miércoles, 28 de octubre de 2009

Lezama en dos tiempos.

Por Ciro Bianchi Ross.

José Lezama Lima vivió en esta casa desde 1929 hasta su muerte, el 9 de agosto de 1976. Cuando llegó a ella estaba a punto de comenzar sus estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. Cuando la abandonó para siempre, cuarenta y siete años después, era, desde hacía mucho, uno de los grandes de las letras universales.

Se trata de una casa más bien pequeña. Un día me dijo que tenía veintiséis metros de largo y que, obeso y sedentario como era, la recorría cuatro o cinco veces seguidas cuando sentía que le hacía falta un poco de ejercicio. A la sala de estar seguían  un saloncito que hacía las veces de recibidor y los dormitorios, que corrían junto al patio interior. Al fondo, el comedor y la cocina y una pieza  más donde el escritor instaló su estudio y que  le sirvió durante mucho tiempo para compartir con sus amigos.

Una casa modesta que Lezama Lima, sin embargo, no dejó de considerar nunca como un verdadero palacio. Y que realmente lo era por la biblioteca espléndida de más de diez mil volúmenes que atesoraba, la impresionante colección de cuadros que se había ido acumulando en ella y que era expresión de la mejor  pintura cubana, y la imaginación desbocada  y la fulgurante artillería verbal de su inquilino. En esta casa de la calle Trocadero, 162, bajos, en La Habana Vieja, Lezama escribió toda su obra.

Su esposa María Luisa Bautista, a la muerte del escritor, quiso que se convirtiera en un museo que perpetuase la memoria del autor de Paradiso. Y algo avanzó en su empeño   mientras le quedaron fuerzas para hacerlo. Fue entonces que se colocó en la fachada del inmueble la tarja de bronce, costeada por  los amigos, que anuncia que “aquí vivió Lezama…” y se demolieron divisiones interiores  para que dos  habitaciones se convirtieran en un área más cómoda y mayor  de exhibición. Se emplazó  allí la mascarilla del poeta y el vaciado de su mano.

Pero María Luisa falleció  en 1981 sin poder concretar su propósito, y a su muerte pareció que aquel esfuerzo caería en el vacío. Las pertenencias de Lezama –libros, cuadros, manuscritos, muebles…- se dispersaron entonces, si bien persistía en el ánimo de las autoridades culturales cubanas hacer de la casa de Trocadero un sitio donde se le  recordase. Fue así que en 1984 se inauguró allí una biblioteca que llevó su nombre  y su directora, Fabiola Mora, al tiempo que  acopiaba testimonios sobre el poeta,  se dio a la tarea de recuperar para la recién nacida institución todo lo que de Lezama era recuperable. Si bien sus manuscritos quedaban en la Biblioteca Nacional y muchos de sus objetos personales en el Museo de Centro Habana,   volvían a la casa de Trocadero parte de los libros   y   los  cuadros que Lezama atesoró.

Aquella biblioteca, a la postre, resultó insuficiente. Cerró sus puertas en 1989 y la casa comenzó a someterse a un proceso de remozamiento para que diera albergue a la Casa Museo José Lezama Lima.

“Ninguna jarra ha variado de lugar”

La Casa Museo  abrió  sus puertas el 30 de junio de 1994. Su propósito es el de conservar, exponer y promover el patrimonio material y espiritual del autor de Enemigo rumor. Rescatar su espacio vital y a través de ese espacio rescatar la figura de Lezama Lima y atrapar su espíritu, afirma Israel Díaz, especialista del Museo. El montaje  se logró, puntualiza, gracias a los testimonios de la gente que estuvo cerca de Lezama, desde el poeta Pablo Armando Fernández hasta Nélida, su última asistente.

Ese rescate  se consiguió en buena medida. Quien, como en mi caso, conoció la casa en vida del escritor se percata del respeto y el  cuidado con que el Museo  trató de reproducirla. Los muebles pueden no ser los mismos. Pero sí su distribución. En la sala de estar se exponen los mismos adornos y el  retrato del teniente coronel Lezama Rodda, padre del escritor,  en su atuendo de gala, tomado poco  antes de la enfermedad –aquella “tonta pulmonía”, como decía Lezama- que lo llevó a la tumba en plena juventud. Sobre la mesa, colocada debajo de ese retrato, hay otro, de la madre, hecho asimismo poco antes de su muerte. Desde su sillón Lezama podía contemplar la imagen de sus progenitores que aparentemente presintieron el momento postrero y se apresuraron a dejar al hijo ese recuerdo.

