miércoles, 28 de octubre de 2020

La cultura castrista no es la cultura cubana.

Por Orlando Freire Santana.

Artistas frente al Ministerio de Cultura.

El año de 1980 fue difícil para el castrismo. Ni eventos como el Segundo Congreso del Partido Comunista, ni el vuelo al cosmos de Arnaldo Tamayo Méndez lograron desviar de la atención pública la descomunal ola migratoria que se desató cuando por el puerto del Mariel más de 100 000 cubanos salieron hacia las costas de la Florida, deseosos de hallar un futuro distinto al que les ofrecía el “paraíso” socialista.

Tal vez con el ánimo de encontrar otro suceso que hiciese olvidar un poco esa convulsa situación, al tiempo que intentaban apuntalar las raíces de una cubanidad que parecía resquebrajarse, los gobernantes de la isla señalaron el 20 de octubre de ese año como el Día de la Cultura Cubana, en recordación a los sucesos libertarios ocurridos en la ciudad de Bayamo en el año 1868.

Nacía entonces una cultura signada por la exclusión. Pues en ese año 80 el oficialista Instituto Cubano del Libro publicó un diccionario de la literatura cubana en el que inexplicablemente quedaba fuera el novelista Guillermo Cabrera Infante. El escritor, ya para esa fecha autor de dos novelas imprescindibles para las letras cubanas, como Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, había cometido el “delito” de abandonar definitivamente el país.

Pero no sería ese el único detalle que marcó la parcialidad ideológica de ese diccionario. Autores como los poetas Agustín Acosta y José Ángel Buesa, y los ensayistas Jorge Mañach y Lydia Cabrera recibieron reseñas mínimas en esas páginas —y siempre con la coletilla final de que se habían marchado del país tras el advenimiento de Fidel Castro al poder—, mientras que a los comunistas Nicolás Guillén y Juan Marinello se les dedicaban varias páginas de la enciclopedia.

Ya para entonces la excluyente cultura castrista había sumido en el olvido a numerosos artistas que se fueron de Cuba a inicios de la década del sesenta, de la misma manera que ignoraba el desempeño en el exterior de músicos de la talla de Willy Chirino y Gloria Stefan, por citar solo dos ejemplos.

Mientras tanto, y en un afán desesperado por captar el apoyo de los artistas e intelectuales de la isla, Fidel Castro declaró en los días difíciles del período especial de los años noventa que la cultura era lo primero que había que salvar. Claro que no se refería a toda la cultura cubana, sino a la cultura forjada por su régimen, la misma que había dejado claro aquello de que “contra la revolución, nada”, en Palabras a los Intelectuales, en 1961.

Diez años después, a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, el propio Castro en su discurso en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura dijo: “En lo adelante, para ganar aquí un premio literario hay que ser revolucionario de verdad”.

Sin embargo, fuera de Cuba, el novelista emigrado Jesús Díaz daba muestras de un sincero intento por establecer un puente de integración entre todos los exponentes de nuestra cultura. La publicación Encuentro de la Cultura Cubana abría sus páginas a todos los artistas e intelectuales cubanos, sin importar el sitio donde residieran.

El castrismo, en cambio, no ha actuado de la misma manera. Ha continuado ignorando a los exponentes de nuestra cultura que brillan en el exterior y mantienen una postura contraria a la ideología comunista, al tiempo que castigan con la represión y la cárcel a artistas, escritores y periodistas que en el interior de Cuba se oponen al totalitarismo.

Mas, aunque les duela, no pueden evitar que a Rafael Rojas, Carlos Alberto Montaner, Zoe Valdés, Descemer Bueno, Gente de Zona, Raúl Rivero, Tania Bruguera, René Gómez Manzano, Jorge Olivera, Roberto de Jesús Quiñones Haces, y Marta Beatriz Roque Cabello, también se les considere como representantes de la cultura cubana.

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