miércoles, 13 de noviembre de 2019

La Habana que no tiene razones para festejar.

Por Iván García.

La Habana que no tiene razones para festejar

Mientras media docena de obreros especializados limpian los amplios ventanales del nuevo hotel cinco estrellas que próximamente se inaugurará en la céntrica intersección de Prado y Malecón, Dunia, prostituta, 24 años, regresa a la desvencijada cuartería donde reside, en el marginal barrio de Colón, en el corazón de La Habana.

La noche anterior no fue buena. Realizó su acostumbrada ronda por los alrededores del hotel Packard y el bar Slopp’s Joe a la caza de clientes extranjeros. Como siempre, iba maquillada y perfumada, con su minifalda, tacones de aguja, exces y un bolso pirata de Louis Vuitton.

Fumando un cigarrillo mentolado, Dunia cuenta que para no regresar a casa sin dinero, se llegó a una ilegal casa de juego conocida como burle, en la barriada de San Leopoldo. “Allí pude ligar a un punto que había ganado un montón de dinero jugando silot, pero el tipo era tremendo tacaño. Regateó como si yo fuera un trasto y no quería pagarme los treinta fulas que le pedí por una noche. Al finar cuadramos el negocio por veinte chavitos (cuc)”.

Con ese dinero se llegó a un mercado en la calle Galiano y compró un kilogramo de picadillo de res, dos paquetes de salchichas de pollo, un litro de aceite vegetal y confituras para su hija de cinco años. “Las cuatro cañas (equivalentes a cien pesos) que me sobraron, las guardé para pagarle a una señora me cuida a la niña cuando estoy luchando”.

Dunia vive en un cuarto estrecho, sin ventanas y mal iluminado con un bombillo ahorrador. Vive en un solar a menos de 200 metros de varios hoteles lujosos, donde la habitación más barata cuesta 400 dólares. Por mobiliario tiene dos sofás destartalado, un anacrónico televisor de tubos catódicos, una repisa chapucera con botellas vacías de whisky y omo adorno, fotos de artistas famosos pegados en la pared.

El cuarto lo ha dividido en dos: una sábana remendada hace la función de puerta en el espacio donde ella duerme con su hija en una cama metálica. Al fondo, junto a una hornilla eléctrica, se ven restos de pizzas y cuatro o cinco platos sin fregar a la “espera que pasé el señor que por cincuenta pesos me llena el tanque de agua”, dice Dunia.

Para abastecer a esos hoteles de lujo, el Estado construyó un nuevo acueducto que beneficia a los vecinos de la zona. Pero la cisterna del solar, luego de muchos años sin limpiar, ahora almacena agua que no es potable. Dunia y su hija deben asearse y hacer sus necesidades en un baño colectivo. Su sueño para el 2019, año en que La Habana celebra el 500 aniversario de su fundación, era construir un pequeño baño dentro de la habitación.

Pero no ha podido ser. “La cosa está mala. La mayoría de los turistas no quieren pagar cien dólares por una noche. Y como la competencia es tan fuerte, cuadran por 30 o 40 cuc. A lo mejor en el 2020 tengo más suerte”.

Mientras el régimen acicala el Paseo del Prado y algunas zonas especificas de La Habana Vieja para recibir a los invitados, en las calles interiores de la ciudad, a pocos metros, continúan los salideros de agua, la basura se acumula en las esquinas y mucha gente continúa haciendo planes para emigrar.

Los barrios al sur de la capital no van ser visitados por Felipe y Letizia, los Reyes de España. En el Reparto Sevillano reside, Lucas ex militar que perdió una pierna hace treinta y cinco años al detonar una mina terrestre en la selva angolana, prepara la mercancía que luego venderá en un timbiriche ambulante en la sucia Calzada de Diez de Octubre.

“Mi bisne es revender cualquier cosa que compro en la shopping (baterías, peines, candados) o ropa y zapatos que me dan las mulas que viajan a México o Panamá”. Su ayudante empuja su sillón de rueda por las deterioradas calles y aceras del Sevillano. En todas las esquinas se amontona la basura y los gatos rastrean sobras de comida.

“A esta gente (el gobierno) solo le interesa maquillar el circuito turístico de La Habana. Lo que sale en las fotos de los periódicos son los hoteles que construye para recaudar dólares. Hace años que el gobierno no construye obras sociales. Mira como están de sucias y desbaratadas las calles de cualquier municipio habanero Los festejos por los 500 años apenas beneficiarán a la ciudad, a no ser en aquellos lugares escogidos para ordeñarle dinero a los turistas o a los cubanos que reciben remesas”, dice Lucas, y se empina un trago de ron peleón de un pomo plástico que alguna vez fue de agua mineral.

José es un santiaguero del Segundo Frente que hace tres años reside de manera ilegal en La Habana, malvive con su esposa y dos hijos en un edificio en peligro de derrumbe a pocos metros del Capitolio, donde a la carrera un ejército de operarios pone a punto los jardines exteriores de la actual sede de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Según el mismo reconoce, es “un metedor de cuerpo. Lo mismo sirvo de pala a un choro (carterista), busco clientes para unas socias jineteras o vendo tabaco que sacan por la puerta de atrás de la fábrica que queda al fondo del Capitolio. Voy a toda”. José vive mal, come poco y bebe ron de quinta categoría. Pero se siente feliz.

“Los habaneros se la pasan quejándose, pero Santiago de Cuba está cuatro veces peor. Pa’mí, La Habana es Miami”, confiesa José. A pocos días del 500 aniversario de la fundación de la capital, una mayoría de habaneros tiene poco que festejar. La Habana del glamour es solo para una minoría.
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