jueves, 23 de julio de 2020

Hemingway, y Estados Unidos, en la encrucijada.

Por Alberto Méndez Castelló.

Ernest Hemingway.

Ernest Hemingway, Premio Nobel, Pulitzer, Dios de Bronce de las letras estadounidenses, está de cumpleaños. Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Chicago, Illinois, hace ahora 121 años, demasiados años para estar vivo, incluso, si para solucionar de una vez y por todas sus cuitas no se hubiera suicidado en su casa de Ketchum, Idaho, a las 7:30 de la mañana del domingo 2 de julio de 1961, disparándose al paladar con un arma de su arsenal, una escopeta de dos cañones calibre 12, “demasiado plomo para un día de tan poco seso”, diría mi padre.

Escribí “está de cumpleaños” como si, efectivamente, Hemingway estuviera entre los vivos y no hubiera muerto según certificó el médico forense, por herida de arma de fuego “autoinfligida”. Y es que, demasiadas circunstancias tangibles lo hacen vital en La Habana, Madrid, París o Nueva York.

Ahora mismo hay gente haciendo dinero gracias a los recuerdos que muchas personas tienen o quieren tener de los lugares donde Hemingway vivió o fue asiduo visitante. Mis dos hijos se llevaron esas improntas de Cuba, de Finca Vigía, del Floridita, y tras esas huellas fueron, en Estados Unidos, al bar Sloppy Joe´s, en Duval Street, y a su casa en la calle Whitehead número 907, Key West.

Hemingway está ahí, aprendemos de él cuando releemos El viejo y el mar, donde dice: “El hombre no está hecho para la derrota, un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”; y recibimos una transfusión de vitalidad cuando en sus cuentos desnuda lo alto y lo bajo de la condición humana, y en Padres e hijos expresa: “Como todo hombre con una facultad que sobrepasa todas las necesidades humanas, su padre era un hombre muy nervioso. Era además un sentimental y, como la mayoría de las personas sentimentales, era a la vez cruel y víctima del abuso”.

Respecto al oficio del escritor y la ética de la persona dedicada a escribir, Hemingway no deja lugar a dudas cuando, entrevistado por George Plimpton en 1958 para The Paris Review, con elegante ironía afirmó: “Un escritor sin sentido de la justicia y de la injusticia debería dedicarse a redactar el anuario de una escuela para niños excepcionales en lugar de escribir novelas. (…) La cualidad más esencial para un buen escritor es la de poseer un detector de mierda innato y a prueba de golpes. Ese es el radar del escritor y todos los grandes escritores lo han poseído.”

Hemingway escribió una gran parte de su obra, quizás la mejor parte de su obra, fuera de Estados Unidos, en Francia, en España, en Cuba; es más, en una carta de 1952 dijo a Earl Wilson: “Yo no puedo trabajar y vivir en Nueva York porque nunca aprendí a hacerlo”.

Así y todo, es Hemingway un escritor genuinamente estadounidense, aunque los cubanos hayamos pretendido apropiárnoslo por su larga estadía de 22 años en Cuba, donde tuvo su casa, y su finca, y su barco, y una biblioteca con 9 mil libros, y cuatro perros, y 57 gatos, y vacas lecheras, aunque él no tomaba leche, y tuviera gallos de pelea y matas de mango en Finca Vigía, en San Francisco de Paula, donde no dejaba de ser “el americano”.

Ahora ocurre el 121 aniversario del natalicio de Hemingway debatiéndose la nación estadounidense en una encrucijada, donde más que la elección de un presidente está en juego el futuro de los Estados Unidos, en peligro por las fuerzas internas y externas empeñadas en destruir el ícono de libertades que es. Y me duele porque es el país que dio refugio a mis hijos y donde han nacido mis nietos.

Algunos dirán que Hemingway era un socialista, y si viviera hoy como socialista se expresaría en la literatura y el periodismo, y ejercería su voto cual rosca izquierda. Pero la deducción de los que así pudieran pensar es errónea, y no seré yo quien clarifique esa suposición, sino el escritor en su obra:

“Tú no eres un marxista real, crees en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Crees en la vida y en la búsqueda de la felicidad”, escribió Hemingway. El pasaje, tomado de la primera edición de Por quién doblan las campanas, en inglés, por supuesto, me lo obsequió el profesor Eduardo Morell, que en paz descanse, diciéndome aquel día: “Dicho por Hemingway, si eres un marxista real no crees en la libertad, la igualdad ni en la fraternidad. Un marxista real no cree ni en la vida ni en la búsqueda de la felicidad.”

Fechado en Finca Vigía el 8 de abril de 1950, el credo más estadounidense al día de hoy que Hemingway deja como legado a sus conciudadanos dice: “Hemos combatido y ganado la guerra. No nos mostremos santurrones ni hipócritas; no seamos ni vengativos ni estúpidos. Impidamos que nuestros enemigos puedan volver jamás a hace la guerra; reduquémosles y aprendamos a vivir en paz y a ser justos con los demás países y pueblos del mundo. Para lograrlo debemos educar y reducar. Pero, ante todo, debemos reducarnos nosotros mismos.”

Con pocas palabras bastan. A 121 años de su nacimiento, Hemingway sigue siendo faro en días tormentosos, y a los estadounidenses, un pueblo grande, para no lamentar su empequeñecimiento como nación, mal no les iría volver a las palabras de su Dios de Bronce.
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