jueves, 11 de junio de 2020

Una estrella fugaz entre vacas.

Por Francisco Correa.


Lo encontré en la ponchera de Montufar, donde fui a cogerle un ponche a mi bicicleta. Había cola. Tuvimos tiempo para hablar.

Estaba allí por lo mismo, un ponche de su triciclo. Era mensajero de la bodega. Me dijo que en su juventud fue ciclista, de alto rendimiento, pero por solo un año. Una luz que hubiera podido cegar, pero quedó como un simple destello en noche oscura.

“Yo era de Holguín. Salí huyéndole al servicio militar y vine para La Habana, en casa de mi tío en Caimito, que trabajaba en la finca Los naranjos, donde criaban las vacas del experimento del comandante y era dirigida por su hermano Mongo Castro. Allí me hice ordeñador, de los buenos. Pero un día me volvió de nuevo la quisquilla por el ciclismo y me compré una bicicleta. Me puse a entrenar”.

“Al año siguiente me presenté a la academia. El entrenador del equipo en cuanto me vio pedalear me aceptó en el equipo y me incluyó en la Primera Vuelta a La Habana, y alcancé el primer lugar, por delante incluso del campeón de Cuba y líder del ciclismo: Pipián Martínez”.

“Enseguida me llevaron al equipo Cuba B, a participar en la Vuelta a Cuba como novato. Recuerdo que cuando Pipián me vio en la línea de salida, rezongó en voz alta y me miró feamente. El Búfalo Arencibia, que estaba a su lado y era el subcampeón de Cuba, le dijo: “Pipián, deja al muchacho tranquilo”.

“Había más de 250 ciclistas de 24 países en el punto de salida en Baracoa. La primera etapa era hasta Guantánamo.  A mí me decían el tronco, porque soy bajito y grueso y estaba muy bien alimentado, porque en Los naranjos comíamos bien y nunca faltaba la carne de res. Y los jugos. Apenas tomaba agua, me hidrataba con jarros de leche pura, así que cuando le daba a los pedales, le pasaba a la gente por al lado como una flecha”.

Aquella vuelta a Cuba para el tronco fue una escuela. Era el último de la sexteta, el novato, y tenía que trabajar en la carretera para el resto del equipo.

“Incluso había un acuerdo de darle mi bicicleta a otro miembro del equipo que se rompiera, y quedarme con la rota a esperar el auto garaje”.

“Tampoco podía iniciar escapadas por mi cuenta, y yo lo que quería era ganar, así que me rebelé. Recuerdo que en la extenuante etapa Holguín-Camagüey, la más larga de la vuelta a Cuba, de 240 kilómetros, cuando pasamos Florida iba en un pelotón de avanzada compuesto por 10 ciclistas y aventajábamos en cinco minutos al resto del pelotón”.

“Iban dos escarabajos colombianos delante, con un mexicano llamado Elpidio, que era un mulo en la montaña. Nos hicimos amigos mientras subíamos caminando con las bicicletas a cuestas la loma de la Gran Piedra, donde la inclinación es tal que si te parabas en biela te ibas para atrás de cabeza”.

“En el grupo de escapada también iba Zhukoswky, el famoso polaco de los remates. Y dos italianos que querían parecer invisibles en el grupo y al final fueron los que ganaron la etapa. También iba por supuesto Pipián Martínez, y su yunta: el Búfalo Arencibia. Cuando Pipián se dio cuenta de mi presencia parece que se dijo: ¡¿Tú de nuevo?! Porque me hizo señas con la mano que me quedara rezagado”.

“No le hice caso. Se acercó a mí y me susurró: Estás dejando meter gente, vuelve con el pelotón. Me quedé anonadado. Yo quería ganar y el jefe me decía que no lo hiciera. El Búfalo Arencibia pedaleó a mi lado y me dijo: No le hagas caso… ¡escápate! Y así lo hice. Comencé a tironear fuerte al grupo y cuando pasamos Carrasco a mil, entre el júbilo de la gente que gritaba escuché: ¡Arriba tronco!, ya me conocían por el radio. Aceleré, los llevaba a todos con la lengua afuera”.

“Entonces sentí que alguien metió un pie en una rueda, algo común en las escapadas, y di dos vueltas en la carretera y me raspé las rodillas y los brazos. El pelotón se perdió de vista. Pipián cayó también tres kilómetros antes de la meta. Llegué en el lugar 14, gracias a los cinco minutos de ventaja que tenía sobre el pelotón”.

“Terminé la vuelta en el lugar 24, que me valió para participar en la Vuelta a Italia, un viaje que al final se suspendió. De todas formas, el servicio militar me cogió y fue el fin de mi carrera ciclística. Regresé a Los naranjos, volví a ordeñar y luego trabajé en los cuartones de aclimatación de las vacas canadienses. Donde vivían en aire acondicionado y escuchando radio enciclopedia”.

“Nadie me cree cuando cuento que las vacas de allí tenían hasta una clínica médica y que iban todos los meses a consulta. Las sometían a tratamientos y lea realizaban operaciones quirúrgicas en una mesa automática, que las recogía del piso, las acostaba y las amarraba, y varios cirujanos trabajaban con las técnicas más avanzadas”.

“Vi al Comandante en Jefe varias veces en Los naranjos. Era un hombre que amaba las vacas. Estaba muy cerca cuando se tomó la famosa foto junto a Ubre Blanca, aquella vaca cariñosa que ordeñé tantas veces y que era tan buena que cuando murió tuvieron que embalsamarla”.

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