lunes, 12 de octubre de 2020

Un francotirador llamado Fidel.

Por Tania Díaz Castro.

Un 2010, el periodista Alfonso Nacianceno, en una crónica publicada en el periódico Granma sobre los francotiradores, escribió: “son premonitores por excelencia, poseedores de un olfato tan fino y entrenado como el de un perro policía, experto en el arte de la finta para desconcertar a quien pretenda retarlo. Mimético, hueco, escurridizo y calculador”.

Y un año antes, también en Granma, la periodista Mairelys Cuevas Gómez escribió sobre el mismo tema, bajo el título Francotiradores al acecho: “Vivir al acecho es la esencia de sus actos. Practican constantemente el enmascaramiento para abatir cualquier objetivo asignado, y su inesperada aparición tiene el factor sorpresa. Los francotiradores transitan por la guerra con paso silencioso, pero sus certeros disparos pueden cambiar el curso de las batallas”.

Muchos de los más famosos francotiradores mataron a distancias increíbles: a dos kilómetros, por ejemplo, camuflados con trajes de paja, vestidos de blanco para ocultarse en la nieve o a la altura de una ventana, como hizo Lee Harvey Oswald el 22 de noviembre de 1963 para matar con su fusil Carcano M91-38 a John F. Kennedy, uno de los presidentes más representativos de la historia estadounidense.

Entre los francotiradores que pasaron a la historia por sus numerosas víctimas algunos de los más conocidos son los estadounidenses Chris Kyles, Adelbert F. Waldron y Carlos Hothcook, el turco Abu Yusef Al-Turki, , el finlandés Simo Hayha, el iraquí Juba y Liudmila Pavlichenko, la ucraniana responsable de matar a 309 personas (las que fueron confirmadas) en la Segunda Guerra Mundial.

Como se sabe, son muchos los filmes que reflejan a estos personajes. Sin embargo, nada se escribe sobre la labor que realizó Fidel Castro contra el Ejército del dictador Batista, durante dos años de guerra de guerrillas en la Sierra Maestra.

Ni siquiera se sabe cuántos soldados mató su  gatillo, con un fusil de mirilla telescópica, escondido en los matorrales de una zona montañosa, el mismo fusil que mostró a Ignacio Ramonet durante las cien horas que conversó con este periodista.

De Fidel Castro, como francotirador, no se ha escrito nada en sesenta años de dictadura castrista. Supongo que sea porque él no ha querido que se conozca su participación en una guerra, donde actuó a distancia, por lo que apenas sufrió un tiro.

Según se sabe, un viejo general español de la guerra contra Franco lo preparó para esa especialidad en México, a donde llegó luego de su salida de la prisión en Cuba, después de haber sido amnistiado y de cumplir apenas dos años por dirigir un ataque sorpresa a un cuartel militar, en el que murieron decenas de militares y muchos de sus hombres.

Ya en la Sierra Maestra -según contó a periodistas extranjeros-, con un pequeño grupo de combatientes y después del fracaso de un desembarco que costó vidas y armas, Fidel puso pie en tierra con su fusil “con mirilla telescópica de diez poderes, con dos gatillos, uno que suavizaba el disparo y el otro no había más que tocarlo para un disparo de precisión; porque el primer disparo lo hacía yo”.

O sea, que Fidel Castro tomó parte del combate a larga distancia, en el tiro perfecto, y hábil en el camuflaje del terreno, pues su labor se desarrollaba desde las sombras.

Baste saber que a lo largo de las escaramuzas que realizaron, por lo general, era mayor el número de muertos y heridos de los soldados del Ejército.

Tan apasionado era el “Iluminado” a esta especialidad bélica, que seguramente fue suya la iniciativa de crear una Escuela Nacional de Francotiradores de las FAR, cuyo reto fundamental es eliminar a los principales jefes de la cadena de mando enemigo, alcanzando el objetivo con un solo disparo.

Según instructores de este centro se seleccionan jóvenes con mejores facultades mentales para esta actividad, con estudios de asignaturas teóricas y prácticas, entre ellas táctica, enmascaramiento, desplazamiento desde las posiciones de fuego, topografía y el elemento fundamental en el aprendizaje: el tiro.

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