sábado, 16 de noviembre de 2019

¿Hasta cuándo Cuba?

Por Orlando Avendaño.


No era el primero en denunciarlo, pero cuando vio luz el sobrecogedor testimonio de Reinaldo Arenas, en 1990, cualquiera hubiera pensado que a Cuba nadie se llegaría para lavarle la cara a los inquisidores de cientos de miles.

Antes que anochezca tuvo un impacto particular en mí. Ya había escuchado y leído muchísimo sobre los horrores de la cuba castrista. Pese al hermetismo inherente a los sistemas totalitarios, nadie dudaba de que Fidel había logrado construir el que quizá era el campo de concentración más grande de la historia de la humanidad. Pero Arenas, con su pluma, sumamente sensible y descarnada, logró retratar el infierno castrista.

Muerte, persecución y miseria. Torturas y humillaciones. Ese es el día a día de los disidentes en La Habana. Nada ha variado desde entonces.

Lo extraordinario es que el testimonio de Arenas se publicaba apenas unos meses después de que toda una casta intelectual firmara en Venezuela un tristísimo manifiesto en el que más de novecientos leídos y sesudos -esos que con soberbia se llamaban «intelectuales»-, decían que Fidel había devuelto «la dignidad a su pueblo y, en consecuencia, a toda América Latina».

Menciono esto no para seguir cizañando con ese cuentico inagotable de los abajofirmantes (los irresponsables que, por cierto, nunca pidieron perdón), sino para resaltar que cuando por un lado en el mundo se denunciaban los horrores del castrismo, por el otro salivaban cada vez que alguien hablaba de Fidel. Rastreros.
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