martes, 27 de octubre de 2020

El signo de Birán: el hombre nuevo castrista.

Por Miriam Celaya.

Jóvenes cubanos tomando ron en lugar público.

Fue el asesino en serie, Ernesto Guevara -“Che”, para sus amigos, si es que los tuvo, y también para sus seguidores de culto, que sí los tiene- quien definió el concepto original de “hombre nuevo” como una especie de ser suprahumano, un revolucionario permanente cuya misión en la vida sería sentar las bases para un ineludible final: el comunismo que un día se impondría en toda la Tierra.

Como suele suceder con tales epifanías, el padre de la criatura estaba destinado a no asistir al parto. Es sabido que toda fe necesita de mártires, e irónicamente fue el propio Guevara el cordero sacrificado ante el altar comunista de Castro. Solo la muerte del ideológo, eterno guerrillero del fracaso, garantizaría la perpetuidad del mito.

Y así, invocando el cadáver oculto en una sepultura sin nombre, el catecismo castrista incorporó la descabellada idea de materializar un modelo humanoide de revolucionario puro, un individuo dedicado por entero a trabajar cada día y hora de su vida en pos de la transformación socialista sin sentirlo como un sacrificio, frío, desapegado de ambiciones materiales y personales, austero, disciplinado, intransigente, implacable con el enemigo (todo aquel que no abrazara la causa, pero especialmente el imperialismo yanqui) hasta el punto de estar dispuesto a matar o morir por ella, colocando la utopía comunista incluso por encima de la familia.

A la vez, el nuevo prototipo social debía ser incondicional, ciego y obediente para con sus líderes, especialmente con el “máximo líder”.

Afortunadamente, el proyectado Hombre Nuevo nunca pasó de ser uno de los muchos conceptos adocenados en la extensa taxonomía castrocomunista.

Irrealizable, por deshumanizador y antinatural, la gestación del hombre nuevo guevarista terminó en aborto. No podría haber sido de otra manera, dadas las numerosas fallas de origen, como el insalvable hecho de que nunca existió siquiera un solo revolucionario puro entre los hacedores del proyecto socialista y sus serviles cajas de resonancia, como para asumir la tarea de formar a las nuevas generaciones en la pureza del ideal comunista.

Menos probable aún era que los hijos de un pueblo, tradicionalmente hedonista, inconstante y jaranero, estuvieran dispuestos a convertirse en sujetos tan rígidos y amargados como para renunciar a sus ambiciones personales y a los placeres de la vida. Definitivamente, el hombre nuevo guevariano no era posible, o al menos los cubanos no eran la materia prima adecuada para su construcción, tal como quedó escandalosamente demostrado en la estampida de 1980, cuando centenares, o quizás miles, de militantes de la juventud comunista irrumpieron en la embajada peruana de La Habana, o partieron en las flotillas que cubrieron la ruta desde Mariel hasta la Florida.

Sin embargo, no se puede negar que muchos cubanos de las nuevas generaciones que crecieron durante el proceso revolucionario, no solo conservaron los rasgos negativos propios de nuestra idiosincrasia, tales como la tendencia a imponer los criterios propios por sobre los ajenos, admirar y seguir el liderazgo de un hombre fuerte, o hacer prevalecer las pasiones por sobre las razones, sino que incorporaron todos los vicios propios de las sociedades totalitarias: la simulación, la doble moral, el miedo y la corrupción como mecanismos de supervivencia, la delación, el escapismo, la desidia.

Así, desde el inicio mismo del experimento social cubano, que ha perdurado por más de 60 años, fue surgiendo y consolidándose, casi de manera espontánea, como un resultado colateral, otra categoría de hombre no prevista ni definida en el discurso oficial: el hombre nuevo castrista que no son todos ni tampoco son muchos, pero hacen bulla y son muy dañinos. 

Y esa malformación antropológica no se circunscribe a la estrecha geografía cubana sino que también se ha trasladado tal cual al otro lado del Estrecho de la Florida, extendiendo sus tentáculos a través de diferentes oleadas de emigrados, con mayor acento entre los que habitan esa otra capital cubana allende el archipiélago: Miami.

Porque resulta que, a pesar del colosal salto que supone dejar de vivir en condiciones de dictadura y despertar cada día en una de las democracias más sólidas y longevas del mundo, el hombre nuevo castrista emigrado se llevó muy dentro de sí ese pequeño “fidelito” que no le permite renunciar a lo que dejó atrás: lleva en su alma el soldado del déspota.

Y así, desde la otra orilla, ofende, insulta, lapida y desprestigia a todo el que difiera de su preferencia política; aplaude los “mítines de repudio” -tanto físicos como en el espacio virtual- que se orquestan contra el adversario; encuentra un “hombre fuerte” al cual seguir acríticamente y endiosar (con la misma ciega e irracional pasión de quienes en su momento seguían a F. Castro y hoy siguen a sus herederos); y asume sin sonrojos el mismo principio castrista de “quien no está conmigo, no solo está equivocado de medio a medio, sino que además está contra mí”.

Por estos días, cuando el fragor de la contienda electoral alcanza cotas inéditas de polarización, violencia verbal y desenfreno en medio del cubaneo miamense, cuando comprobamos que hay paisanos nuestros que se manifiestan a favor de que se dicten más y más duras medidas que afectan directamente a sus coterráneos de la Isla, cuando escucho que llaman a la sublevación a “los carneros” de dentro de Cuba, desde la seguridad y el confort de la distancia -pese a que la mayoría de ellos jamás alzaron su voz contra la dictadura mientras vivieron aquí-, cuando hablan de parones de remesas y recargas, aplauden listas que son el triste remedo de la chivatería sembrada en el ADN nacional por el régimen que dicen detestar, no puedo evitar la evocación de aquel asesino de cubanos que un día imaginó al “hombre nuevo”, y la caricatura que resultó: el hombre nuevo castrista.

Es este el que eterniza entre nosotros y en cualquiera de estas dos orillas el signo maldito parido en Birán casi 100 años atrás.

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