Para Lezama, la muerte del padre fue el motor impulsor de su poesía, y la madre que, según decía, continuó protegiéndolo aún  después de muerta, significó la seguridad y el afianzamiento frente a la vida. Si el vacío provocado por el fallecimiento del coronel,  a los treinta y tres años de edad y cuando su hijo aún no había cumplido los nueve, lo movió a buscar la imagen a través de la poesía, la insistencia de su madre lo obligó a escribir.

En esa sala de estar, por las tardes,  escribía Lezama Lima. Con la  libreta  apoyada en  el brazo del sillón. A veces, cuando el asma no lo dejaba dormir, se iba a una segunda noche y sus  manos volvían a penetrar en el hálito de la palabra.

Antes trabajaba en el estudio, al fondo de la casa. Pero tras la muerte de doña Rosa esa pieza se tornó demasiado silenciosa y sombría. No escribía  a máquina y revisaba muy poco lo que escribía. María Luisa mecanografiaba los manuscritos que iban siendo cosidos, no presillados, en carpetas.

Lezama era extremadamente cuidadoso con las cosas que lo acompañaban en la vida, y era un ser incapaz de deshacerse de nada, incluso de lo que dejaba de tener utilidad, como las máquinas de escribir que dejó de utilizar a lo largo de los años y que insistía en conservar. Un búcaro, roto,  que fue de su madre y un busto destrozado de la reina Nefertiti, que compró en su juventud, seguían teniendo para él  una significación especial de la que no podía sustraerse. Botarlos era cometer una traición consigo mismo y con los suyos.

La casa  la formaron tres aluviones principales: las pertenencias de la abuela del escritor, una cubana que conoció a José Martí en la emigración revolucionaria, las de su madre y las suyas. Y es muy posible que nada cambiara en Trocadero, 162 aun después de que, en 1964, cuando fallece doña Rosa,  Maria Luisa entró allí  como dueña de casa. Ya en abril de 1948, escribía Lezama a su hermana Eloísa, a la sazón de vacaciones  en Nueva York: “Aquí ninguna jarra ha variado de lugar y los escaparates de abren con el mismo traqueteo que le motivan 40 ó 50 años de uso profundo y cuidadoso…”

Humedad matinal

Después de la muerte de María Luisa, volví en muy contadas ocasiones a Trocadero, 162. Cuando Abel Prieto, que todavía no era Ministro, inauguró  la biblioteca, en el 84; cuando  trabajaba para la UNESCO en la edición crítica de Paradiso y Cintio Vitier, coordinador de aquel equipo de trabajo, insistía en reunirnos allí y acaso en un par de ocasiones más. Al Museo no había ido nunca, pese a que no dejaron de invitarme a los coloquios internacionales que esa institución convocó en 1996 y 1998. Después que Lezama murió jamás acudí  a celebrar su cumpleaños los 19 de diciembre ni a conmemorar el día de su santo los 19 de marzo, día de San José. Prefiero  recordar las cervezas que disfruté en su compañía, los almuerzos con los que me honró y el té que preparaba su esposa y del que Lezama, con orgullo, afirmaba que era el mejor de La Habana Vieja.

Me alegro de haber vuelto por allí ahora, en  vísperas del cuarenta aniversario de la publicación de Paradiso y ya en la recta final del centenario del natalicio del escritor, en el 2010. No diré que Lezama muerto parece vivo en su casa de vitrina. Sigue vivo, sí, en su obra. Yo, que lo traté tanto, no tengo última imagen de José Lezama Lima. Imposible tenerla del hombre que en su último poema escribió: “Me duermo.  En el Tokonoma/evaporo el otro que sigue caminando”. Todavía me parece que Lezama acudirá a mi llamada para preguntarme otra vez con el saludo habitual de su alegría: “¿Qué tal de humedad matinal? ¿Qué tal de resonancias?” Y es que nuestro escandaloso cariño lo persigue y por eso sonríe entre los muertos.
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