lunes, 11 de noviembre de 2019

Cuando Alemania tuvo una isla en Cuba.

Por Rosalía Sánchez.

Fidel Castro muestra la isla en un mapa durante su visita a la República Federal Alemana

La canción del verano de 1975 en la RDA fue una que grabaron juntos la estrella del pop Frank Schöber y su mujer, Aurora Lacasa, hija de los periodistas españoles Pilar y Ernesto Lacasa. «Una isla en el Golfo de corazoooooones», cantaban a dúo en la televisión de la Alemania comunista, con un caribeño paisaje de fondo y popularizando lo que pretendía ser el himno de la «playa de la RDA». Se referían a la isla Cayo Blanco del Sur, rebautizada después como isla Ernst-Thälmann en honor del dirigente comunista al que la Gestapo encarceló durante 11 años antes de que Hitler ordenase su muerte, que atentó contra la República de Weimar y cuyo nombre llevaban en la RDA numerosos colegios, parques y calles. «El fuerte calor y el viento», seguía la canción, «las flores tan brillantes», celebrando un paraíso vacacional al que, sin embargo, los alemanes del Este nunca tuvieron acceso. Hasta prácticamente la caída del Muro de Berlín, solo se les permitía viajar a Hungría.

La isla, de veinte kilómetros de largo, había sido un regalo personal de Fidel Castro. El 19 de junio de 1972, a su llegada a Berlín oriental en visita oficial, el presidente del SED Erich Hönecker recibió al líder cubano en el aeropuerto de Schönefeld con un comité de recepción que entonó canciones cubanas de bienvenida y bellas azafatas que entregaron a Castro un oso de peluche en representación del oso que aparece en el escudo de la ciudad de Berlín. Hubiera bastado esto para hacer el ridículo, en términos diplomáticos, pero cuando Hönecker debió darse cuenta de que su bienvenida había quedado muy por debajo de las expectativas fue cuando Fidel hizo que fuese trasladada una mesa ante los dos jefes de Estado y gobierno y desplegó sobre ella un mapa en el que indicó unas coordenadas. Explicó que se trataba de una bella isla en la bahía de Cochinos y declaró que en cuanto ambos hubieran estampado sus firmas pasaría a ser propiedad de la RDA. El periódico del Partido Comunista, Neues Deutschland (Nueva Alemania) lo hizo público el día siguiente con entusiasmo y como «signo de amistad inquebrantable entre Cuba y la RDA».

La historia no ha dejado claro si el acuerdo fue negociado antes o después del sorprendente regalo, pero el hecho es que Castro se volvió al Caribe con un contrato bajo el brazo que le otorgaba el 6% de las exportaciones de azúcar blanco con la RDA. El 18 de agosto de ese mismo año, la RDA tomó posesión de la isla haciendo llegar un busto de Ernst Tahmann que debía ser colocado sobre un pilar de cuatro metros de altura. La estatua debía haber sido instalada de manera que el héroe comunista quedase mirando al mar, desde lo alto, para toda la eternidad, pero parte del pilar se perdió por el camino y alguien calculó mal, de manera que en el vídeo de Schöber y Aurora, rodado tres veranos más tarde, alguna que otra ola impactaba en el rostro del homenajeado, con un efecto visual muy poco glorioso.

Ese verano de 1975 fue especialmente caluroso y Berlín registró, de hecho, temperaturas que no han sido superadas hasta 2019. Por ese motivo se grabó a toda prisa el vídeo con la canción de la isla, que le televisión repetía a todas horas, trasladando por unos minutos a los alemanes del este al idílico Edén caribeño. Pero nunca llegó a grabarse el disco y la isla volvió a caer en el olvido hasta el año 2001. Un lector de la revista «Thema 1», tras morir su madre, encontró un recorte de prensa que ella había guardado en su joyero, junto a otras alhajas. Conmovido por aquel deseo nunca cumplido de su madre de viajar algún día a la playa de la RDA, envió el recorte a la redacción y el director Marcel Henninger inició una campaña satírica de reclamación territorial que siguió después el irreverente diario «TAZ». Si había pertenecido a la RDA, la Alemania reunificada tenía derechos sobre ese territorio, según sus deducciones, y el 12 de febrero de 2001 la declararon 17º Estado Federado de la República Federal Alemana bajo el eufórico titular «Fidel nos dio una isla al sol». Pero la alegría dura poco en casa de los pobres y, el día siguiente, el Ministerio alemán de Exteriores aclaró que «el cambio de nombre y la firma sobre el mapa en 1972 fueron solamente actos simbólicos que no tuvieron nada que ver con la propiedad, de manera que Alemania no consideraba ninguna reclamación».

Hubo quien no se resignó. Matthias Kästner, un banquero de Pirmasens, y su amigo Marcel Wiesinger, fundaron la «Iniciativa Isla Ernst Thälmann», por la que buscaban contribuciones de mínimo 50 marcos a cambio de una porción de la isla cuando hubieran conseguido comprarla. «Si el precio es correcto, todo es posible», era su lema, y calculaban que podrían negociar la propiedad por unos 30 millones de marcos, lo que hoy serían unos 15 millones de euros. En caso de no lograrlo, pretendían donar lo recaudado «a los niños de la calle» de Cuba. Pero ni por esas. El proyecto fracasó por falta de inversores y nadie volvió a hablar jamás sobre la «isla de Honnie».

Hoy en día, forma parte de un territorio de exclusión militar y no puede ser visitada. Turistas alemanes nostálgicos que aseguran que han sobornado a pescadores cubanos para llegar hasta ella ilegalmente han hecho correr rumores acerca de que el huracán Mitch derribó en 1998 el busto de Thälmann y que, dependiendo de los caprichos de las olas, solo rara vez asoma la cabeza entre la arena.
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