viernes, 22 de noviembre de 2019

La Cuba censora se molesta con la censura.

Por Jorge Ángel Pérez.

Cuba censura

Me cuesta trabajo imaginar a un Cervantes disléxico, me resulta difícil emparentar la escritura del ingenioso hidalgo…, con esa dislalia que atribuyen al autor, pero eso se dice del hombre que escribiera el más famoso de todos los libros escritos en nuestra lengua. Cervantes podía ser cualquier cosa, y ninguna de ellas iría en detrimento de su escritura; pero no siempre ocurre lo mismo, no todos tienen el distingo de una próvida escritura y que consigan además estructurar bien los sonidos de una lengua.

Advierto que si relaciono dislexia y escritura no es por capricho. Si junto las dos cosas no es culpa de Cervantes, quien a pesar de los problemas con su aparato fonador escribió muy requetebién; sin embargo, no sucede lo mismo con Oni Acosta, un “periodista” cubano que se interesa en la música y el canto y que tiene espacios en la prensa escrita para desarrollar sus ideas, y también en la televisión en la que se ve obligado a usar la voz, y eso hace que se hagan evidentes sus problemas con el aparato fonador, que se haga muy notoria su dislalia, en sus extremadamente dilatadas intervenciones.

Oni, quien parece tener voz de alguien que acaba de bajar de un Ovni, es muy visible en estos días en los que ha tratado de vindicar a Haila, esa cubana a la que sus coterráneos en el exilio no la dejaron cumplir con los compromisos que tenía en “el yuma”. Haila volvió sin que pudiera entonar, cumplir con los compromisos de su voz cantora, y Oni la defiende e intenta reivindicar a la “diva”, y de paso se pone a denostar a los cubanos que viven su exilio floridano. Oni habla y escribe en el espacio más visible y privilegiado de la Isla, escoge el Granma, el diario del Partido Comunista, para defender a Haila y atacar al exilio cubano en EE.UU.

Este hombre dice un sinfín de tonterías que no voy a repetir, lo mejor sería que si el lector tiene tiempo lo lea en el Granma y compruebe lo que digo, que juzgue luego si tengo o no la razón. Él está molesto y juzga a los cubanos que se manifestaron en contra de su “diva”, de la mujer de exagerados volúmenes en contraste con una brevísima estatura. Oni supone inescrupuloso el accionar de ese exilio que se pronunció contra la cantante, y reclama, y delira, y hasta se le ocurre ligarla con Celia Cruz.

Y todo eso porque no la dejaron cantar en EE.UU., lo que me resulta curioso, y en extremo delirante e irresponsable, desquiciado. Oni Acosta no debió escribir una línea sobre el asunto, debió virarse en la cama y quedarse dormido, pero eligió lo peor. Acosta debió callar para no hacer el ridículo, sobre todo porque su análisis es, en extremo, parcializado. Oni no revisó la historia más reciente, esa que comenzó en 1959, con la llegada de los barbudos al poder, y se “escachó”.

Este señor olvida porque su memoria es muy selectiva, y esconde irresponsablemente los múltiples sucesos que contradicen su discurso, que lo vuelven inútil, ridículo por todo eso que olvida, o aparenta que olvida. No es posible que él, que tiene algo de formación musical y seguro que muchos detalles de la historia de la música “made in Cuba y made in afuera”, sea capaz de echar a un lado lo que es obvio, el centro de este asunto, el meollo de la cuestión. El “musicólogo” más visible de Cuba olvida caprichosamente para dar legitimidad a su perorata.

Su discurso es una arenga política muy fácil de desmontar. Basta con mencionar las infinitas prohibiciones que dictaron los comunistas desde que subieron al poder. Será suficiente que mencionemos como el discurso oficial limitó, censuró, cierta producción musical hecha en Cuba e incluso en el extranjero; que John Lennon tenga hoy una estatua en el Vedado no hace olvidar las prohibiciones que dedicara el poder cubano a los ingleses. Los Rolling Stones hicieron un concierto en la Ciudad Deportiva pero antes se echó de las aulas universitarias a quienes se atrevieron a escucharlos.

Extranjerizantes llamaron a quienes “imaginaban” con Lennon, porque los cubanos no podían imaginar más allá de sus narices, más allá de lo que el gobierno autorizaba a suponer, eso que era reverencioso con el discurso oficial. Los cubanos no pudieron gritar “azúcaaa” con Celia y Meme Solís fue denigrado, obviado, prohibido. Muchos fueron los grandes que se fueron y el poder los castigó, y de paso también sacrificó a los que se quedaron y no pudieron escuchar la música que añoraron, y nada más.

