jueves, 18 de junio de 2020

Ni embargo ni distensión: ¡Abajo el bloqueo interno!

Por Jorge Olivera Castillo.


Los inquilinos del Palacio de la Revolución están atentos a lo que sucede al interior de los Estados Unidos con la crisis económica provocada por el coronavirus y el conflicto racial exacerbado con el asesinato del afroamericano George Floyd por un policía de tez blanca. El hecho ha ido más allá de la vieja controversia de la discriminación por el color de la piel para convertirse en un pulso político-ideológico donde, por un lado, están presentes sectores de la ultraizquierda que odian fervientemente el capitalismo y que no buscan un perfeccionamiento dentro del marco institucional, sino la destrucción del sistema con el fomento del caos.

No pretendo decir que se trata de un movimiento homogéneo, en cuanto a fines y medios, pero no hay dudas del protagonismo de los que promueven la desestabilización a toda costa mediante el vandalismo, la demonización a ultranza de la clase política que no comparte sus agendas y otros instrumentos que amenazan con romper un entramado democrático, defectuoso, pero funcional y todavía con capacidad para reinventarse en aras de evitar una debacle con devastadores efectos colaterales en los cinco continentes.

Aunque no tiene la pujanza de antaño, Estados Unidos continúa siendo el país modélico del mundo occidental, independientemente de las políticas aislacionistas asumidas por la actual administración y la tendencia a ampliar los márgenes de una autarquía, a mi modesto entender relativa y a merced de ser absorbida por realidades que demandan consensos y otras maniobras inherentes a ese pragmatismo gestionado por representantes de ambos partidos desde el surgimiento de la nación hace más de dos siglos.

La élite verde olivo debe estar consciente de que la profundidad y generalización de la crisis dentro de las fronteras de la superpotencia representa un golpe demoledor para la depauperada economía insular.

Como bien indican las estadísticas, las remesas familiares provenientes del país vecino son de suma importancia para el precario sostenimiento del sistema de partido único y centralismo económico. Un cese total o parcial de ese flujo monetario, que algunos cifran en más de 3 000 millones, anuales sería catastrófico.

Funcionarios de todos los niveles de mando y la prensa oficial cargan a diario contra el llamado imperialismo yanqui, no obstante, callan los soportes que llegan desde aquellas orillas sin los cuales las penurias serían mucho mayores para un número significativo de cubanos. Una actitud mezquina y que forma parte del plan de ocultar el círculo vicioso de las responsabilidades internas, en la codificación de la escasez y el imparable declive de los servicios básicos.

La cúpula neo-estalinista cuenta los días que faltan para las elecciones presidenciales añorando que Trump sea el derrotado y Biden el nuevo presidente que le dé continuidad a la política de acercamiento crítico promovida por Barack Obama durante su mandato.

Cabe la posibilidad de que el candidato por el partido demócrata sea mucho más indulgente que el primer presidente de la raza negra.

La influencia de la izquierda en el ámbito político estadounidense es hoy más notoria, lo que podría coadyuvar a la implementación de acciones más amigables con la dictadura, similares a las desarrolladas por las naciones que conforman la Unión Europea.

Si finalmente Biden se alza con la victoria, el regocijo de los mandamases criollos será apoteósico.

Potencialmente, menguarían las presiones y se establecerían nuevas pautas para un entendimiento progresivo.

De todas formas, hay que ver el desarrollo del proceso eleccionario y lo que pudiera suceder a raíz de una polarización social donde la violencia deja cada vez menos espacio al civismo.

Un incremento de la inestabilidad, obligaría a reconsiderar el orden de las prioridades internas y externas.

Cuba no ha sido ni será un factor prioritario, mucho menos en un escenario que supone un mayor grado de conflictividad en la mayor parte de los 50 estados de la Unión.

Más allá de unas relaciones complejas, se impone la necesidad de que los mandamases acaben de permitir una reforma integral de la economía.

El país funcionaría de manera más racional, independientemente de Biden o Trump.

Un buen comienzo para alcanzar soluciones que rebasen los burdos cintillos de la propaganda sería la descentralización de los medios de producción y la definitiva liberalización de las fuerzas productivas. ¿Se atreven?
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