lunes, 26 de octubre de 2020

Descemer no es tan bueno.

Por Jorge Ángel Pérez.

Cuba, esa a la que el discurso oficial supone instruida y culta, sucumbe, más que todo, ante las telenovelas. Cuba, esa que presume de ser lectora apasionada e inteligente, se sienta cada noche frente a la televisión para poner los ojos en culebrones brasileños, mexicanos, turcos, e incluso en los de Telemundo y Univisión, y en algunos de producción nacional. La pobre Cuba está dispuesta a buscar esparcimientos en cualquier parte, con tal de poner un poco de distancia con la realidad nacional y con la retórica de los comunistas en el poder.

Los cubanos aplauden las decisiones del gobierno pensando en sus telenovelas, esas en las que muchos nos convertimos en silenciosos guionistas, en actuantes callados. Los cubanos preferimos la ficción que nos aleja de la realidad, de esa Cuba de Mesa Redonda y de montones de espacios “cheamente” politizados. Cuba es una de las mayores productoras de culebrones. En el país cada cual se escribe su propio culebrón en el silencio de la noche, y sobre la almohada.

Y en la mañana volvemos a la realidad y tornamos a ser la Cenicienta de siempre, esa que se encarga de silenciar los sueños de la noche, la que baja la cabeza y obedece, la que aplaude a ese ministro de relaciones exteriores que ahora mismo, mientras escribo, diserta en la televisión nacional sobre la necesidad de poner fin al bloqueo. Y Cuba aplaude lo mismo que escuchó el año pasado, y el de más atrás. Los cubanos nos acostumbramos a la inercia, al silencio cómplice, a las telenovelas.

Y ese silencio se rompe, la mayoría de las veces, si es que conseguimos poner “mar por medio”. Entonces sí que mostramos nuestra disposición a opinar y a hacer denuncias, entonces sí que mostramos nuestra rebeldía, creyendo que es nuestra esencia, aunque no sea cierta, porque la verdadera esencia de muchos no va más allá del silencio cobarde, y eso mortifica, eso indigna. Mortifica, y mucho, que acá se enseñoree el silencio y la complicidad, que aquí pocos nos pronunciemos sobre la detención de un opositor, de un periodista independiente.

Y fastidia mucho que no sean pocos los que esperen a hacer el viaje para gritar alto, para hacer denuncias. Me resulta fastidioso, incluso, que aún me gusten algunas composiciones de Descemer Bueno, sobre todo esa parte de su producción que me hace pensar en bares y victrolas, esa que él compuso y que cantó acompañado de la voz extraordinaria de Gema Corredera. Mortifica que un tipo al que hicimos tantísimas reverencias cada vez que escuchamos “Ciego amor”, nos muestre luego otras ciegas pasiones.

Descemer, hace solo unos meses, estuvo aplaudiendo a los médicos que anduvieron por la Lombardía italiana. Descemer les hizo reverencias a esos médicos y, con esas mismas inclinaciones, a un gobierno que puso en riesgo la vida de esos cubanos trabajadores de la salud, por unas monedas disfrazadas de solidaridad; y ya antes se nos había mostrado bien coqueto el Descemer con Díaz-Canel y con la “primera dama”, en aquel concierto en el Karl Marx.

Descemer en el escenario de ese teatro que alguna vez se llamó Blanquita, y el “presidente” en un palco de ese teatro que ahora tiene nombre de comunista alemán. Uno allá arriba, en “su palco”, y el otro algo más abajo, en “su escenario”. Uno mirando hacia abajo y el otro mirando hacia arriba, ambos conectados por aplausos y agradecimientos; y tanta era la devoción del uno por el otro que ambos hacían pensar en la Capilla Sixtina y en Miguel Ángel; uno en el papel de Dios y el otro en el rol de Adán. Díaz-Canel creando a Descemer, como si se tratara de Dios creando a Adán, ellos dos conectados para siempre.

Díaz-Canel y Bueno conectados para siempre e inmortalizando el instante en el recuerdo de muchísimos cubanos, sin importar para nada el sitio en el que transcurran ahora los días de uno u otro. Díaz-Canel y Bueno en el “génesis” de la nación cubana; en las cercanías antes, y ahora en las antípodas. No sé si existirá una imagen de ese día de concierto en el Blanquita, en el Karl Marx, pero así sucedieron entonces las cosas, así miramos las reverencias, y vemos ahora otros discursos… Así es, al menos un poco, Cuba

Descemer “brincó el charco”, “definitivo”, como Gente de Zona, y desde allí cambió el discurso. Descemer se estableció por allá y cambiaron sus maneras. Ahora el cantante y compositor exige a los cubanos desde su exilio, ahora recomienda cambiar los comportamientos, modificar los discursos. Descemer encarga abandonar toda aquiescencia, invita a que nos tiremos “pa’ la calle”, que enfrentemos a la policía, y no precisamente “bailando”. El “Bueno” reclama que exijamos fuerte, sin que se tomen en cuenta las represiones, …pero él anda por allá, y desde allá reclama, aunque acá se quedara sin palabras.

Y yo me pregunto cuántos más estarán pensando hacer el viaje, silenciosamente, que sin dudas es como mejor se piensa el viaje. Y también me pregunto qué exigirán cuando estén del otro lado, cuántos comentarios harán en las redes, sobre todo si es que no piensan venir a ver a las familias y a traer dineros. Yo me pregunto cuántos seguirán en silencio, como antes hizo Descemer, esperando el momento justo para “escapar”. Yo me pregunto por ese Arnaldo, “el supersticioso”, el del talismán. Me pregunto cuándo nos sorprenderá con un viajecito sin vuelta que eche por tierra todos sus discursos “revolucionarios”, sus perretas.

Muchas sorpresas podrían estar llegando, ahora que el barco tiene algún huequito, ahora que al barco le empezó a entrar el agua, ahora que no faltarán los que crean que podría hundirse con tantos viajeros encima. Yo no me dejaré embaucar por ninguno de esos discursos como el que ahora muestra Descemer, ese que exige y reclama sin enfrentamientos, ese que demanda desde lejos, aunque tendiera la mano cuando estuvo cerca, creyendo que esa unidad sería tan para siempre como la de Dios y el hombre. ¡Ay Descemer!, sería mejor que te callaras por un rato, que solo escucháramos algunas de tus canciones, o de lo contrario ponte bien los pantalones y “ven pa’ ca”, y súmate a los que hacen exigencias aunque reconozcan los muchos riesgos. Yo creo que lo suyo no va más allá de una perreta.

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