Oni Acosta no se enteró todavía, al menos eso simula, que el fanatismo político no se inventó en Miami; algunos de los que se fueron ya lo llevaban incorporado, y allí responden todavía. Celia no pudo entrar a Cuba a ver a los suyos, a despedir a sus vivos aunque estuvieran a punto de entrar a la muerte. No, eso que sucedió con Haila en EE.UU. no es fanatismo, es respuesta a lo que aquí sucede cada día, instrumentado por el poder “revolucionario”.

Ahora se queja Haila, se queja Oni, y ninguno de los dos recuerda a Feliciano prohibido, a Meme Solís, a Willy Chirino y Bebo Valdés, Paquito de Rivera, Arturo Sandoval, Gloria Stefan. Cuántos en Cuba fueron acusados de extranjerizantes o acosados por escuchar al Rafael “amanerado”. Por estos días acaban de aprobar un artículo, de cuyo número no quiero acordarme, que puede meter preso a cualquiera, y la embajada cubana en Washington protesta y pide un desagravio para Haila, sin embargo, esa embajada no abrió las puertas de su sede para atender al hijo del escritor preso Roberto de Jesús Quiñonez, un escritor, un pacífico cristiano.

Hoy, cuando pensaba escribir estas líneas, estuve recordando aquellos domingos en los que Nildita Marante y Eduardo Sánchez aún no se habían casado, cuando no se habían largado a Miami, y nos reuníamos en la sala de mi casa para escuchar los discos de Queen que mi familia en EE.UU. me mandaba. Escuchábamos “Under pressure” bajo presión, con el temor de que nos hicieran añicos la placa negra. Adorábamos a Freddie, amábamos  a “A night at the opera” y “Bohemia Rhapsody”, pero no podíamos gritarlo porque nos podían acusar de “diversionismo ideológico” y echarnos de las becas, impedirnos entrar a la universidad.

Escuchábamos “Good save the Queen” cuando querían que gritáramos: “Viva Fidel”.  Freddie, Roger, Jhon y Brian eran nuestros ídolos en aquellos días en los que Silvio y Pablo ya eran un poco aceptados, amados, pero nosotros escuchábamos, a escondidas, la escala semanal de la WYBS, aquella “pervertidora de conciencias” con sede en La Florida. Eran días en que Lezama y Virgilio permanecían marginados, aquellos días en que Arenas ya estaba enfermo y lejos de Cuba, y desaparecidos de los anaqueles de las librerías y las bibliotecas estaban Cabrera Infante y muchos más. Eran días de Manuel Cofiño y Luis Pavón, eran días de tristeza.

Y ahora vienen con este cuento de Haila los que olvidaron a la Lupe voluntariamente, los que no mencionan a Blanca Rosa Gil cantando “Sombras”, los que no recuerdan a la Freddy de “Noche de Ronda”, ni a Olga Guillot. Reinaldo Arenas dejó claro que no quería ser publicado en Cuba mientras los comunistas decidieran, pero no hacía falta tal reclamo, porque no había ninguna voluntad de llevarlo a la imprenta y ponerlo luego en los anaqueles de las librerías. Reinaldo, uno de los más grandes de este país, que dio algunos grandes, es un desconocido, un repudiado, así que poco me importa que a Haila no la quieran en el Norte, que boicoteen sus presentaciones y que Oni se moleste tanto que tome la apariencia de un Ovni.

En Estados Unidos la gente puede salir a rechazar, a repudiar, a armar escándalos y condenar, y al final los organizadores tienen que aceptar los reclamos. Yo no me habría manifestado, pero muchos decidieron lo contrario, y esa voluntad también hay que respetarla. A nosotros nos fue peor, a nosotros nos prohibieron, incluso, poner una placa negra en el tocadiscos, escuchar las cintas que guardaban las voces que se consideraban enemigas, leer los libros de quienes resultaban apestados.

En Cuba se aprueban decretos que pueden llevar a la cárcel a cualquiera. En EE.UU. se protesta si se considera que la voz de una visitante que comulga con un poder que lleva sesenta años prohibiendo puede resultar ofensiva. Barbara Dane vino a Cuba todo cuánto quiso, y no tengo noticias de que le hicieran “actos de repudios” a su vuelta.  En Cuba recibieron a Barbara Dane, y prohibieron a muchos cubanos por largarse, a muchos extranjeros porque les dio la gana. No sé por qué arman entonces tanta alharaca porque prohíben a Haila en los Estados Unidos, y porque el exilio cubano decida hacer protestas. No sé por qué olvidan que eso también es un derecho.
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