportaje publicado en el mes de octubre en Worldcrunch, Felina, una de las entrevistadas, contaba al periodista: “La semana pasada una amiga mía se dio candela. Era una puta, como yo. Su hija dijo que estaban viendo la televisión y de repente su madre la besó y se fue al baño. Salió corriendo, ardiendo como una antorcha viva. Pienso en el suicidio todos los días. Pero no me gustaría sufrir. Si lo hago, voy a saltar desde el balcón.

Tras estos relatos aterradores se infiere una pregunta: si los medios oficiales aseguran que Cuba es lo más parecido a un paraíso para los obreros, ¿por qué es tan elevada la tasa de suicidios?

Un especialista médico consultado afirmaba que las causas del suicidio son variadas. “Desde la persistente crisis económica y falta de perspectivas a enajenación mental. Muchos jóvenes no tienen un  proyecto de vida. No son perseverantes a la hora de encarar su futuro profesional. Los problemas personales los agobian demasiado. Lo mismo sucede con adultos y ancianos donde ha existido una ruptura familiar, política o social. He tenido meses de atender hasta 20 casos de suicidas en potencia”.

El suicidio es un fenómeno mundial. Es la segunda causa de muerte tras los accidentes de tráfico. Ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo sobre las causas que empujan a una persona aparentemente sana a autodestruirse. En su libro Anatomía de la melancolía, ya Robert Burton (1577-1640), definía el suicidio como expresión de un estado depresivo severo. Pierre de Boismont en 1856 intentó ser más exacto: “El suicida es un desdichado o un loco”.

Tal concepto más tarde sería depurado por Sigmund Freud desde el punto de vista del psicoanálisis, definiéndolo como una manifestación del alma inducida por el contexto o el hábitat del individuo. El sociólogo francés Émile Durkheim en su obra El suicidio (1897), señala que los suicidios son fenómenos individuales que responden esencialmente a causas sociales. Si damos crédito a esos argumentos, el suicidio es un hecho social.

Es evidente que las crisis económicas, personales, amorosas, familiares o de salud suelen convertirse en la pólvora detonante de un suicidio. Al gobierno cubano, que se enorgullece de sus logros en materias sociales, educativas o sanitarias, le resulta difícil de digerir cómo la frustración de un segmento de la población los  induce a querer terminar con su existencia.

Detrás de las estadísticas de los suicidas en la isla se esconden historias de personas que por un motivo u otro, consideran que inmolándose se evaden del futuro incierto, familias rotas o una vida de pelele aplaudiendo a tramposos.

El régimen maneja las cifras del suicidio con pinzas. Y las ha convertido en secreto de estado.
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