sábado, 1 de agosto de 2020

Asentamientos ilegales.

Por Leafar Pérez.

Rodean como un cordón a la capital. En ellos sobreviven malamente miles de cubanos, que se trasladan a la ciudad para mejorar sus vidas. Hasta hace poco las autoridades intentaron desalojar a sus residentes, y aunque demuelen las viviendas siempre se vuelven a levantar. Son los llega y pon, asentamientos ilegales, barrios de “indocumentados”.

Este tipo de barrios o asentamientos construidos en las afueras de las capitales son conocidos con varios nombres, favelas en Brasil, villas miseria en Argentina, ciudades perdidas en México, chabolas en Madrid. Los asentamientos cubanos tienen las mismas de estos lugares. El terreno donde se asientan suele ser en las márgenes de un río o de vertederos de basuras, a menudo ocupados ilegalmente. Allí no hay instalaciones sanitarias, eléctricas o medios de transporte. Su construcción suele ser rápida, con madera, chapa, cartón, hojalata o adobe.

A comienzos de la revolución existían en La Habana barrios marginales famosos, como Romerillo, "Palo Cagao", "Las Yaguas", "Los Quemados", "Llega y Pon". Como parte de la nueva estrategia social se trató de insertar a sus habitantes en el proceso que se llevaba a cabo. La meta era erradicar esos barrios y eliminar las conductas marginales de sus habitantes.

Cincuenta años después el fenómeno no ha desaparecido; más bien se ha desarrollado. El crecimiento de la población en la capital ha estado muy lejos de las garantías mínimas para los casi dos millones y medio de habitantes. Fuentes gubernamentales afirman que para detener el deterioro del fondo habitacional de la ciudad, hacen falta urgentemente mil millones de dólares. La Habana es una ciudad que en vez de extenderse crece hacia dentro. Antiguas casas unifamiliares han sido  convertidas en ciudadelas (una vivienda dividida en muchas partes). En cada cuarto vive hacinada una familia diferente. Las barbacoas (entresuelos construidos en las antiguas de puntal muy alto) son un remedio para la aglomeración de varias familias en una misma vivienda, y los albergues no dan abasto para acoger a los miles de familias que han visto sus casas derrumbadas con el paso del tiempo.

Los asentamientos periféricos, en un principio conformados por ciudadanos de las provincias del centro y el oriente del país, hoy sirven de refugio inclusive a capitalinos que no tienen dónde vivir y optan por una precaria vivienda para residir. La vida en estos lugares lleva implícita casi siempre conductas de marginación social. La única ley es la del más fuerte. La violencia y las pandillas son habituales, así como las drogas y la prostitución, que encuentran entre sus habitantes el perfecto caldo de cultivo.

Por otro lado, prófugos de la justicia y jóvenes que evaden el Servicio Militar General encuentran refugio en estos lugares. Pero no son sólo marginales los que viven en estos barrios, además, allí viven médicos, agentes de la policía y otros profesionales. La gente se siente libre fuera del control del gobierno, y aun con todas las dificultades diarias de la vida, aprenden a ser solidarios entre ellos.

Hoy rodean a la capital más de sesenta asentamientos ilegales, aunque de ellos no habla la prensa oficial. Pero ahí están, a quienes viven allí no les interesa el embargo, el ALBA o la última reflexión de Fidel. Sólo quieren tener la posibilidad de llevar una vida digna. Mientras, en sus frágiles e inestables casitas sueñan con un mañana diferente, uno que no sea la realidad en que viven.
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