miércoles, 2 de octubre de 2013

La epidemia del fraude escolar en Cuba.

Por Iván García.

Josuán, 16 años, estudiante de segundo año de preuniversitario, por muy poco no estuvo involucrado en un sonado caso de fraude.

La epidemia del fraude escolar en Cuba“Una semana antes de que saliera publicada la noticia en Granma, un compañero de aula y yo, por 12 cuc pensábamos comprar la prueba final de matemáticas. Era un secreto a voces que el examen circulaba por toda La Habana. Ya es normal que se vendan pruebas y calificaciones”, comenta el estudiante habanero.

El 27 de junio, el periódico Granma, órgano del Partido Comunista, reconocía la existencia de un fraude masivo. Una persona que trabajaba en el poligráfico donde se imprimieron los exámenes de onceno grado, junto a dos profesores en el municipio Arroyo Naranjo, fueron acusados de “de sustraer un examen con ánimo de lucro”.

Según algunos estudiantes, la prueba se estaba vendiendo entre 10 y 15 cuc. Aunque fue noticia destacada en la prensa oficial, el fraude escolar en Cuba es sintomático. Una epidemia nacional.

Conozcamos las causas del fraude colegial y sus variantes. Entre 1970-1990, el fraude no fue un negocio lucrativo. Fue un procedimiento para consolidar la imagen de vitrina que a Fidel Castro le gusta vender sobre la revolución cubana.

Para Castro, el éxito era cuestión de estadísticas y cifras. Como preámbulo de sus discursos, de carretilla y de memoria, soltaba una larga lista de números, intentando demostrar que la revolución era netamente superior a los gobiernos existentes antes de 1959. Desde el bajo porcentaje de niños fallecidos tras el parto, los miles de médicos graduados por año, al millón de profesionales formados ‘gracias a la revolución’.

La educación era una de las joyas de la corona de Castro. En pos de sostener el encanto de las cifras que se disparan hacia arriba, la educación a todos los niveles perdió muchos enteros. A los profesores no se les calificaba por la calidad de sus clases. Se ‘parametraban’ -una jerga de moda en esos años- por el número de estudiantes que pasaban de grado.

Fue cuando la educación cayó en el ‘pasotismo’. Cada año, el 100% del alumnado, aunque tuviera serias limitaciones, promovían de curso. Entonces, el fraude era casi consentido. Se disfrazaba de diferentes formas.

No mediaba dinero. La profesora que cuidaba la prueba en el aula, dejaba a los alumnos solos durante quince minutos. Tiempo suficiente para que cada cual comprobara sus exámenes con el resto de sus compañeros.

A veces el fraude llegó a ser descarado. Un profesor copiaba tranquilamente con una tiza blanca las respuestas en el pizarrón. Otra variante: el día antes del examen, en un repaso, el maestro soplaba de punta a cabo la prueba.

Fue una época en que éramos números útiles, para mantener a flote la propaganda castrista. Esas aguas han traído estos lodos. Cíclicamente, la prensa oficial denunciaba un caso notorio de fraude. Que se daban a granel en escuelas secundarias y preuniversitarias.

Con la llegada del ‘período especial’, el país entró de golpe en una crisis económica estacionaria que dura ya 22 años. Los salarios pasaron a ser un chiste de mal gusto. Al perder valor el peso cubano, cayó aun más en picada la calidad del magisterio. Miles de maestros se marcharon al exilio o desertaron a oficios mejor remunerados.

Es habitual ver a un antiguo profesor vendiendo helados o limpiando pisos en un hotel cinco estrellas. Esa indigencia material -con demasiados maestros sin vocación ni  suficientes conocimientos- en la que se encuentra sumida la educación pública, ha provocado que haya   profesores lucrando con los exámenes.

Eso ocurre desde la enseñanza primaria hasta la preuniversitaria. “Por cien pesos semanales, la subdirectora de un colegio repasó a los niños antes de las pruebas de fin de curso. En el examen salió lo que ella repasó”, apunta el padre de un alumno.

Pero si quieren ver fraude a mayor escala, visite las escuelas nocturnas o de enseñanza técnica. “A la facultad donde asisto para obtener el grado doce, por 5 cuc te venden los exámenes finales. Es un descaro. Si no tienes dinero, se aceptan regalos, sea un perfume o una camiseta de LeBron James”, dice un joven.

Sobre las lagunas en gramática u operaciones simples de aritmética de los estudiantes que se inician en la enseñanza superior, un profesor universitario expresa: “Llegan con deficiencias académicas notables. No dominan a plenitud las reglas básicas de las matemáticas y con garrafales faltas de ortografía. En geografía o historia, antes de hacer un examen, se aprenden las lecciones puntualmente”.

Esos errores de bulto en la formación escolar es una de las claves de miles de maestros y profesionales mediocres. El 90% de los médicos cubanos que intentan revalidar sus títulos fuera de la isla desaprueban. Igual sucede con ingenieros civiles o de telecomunicaciones.

Cuba es una nación con elevados índices educacionales. Hablar de calidad ya es otra cosa.

Es raro que un estudiante cubano nacido después de la revolución de Castro no haya ejercido el fraude. Que levante la mano el que nunca lo efectuó.
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