viernes, 16 de octubre de 2020

Cuba: socialismo a la fuerza.

Por Raúl Rivero.

Las notas, reseñas, informaciones y las piezas disfrazadas de artículos que se publican diariamente en los medios de la prensa oficial tienen, como se sabe, el deseo y la determinación de imponer y ensalzar la ideología decadente y enfermiza del régimen.

Esa es la voz escandalosa de la dictadura, el discurso pérfido del grupo en el poder, que resuena en la Isla acompañada -entre otras mataduras- con una melaza de acercamientos ridículos, agresivos y deplorables contra los diversos sectores de la sociedad que tratan de escapar del hambre y la miseria al dominó trancado que pone en el escenario el socialismo.

En ese sentido, los medios son los portavoces de una policía que persigue a capa y espada cualquier gestión, cualquier rejuego de los ciudadanos para conseguir sacar la cabeza del corral implacable que los funcionarios estatales y sus fieles acólitos han tendido para mantener paralizada, bajo violentas sanciones, la iniciativa de la sociedad.

Los diarios, la radio y, fundamentalmente la televisión, se dedican a divulgar todos los episodios que los agentes puedan detectar a lo largo de la isla y que los celosos guardianes de la legalidad socialista consideren un hecho delictivo grave. Así aparecen estos ejemplos: vender unos litros de leche, producir quesos para suministrar a una comunidad donde el Estado no vende, elaborar unas decenas de galletas y de panes o un cake, o butifarras, croquetas, mermeladas y refrescos.

Esta semana, el centro del foco noticioso de la televisión se movilizó hasta Minas, en la provincia de Camagüey, donde los ‘alertas policías’ y, por lo tanto, también los ‘agudos reporteros’, descubrieron unos sacos de azúcar que viajaban sin la papelería convenida en un tractor particular. La información señala que el producto estaba destinado a “la elaboración de raspaduras y caramelos para la venta liberada a la población.”

Aparte de los fines que se alcanzarían con los sacos de azúcar, se violan los principios reales del periodismo y sus reglas éticas que exigen respeto a la verdad y a los seres humanos. Se nota, eso sí, un interés especial por transmitirles miedo a los ciudadanos: los implicados son considerados culpables ya en los mismos reportajes.

La dimensión de esta barbaridad fue asumida por Miguel Díaz-Canel, quien aseguró que ese tipo de cobertura periodística es una idea de Raúl Castro y “llegó para quedarse.”

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