jueves, 11 de junio de 2020

Preguntas que el castrismo no desea responder.

Por Orlando Freire Santana.


La prensa oficialista, por supuesto, aplaude las acciones del gobierno contra aquellas personas a las que se les descubren niveles de inventario (alimentos, materias primas y otros bienes) considerados excesivos por las autoridades. Incluso, al ver reflejados esos operativos policiales en los noticieros de televisión, esos medios informativos celebran lo que consideran la salida de un “closet cauteloso” que no permitía visualizar las anomalías de la economía cubana que tienen lugar en el país.

En ese espíritu se inscribe el artículo El tren necesita avanzar más, aparecido en la edición del periódico Juventud Rebelde del pasado 5 de junio. El articulista, tras apuntar que semejantes anomalías se desarrollan en un contexto permeado por la corrupción y la economía sumergida, escribió que “Lo cierto es que esas cavernas son solo la cara visible y final de una larga cadena de quebrantamientos y distorsiones, fomentadas a la sombra de debilidades e insuficiencias de nuestro modelo económico”.

Es cierto que esas situaciones que ahora salen a flote son solo la punta del iceberg de un mal de extrema gravedad. Pero un mal que no solo afecta al modelo económico adoptado actualmente por el castrismo, sino que resulta endémico a las economías estatizadas como la cubana.

En cuanto a la presencia de la economía sumergida en la cotidianidad de la Isla, habría que recordar que semejante patología es propia de aquellas sociedades que impiden el normal desarrollo de las relaciones de mercado. Esa economía sumergida, entre otras consecuencias, va erosionando gradualmente los cimientos de esas sociedades.

Por ejemplo, el académico José Luis Rodríguez García, ex ministro de Economía y Planificación, y actualmente uno de los tanques de pensamiento económico del castrismo, en su libro El derrumbe del socialismo en Europa, reconoce que “El peso de la economía sumergida desempeñaría un papel determinante en el fracaso del socialismo en la URSS, especialmente en los años de la perestroika”.

Por otra parte, algunos especialistas apuntan a cifras que oscilan entre un 30% en la Federación Rusa, y un 50% en las Repúblicas de Asia Central, los ingresos que le aportaba la economía sumergida a muchos ciudadanos soviéticos durante la época de Brezhnev.

Sin dudas, lo más interesante del artículo de Juventud Rebelde son las interrogantes que el autor plantea, y que según él podrían ser las causas que dan lugar a los hechos que ahora reprimen las autoridades. ¿Problemas de descontrol y desidia? ¿Influirá la no realización aún de la propiedad social? Son algunas de las preguntas que el articulista no desea o no puede responder, pues como es lógico suponer evita cruzar la línea que, al decir de Fidel Castro, lo colocaría “fuera de la revolución”.

Por nuestra parte, comenzaríamos diciendo que la tan cacareada propiedad social no existe; es un mito elaborado por los enemigos de la propiedad privada. En las naciones como Cuba, la tan recurrente “propiedad de todo el pueblo” es en verdad la propiedad de la camarilla que ejerce el poder, que quitan y ponen a su antojo, como si la Isla fuese su finca privada.

De lo anterior se desprende que, al no sentirse dueños efectivos de los recursos y los medios de producción, en los trabajadores estatales anide la desidia por el destino de esos recursos, y que por supuesto nada hagan por fomentar su control. Ello resulta significativo por cuanto son de procedencia estatal la inmensa mayoría de los inventarios que ahora se califican de “dudosa procedencia”.

Mas, si realmente quieren que el tren avance podrían comenzar aplicando la siguiente triada: menos estatismo, más espacio para las relaciones de mercado, y dejar que todas las personas se realicen, en cualquier campo de la vida, hasta el tope de sus posibilidades.
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