lunes, 12 de octubre de 2020

El odio castrista en la historia de Cuba.

Por Orlando Freire Santana.

El señor Ricardo Ronquillo Bello, actual presidente de la oficialista Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), ha intentado realizar un recorrido a través del sentimiento de odio en el devenir histórico de nuestra nación. En el artículo “Los rastros del odio en la historia cubana”, aparecido en la edición del pasado 1 de octubre del periódico Juventud Rebelde, el articulista apunta hacia el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871, a manos de los colonialistas españoles, como la génesis de ese nefasto sentimiento entre nosotros. Y a decir verdad, no habría mucho que objetar en semejante punto de vista.

Sin embargo, a renglón seguido, Ronquillo tuerce su análisis al expresar que “mientras la Revolución se poblaba de héroes y heroínas humildes, su camino se cubrió de asesinos o traidores al ideal de José Martí, en apañadores y sostenes de los desvaríos del norte revuelto y brutal, cuyas apetencias estamos convocados a impedir”.

O sea, que el articulista divide la historia en dos bandos. Los buenos, para él, son Fidel Castro y sus huestes, mientras que los que se han opuesto al castrismo serían los portadores del odio en nuestra sociedad.

El mandamás de la UPEC, por supuesto, no desea o no puede reconocer que el castrismo viene destilando odio desde su advenimiento al poder. Porque, ¿qué sentimiento, sino el odio, condujo a los fusilamientos masivos de colaboradores de Batista en aquellos días iniciales de enero de 1959? Ejecuciones que, como se sabe, se llevaron a cabo sin las debidas garantías procesales para los acusados.

¿Estuvo o no presente el odio para conducir a la cárcel a todo aquel que se opusiera al régimen totalitario que comenzaba a asfixiar a la nación? Y qué decir de ese macabro afán por borrar de la memoria nacional a los compatriotas que marchaban al exilio. Esa política, por ejemplo, privó a los cubanos de la isla de seguir escuchando a Olga Guillot, Orlando Contreras, Orlando Vallejo, Blanca Rosa Gil y Celia Cruz, entre otros afamados artistas.

El odio castrista también arremetió contra las tradiciones del pueblo cubano. Se intentó eliminar las fiestas navideñas, y la venida de los Reyes Magos cada seis de enero ha querido ser sustituida por un supuesto día de los niños el tercer domingo de julio.

Odio hubo, y por mucho, en los mítines de repudio que las turbas con espíritu fascista les propinaban a las personas que pretendían abandonar el país por el puerto de Mariel en aquellos días convulsos de 1980. Y odio en grandes cantidades animó las manos que dirigieron los misiles que acabaron con la vida de cuatro jóvenes de la organización Hermanos al Rescate en 1996, cuyo único “delito” fue salvar muchas vidas de compatriotas que se lanzaban al estrecho de la Florida en busca de un futuro mejor. ¿Y dónde dejar el odio que hundió al remolcador 13 de Marzo, con su valiosa carga de mujeres y niños, en 1994?

Un odio que también se expresa en esa especie de invisibilidad con que el castrismo mantiene a sus opositores. Para el oficialismo, esos no son ni periodistas, ni escritores, ni científicos, ni sujetos con ideas políticas a tener en cuenta. Son, sencillamente, mercenarios a sueldo del enemigo imperialista.

Claro que, como decimos en buen cubano, el señor Ricardo Ronquillo no se ha detenido a considerar aquello de que “si tienes tu tejado de cristal, no le lances piedras al techo del vecino”.

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