jueves, 1 de octubre de 2020

Sobrevivir en Cuba, a pesar de la pandemia.

Por Iván García.

Hace siete meses, Marlén, jinetera, 24 años, estaba bebiendo tequila con un grupo de mexicanos en un hotel cinco estrellas enclavado en Cayo Coco, Ciego de Ávila, provincia a 500 kilómetros al este de La Habana. Mientras desliza con el dedo la pantalla táctil de su iPhone 11 color oro rosa y muestra una galería de fotos, la joven prostituta cuenta que fue en el bar Shangri La, en el municipio habanero de Playa, donde conoció a varios “cuates con la billetera a full. Estaban en plan de juerga. A dos amigas y a mí nos propusieron estar con ellos una semana en Varadero y Cayo Coco. Al final nos pagaron mil dólares a cada una. Qué bien lo pasamos. Llegó el coronavirus y las cosas cambiaron”.

El dinero fácil se gasta fácil. Se compran ropas y perfumes y se baila reguetón a toda mecha en una discoteca. “Estaba viviendo una buena racha. Caminaba dos cuadras y un tipo con billete me hacía una oferta indecente”, recuerda Marlén. Pero el 23 de marzo el régimen cubano cerró las fronteras, intentando cortar el paso a la pandemia que llegó de China. Y las divisas dejaron de fluir a decenas de negocios privados y a jineteras como Marlén.

Según análisis de economistas locales, debido a la brutal caída del turismo, las arcas de empresas militares que administran la mayor parte de hoteles y centros turísticos del país, dejaron de recibir alrededor de dos mil millones de dólares. Probablemente más. Joel es taxista. Maneja un descapotable pintado de rojo y blanco construido en 1957 en Detroit y recientemente equipado con un potente motor alemán y una caja automática japonesa.

“Cuando el año pasado se prohibieron los cruceros desde la Florida, aquellos negocios que dependían del turismo que arribaban en el crucero sufrimos un golpe durísimo. Una época de vacas gordas. Me levantaba temprano, desayunaba como un rey en una cafetería particular y me llegaba a la terminal de cruceros en la Avenida del Puerto. En un día flojo hacía 120 chavitos (cuc). A la una de la tarde almorzaba en mi casa y ya no trabajaba más. Pero lo fiesta terminó. Después tuve que ponerme a cazar a turistas por los alrededores del Parque Central. La situación estaba mala, pero la llegada del Covid-19 le puso la tapa al pomo. Hace cinco meses que un yuma (extranjero) no suba a mi carro. Ya los ahorros se esfumaron y he tenido que hacer carreras cortas, inclusive mensajerías en negocios privados para pagar el combustible y buscarme unos pesos», confiesa Joel.

En tiempos de confinamiento, Marlén dice que no se puede vivir de los recuerdos. “Hay que salir a la calle, a la caliente, a ver cómo se inventa dinero. Tengo una familia que mantener. Por eso cambié el chip y me vestí de guerrillera». Una parienta que vive en Italia le contó sobre el sexo virtual. Hace tres meses unas amistades crearon un grupo pornográfico en WhatsApp. “Está enfocado al mercado nacional. La forma de pago es por Transfermóvil o transfiriendo saldo de móvil a móvil”, explica Marlén y pone un ejemplo.

“Unos minutos después de empezar a chatear con el usuario, le digo que vaya al privado. Allí pactamos el negocio. No sé, un baile erótico, una conversación caliente, un desnudo o una masturbación. Cada cosa tiene su costo. El cliente siempre paga primero. En esta etapa de coronavirus, las madrugadas habaneras son bastante activas en WhatsApp. No se gana mucho, 20 o 30 cuc por jornada, a veces 50. También contacto con yumas, pero como en Cuba no funciona Pay Pal, se complica mucho el pago. Por eso prefiero el sexo 2.0 con cubanos, con varias formas de cobrar. En ocasiones se acuerdan citas a domicilio. El pago depende, porque ahora mismo casi todo el mundo en Cuba está ‘cruzando el río’ (no tiene dinero) y no se puede ser muy apretadora (cobrar caro). Por una noche estoy cobrando 40 cuc y si el tipo tiene pinta de maceta (de tener dinero), le clavó 60 cuc»

Osmel, dueño de una cafetería de entrepanes y comida criolla, compara el coronavirus con el poder destructivo de una bomba atómica. “En Cuba el gobierno no paga ayudas a los cuentapropistas ni a los trabajadores informales. Menos aún a quienes hacen bisnes (negocios) por la izquierda. Es al duro y sin guante. Los ahorros están en mínimos. Pero aparte del dinero, lo peor para un emprendimiento gastronómico es lo complicado que resulta conseguir comida. Para sobrevivir y ganar algún dinero estoy vendiendo pizzas y sandwiches a domicilio”.

Heriberto, listero de la ilegal lotería conocida como la bolita, considera que la pandemia no ha afectado demasiado a su negocio. “Hay días mejores y días peores, como siempre, pero la gente sigue apostando. Tal vez pensando en sacarse un parlé y ganar un billete largo que le resuelva algunos problemas”.

Ray, reparador de equipos informáticos y televisores, tampoco ha visto mermada su entrada de dinero. “En estos seis meses, la gente mantiene todo el día prendidos los televisores, las computadoras y otros equipos Y si se produce una rotura quieren que se lo arregle enseguida. El problema es para conseguir piezas. Al estar cerradas la fronteras, se dificulta mucho conseguir placas, leed y otras piezas de repuesto”.

Doris, vendedora de productos de artículos de aseo y perfumería por Telegram y WhatsApp, afirma que la pandemia ha desarticulado el negocio de importación, más conocido por ‘mulas’ y en el cual unos 60 mil cubanos invertían dinero. Un año atrás, el mercado informal e ilegal de importación por toda la isla comercializaba ropas calzado, electrodomésticos, motos eléctricas, teléfonos celulares y aseo, entre otras mercancías.

“La apertura de las tiendas que venden productos electrónicos, motos eléctricas y piezas de repuestos de automóviles fue diseñada para eliminar por asfixia a las mulas. Y el coronavirus ha sido el pretexto perfecto. Alegando mucho trabajo, la Aduana solo despacha el maletín de mano y un equipaje. Esa medida, que dicen se mantendría, es para desarticular a las mulas. Al igual que todos esos operativos a negocios por la izquierda que funcionaban con la complicidad de gerentes y altos funcionarios de empresas y firmas estatales”, opina Doris.

Camino al séptimo mes de confinamiento, Roberto, dueño de un hostal que alquilaba exclusivamente a turistas, asegura que “muchos de los negocios particulares enfocados en el turismo están muy deprimidos. Sobrevivirán los más creativos. Pero el panorama apunta feo, porque el turismo puede demorar dos o tres años en recuperarse y nosotros competimos con empresas militares que tienen miles de habitaciones, marketing y recursos. Si en un momento dado estorbamos, de un manotazo nos apartan a un lado”.

Varios emprendedores privados consultados creen que los negocios de comida podrían recuperarse más rápidamente, siempre y cuando el régimen abra mercados mayoristas y autorice la importación de alimentos y otros insumos. Para Marlén, el sexo virtual llegó para quedarse. «Aunque se gana menos dinero que el sexo real, ahora es más seguro y directo: además de usar preservativo, tienes que hacerlo con nasobuco (mascarilla) y se eliminan los besos».

Nadie en Cuba sabe que va a pasar en los próximos meses. “Si vienen millones de turistas, mucho mejor, pero la prostitución siempre tendrá clientes”. Para Marlén el futuro es la próxima noche.

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